La Bailarina Estrangulada

N la madrugada del 9 julio de 1988, se recibió un aviso en la Comisaría de Policía de Murcia procedente de la sala de fiestas Tíffanys. Se daba cuenta de la desaparición de una de sus empleadas, bailarina brasileña, llamada C. T. N. V., de 39 años. Faltaba al trabajo desde hacía dos días y fue vista por última vez abandonando el local en compañía de un cliente de Lorca.

Acudió una dotación policial al domicilio de la desaparecida. Al no contestar nadie al timbre, los policías optaron por entrar por una ventana del rellano de la escalera. Encontraron a C. vestida y tumbada en la cama. Le salían por la nariz unos hilillos de sangre y de la comisura de los labios un líquido viscoso de color marrón, como si fuera vómito. Tenía signos de violencia en el cuello y aún respiraba. Se requirió la presencia de una ambulancia que la trasladó a un centro hospitalario. Ingresó, según los facultativos, en un estado de coma profundo del que no pudo recuperarse, falleciendo seis meses después a pesar de los esfuerzos de los médicos por salvarle la vida.

Por las declaraciones del gerente se supo que C. se relacionaba desde hacía meses con un hombre que venía de Lorca. Se llamaba A. Venía a verla siempre acompañado por otro lorquino llamado J. A. y C. habían pernoctado alguna vez en la pensión en donde vivía, antes de mudarse al apartamento. A. había propuesto en varias ocasiones a C. que dejara esa clase de trabajo y se fuera a vivir con él. Había cobrado una herencia y podrían vivir sin trabajar.

C. no se decidía, pues no consideraba a A. una persona normal. A. había amenazado a C. en cierta ocasión y la había llamado ninfómana pues creía que mientras él la esperaba estaba acostándose con otros hombres. A. hacía sus desplazamientos a Murcia en el coche de J., un Seat 124 de color blanco, muy viejo.

En la madrugada del día 7 de julio llegaron a la sala de fiestas los dos. Entablaron conversación con C., alternando con ella y bebiendo cava. Luego, se marcharon los tres en el coche de J. al apartamento de C. y no en un taxi, como era costumbre en ella.
Con los datos que recogieron de empleados y clientes de la sala de fiestas, se identificó a A. como A. N., de treinta y ocho años, natural y vecino de Lorca; y a J., como J. S.de veintiocho años, también natural y vecino de Lorca.

J. fue localizado por la policía, quien declaró que conocía a A. desde hacía años y que no le unía una gran amistad aunque a veces lo acompañaba a tomar una copa. El día 7 de julio se desplazaron a Murcia y se fueron a tomar unas copas a la discoteca Tiffanys, sobre la una y media de la madrugada. Se acercaron a la barra para saludar a C., conocida de A.. Permanecieron en el local hasta las tres de la madrugada, saliendo ambos en compañía de C. En su coche los trasladó al apartamento en donde dejó a la pareja. Luego, se marchó a Lorca. J. no volvió a ver a A. Cuando al día siguiente fue a verlo a su casa, no había nadie.

El mismo día 11 del mismo mes la policía de Lorca recibió un aviso en el que se decía ponerse en contacto con los familiares de A. Había sido encontrado inconsciente en una calle de Madrid y estaba ingresado en un hospital psiquiátrico, dando muestras de estar trastornado. Días después fue trasladado a Lorca e ingresado en el psiquiátrico murciano.

Fue localizada una hermana de A. Declaró que, desde que murió su padre vivía solo, aunque estaba muy unido a ella. Le contaba sus inquietudes y problemas. Era muy introvertido y su conducta no era muy normal. Estaba en tratamiento psiquiátrico. Apenas tenía amigos, hasta que conoció a J. hacía unos meses. Sabía que se desplazaban a Murcia y que su hermano estaba en relación con C., de la que decía estar muy enamorado. Hasta le había propuesto tener un hijo. A. vivía del dinero que le había dejado su padre al morir y se gastaba algo en tomar copas con la brasileña. Había reñido en cierta ocasión con C. por creer que se estaba acostando con otros hombres.

A. manifestó en el interrogatorio que conocía a C. desde el mes de marzo anterior, pues vino a Murcia a tomar unas copas en Tiffanys con su amigo J. Se había gastado con ella en los últimos meses unas trescientas cincuenta mil pesetas en consumiciones, incluyendo botellas de cava. Empezó a encapricharse de ella y hacía planes para el futuro. Tenía la idea de poner un bar y que C. se fuera a vivir con él a Lorca. Había reñido con ella en varias ocasiones pues la había visto subir a su cuarto con otros hombres.

En una disputa, C. le llamó loco, esquizofrénico y gilipollas. Él la llamó ninfómana. La noche de autos llegó con su amigo J. a la discoteca y tras invitar a C. a cava salieron los tres hacia el apartamento de ella. J. se marchó a Lorca. C. fue a ducharse mientras él se quitaba los pantalones y la camisa. C. le dijo que no se quitara la ropa que aquella noche no iban a hacer nada. Le dijo gilipollas y que le daba asco. Él se puso muy nervioso y diciéndole que la iba a matar la cogió por el cuello empezando a apretar hasta que cayó en la cama desvanecida. Intentó reanimarla con una toalla mojada y al no conseguirlo huyó del apartamento y se fue a Lorca a su casa.

Intentó dormir, pero no pudo. Fue a la estación de ferrocarril y viajó a Cartagena, luego a Alicante, posteriormente a Málaga, luego a Granada y finalmente a Madrid. Fue a una pensión con la intención de suicidarse a base de pastillas. Luego, perdió el conocimiento hasta que despertó en el hospital psiquiátrico. Fue condenado a nueve años por un delito de homicidio, apreciándosele la semieximente de enajenación mental.

Fdo. Capitán Centellas.

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