
El crimen del expreso de Andalucía
EL día 12 de abril de 1.924, en plena dictadura del general Primo de Rivera, España se conmovió por un grave suceso: un robo con dos homicidios. El Expreso de Andalucía había llegado al final de trayecto con dos empleados del coche estafeta, muertos: Ángel Ors, de 30 años y Santos Lozano, de 45. El motivo de estas muertes era el robo de los valores, el dinero y alhajas que se transportaban en el vagón estafeta.
Presentaban varias heridas. Lozano, había sido muerto por la espalda. sin oponer resistencia. Ors había luchado decididamente con sus agresores para defenderse. Recibió fuertes golpes en el cuerpo, un tiro en el pulmón y otro en la mandíbula. Los españoles estaban indignados. Se exigía que los autores del robo con doble homicidio fueran castigados ejemplarmente.
Las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado trabajaron
intensamente. Se plantearon diversas hipótesis y falsas pistas. Hasta que
hallaron a un chofer que dijo haber llevado en su taxi a los autores. El
suicidio de uno de ellos condujo a la Policía a la pista cierta. Después de las
investigaciones y declaraciones de los detenidos, se pudieron reconstruir los
hechos salvo algunos cabos sueltos.
Se supo que fue José Sánchez Navarrete, oficial de Correos,
quien planeó el robo junto con Honorio Sánchez Molina. Propusieron a José Donay
participar. Las dudas de éste hicieron que Navarrete y Sánchez incluyeran a
otros dos más dispuestos: Francisco de Dios Piqueras, de 34 años y Antonio
Teruel López, de 35.
Uno de los puntos oscuros fue la presunta complicidad de uno de los empleados de Correos asesinados, Ors, que trabajaba a las órdenes de Lozano. Fue el que abrió la ventanilla del vagón a los asaltantes. A pesar de ser instigador del robo, Sánchez Molina -que incluso facilitó una pistola a sus compinches- no participó en el robo y las muertes.
Tampoco se esclareció si en un principio se había
planeado que el robo se realizara sin violencia. Se supuso que la idea de los
asaltantes era adormecer a Lozano y simular lo mismo con Ors. Pero lo cierto es
que lo que ocurrió en aquel vagón estafeta de correo nunca se sabrá con
exactitud. El día 11 de abril, Ors abrió la ventana del vagón estafeta para que
entraran Navarrete, Teruel y Piqueras. Estaban impacientes. El narcótico que
ingirió Lozano no le hacía efecto. Teruel cogió unas tenazas y le golpeó
violentamente el cráneo provocándole la muerte instantáneamente. Ante esto, Ors
debió comprender que las cosas se habían complicado y reaccionó. Luchó mientras
Teruel le golpeaba la cabeza con las tenazas. Entonces Teruel le disparó en la
mandíbula y después de arrojarse al suelo, mientras sujetado por Navarrete y
Piqueras, alguien le disparaba a bocajarro en el pulmón acabando con su vida.
Ninguno de ellos se declaró autor de este último disparo.
Navarrete dijo que, horrorizado ante la escena, se ocultó detrás de unas bolsas
de correo. De todos modos, una vez muertos los empleados, los delincuentes
procedieron al saqueo. Se apearon en Alcázar, en donde les esperaba un
automóvil. José Donay, que supuestamente sólo había aceptado participar en el
robo, fue el que preparó los narcóticos y alquiló en Madrid el coche que sirvió
para la huída.
Donay declaró que se enteró de lo que había ocurrido cuando
estaba en Francia. Se presentó en la embajada de España. Entretanto, Teruel se
suicidó al saber que la policía le seguía los pasos. Su mujer, Carmen Atienza
contó lo que sabía. Sus declaraciones condujeron a la detención de Navarrete y
más tarde a la de Honorio Y Piqueras.
Los autores de los crímenes del expreso de Andalucía fueron
juzgados por un Consejo de Guerra y por procedimiento sumarísimo, tras 14 horas
de juicio oral y público. A las ocho de la mañana del 7 de mayo comenzó el
Consejo de Guerra que dictó sentencia al día siguiente. El fiscal había
calificado los hechos como robo consumado- más de un millón de pesetas en joyas
y valores- y de doble homicidio, estimando como autores a Honorio Sánchez, José
Sánchez Navarrete y Francisco de Dios Piqueras. Como cómplices a José Donay y
encubridores a Carmen Atienza, Antonia Sánchez y Encarnación Muñoz.
Pidió la pena de muerte para lo tres autores, 20 años de reclusión para el cómplice y diversas penas de prisión para las encubridoras. El deseo del público de que las penas de muerte se ejecutaran cuanto antes, lo que propició que resultaran inútiles los intentos de indulto.
El 9 de mayo de 1.924, a las seis de la mañana,
Honorio se enfrentó serenamente al patíbulo. Se sentó en el banquillo y dijo que
era inocente. José Sánchez Navarrete se sentó en el banquillo sin decir nada. El
verdugo hizo su siniestro trabajo.
Fdo. Capitán Centellas.
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