
El Juego de Rol
L 30 de abril de 1994, el conductor de un autobús hizo una parada en el barrio de Bacarés, en Madrid. Algo, entre los matorrales cercanos, le llamó la atención. Se acercó y descubrió el cadáver de un hombre de mediana edad, apuñalado. Parecía que podía ser una víctima de robo. Pero el asesino se había dejado unas 60 mil pesetas que el muerto aún llevaba en un bolsillo y un reloj.
El crimen era misterioso, pero la policía detuvo a los autores: J.R. de 21 años y F. M. de 17, ambos estudiantes y conspícuos jugadores de rol. Se conocieron en un centro cultural y solían reunirse para jugar, especialmente un juego muy racista inventado por Rosado, denominado “Razas”.
R. propuso a sus compañeros implicarse más de lo normal, buscando una víctima auténtica siguiendo las instrucciones de “Razas”. Nadie -salvo F.- se lo tomó en serio. Estuvieron sentados en un parque planeando un asesinato. Pensaron matar a una mujer, en un principio. Iban descartando víctimas entre la gente que pasaba por allí. Al cabo de cierto tiempo, hartos de esperar, se pasearon por las calles en busca de una víctima. A las cuatro y media, cabreados, decidieron asesinar a la primera persona con la que se topasen: Carlos Moreno, un empleado de limpieza de 52 años que estaba esperando el autobús para volver a casa.
Se acercaron simulando un robo. Sacaron los cuchillos. Le exigieron el dinero y le sujetaron las manos a la espalda. Registraron sus ropas esperando la ocasión para apuñalarle. Carlos trató de liberarse apartándolos de un empujón. Echó a correr en dos ocasiones, pero el mal estado físico en el que se encontraba y las puñaladas que le seguían dando no le permitieron correr como hubiera querido. Lo empujaron por un terraplén, en dónde le siguieron propinando cuchilladas.
Tras haberle rematado -según manifestaciones de R. durante los interrogatorios policiales- incluso se fumaron un puro. Se felicitaban por el éxito en la ejecución del crimen. R. dijo que, tras rematar la faena, sentía una paz y una tranquilidad espiritual totales. Era como si hubiera cumplido con un deber y/o hubiera satisfecho una elemental necesidad. No sentía remordimientos. Estaba seguro de que la policía no le detendría.
Los psicólogos y psiquiatras no se pusieron de acuerdo acerca de la personalidad de J. R. Unos lo creían un psicópata frío y calculador que debía ser recluido inmediatamente en una cárcel; otros declararon que no era más que un enajenado peligroso con esquizofrenia paranoide que debía ir inmediatamente a un psiquiátrico.
Rosado dijo a los estupefactos policías que en su interior había 43 personalidades distintas. Cada una tenía su manera de escribir, pensar y relacionarse con los demás, además de reglas y valores diferentes. Desde su detención, se presentó como un loco, y aunque algún especialista creyó que padecía un desequilibrio mental, algunos psicólogos dijeron que mentía descaradamente y que fingía ser enfermo mental para ser absuelto por enajenado. En su habitación se encontraron cantidad de libros y revistas de rol y de temas paranormales, un tablero ouija y 15 cuchillos, entre otros efectos.
Fdo. Capitán Centellas.
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