
A L M A N Z O R
En el año 939, en la pequeña aldea de Torash, no lejos de Algeciras, nació Mohamed ben Ardallah, de noble linaje, pero de escasa fortuna. El padre envió a su hijo a Córdoba, donde pronto se distinguió en sus estudios. Dotado de un gran talento y de una mayor ambición y con no muchos escrúpulos, se granjeó el afecto de Alhakem II, que le nombró sucesivamente Cadí y Wazir de su Consejo.
Al morir Alhakem, algunos palaciegos convinieron en nombrar como sucesor a su hermano Moghira, pero Mohamed ben Abadía le hizo estrangular. Nombrado visir de Hixem II (hijo de Alhakem), se casó con la hija de Galib, el mayor prestigio militar del Califato, haciéndose nombrar “hajib” o primer ministro el año 977.
Hixem II sólo tenía diez años cuando en el 976 ascendió al trono bajo la tutela de su madre Solibeya (Aurora), la cual depositó toda su confianza en el “hajib”, y de acuerdo ambos, desviaron las aficiones del joven Califa hacia las prácticas religiosas y voluptuosidades del harén, logrando anular su personalidad y tenerle medio recluido en su residencia de Zahara, al E. de Córdoba.
La primera medida del Hajib, fue crear un ejército adicto a su persona con guerreros bereberes traidos del Magreb y con desertores cristianos. Protegido por la madre del débil y joven Califa, halagando a cada uno según sus pasiones y necesidades, aliviando de tributos a los necesitados, tratando con naturalidad y deferencia a los bajos, de igual a igual a los poderosos y protegiendo a los estudiosos, para los que creó en Córdoba una Universidad, logró atraerse todas las voluntades y convertirse de hecho en el verdadero Califa de Córdoba. Solamente el prestigio militar de un hombre le estorbaba y éste era su suegro Galib, al que empezó a minar el terreno, por lo que pronto se produjo entre ambos un rompimiento definitivo. Enfrentados a la cabeza de sus respectivos partidarios el año 981, Galib, ayudado por el rey de León, Ramiro III, llevaba la mejor parte del combate, cuando un golpe con el arzón de su montura le hizo caer a tierra. Creyéndole herido o muerto, sus soldados huyeron él el Hajib quedó dueño del campo cuando menos lo esperaba.
Retrato al óleo de Almanzor realizado por Zurbarán
Mohamed ben Abadía no olvida a sus enemigos, y en el mismo año de 981 (371 de la Era Musulmana), se dirigió contra Ramiro III para castigarle por la ayuda prestada a su rival. Tomó, saqueó e incendió Zamora, degolló a cuatro mil cristianos y a otros tantos llevó cautivos a Córdoba. Ramiro llamó en su ayuda al conde de Castilla y al rey de Navarra; mas en los campos de Rueda fueron derrotados, y el castillo de Simancas, ocupado por los árabes. Fue con ocasión de esta victoria, cuando el Hajib se hizo dar el apelativo que hasta aquella fecha sólo habían usado los califas Al-Mansur Billah; es decir, “Ayudado por Dios”, que los historiadores de la época recogieron en la forma de “Almanzor”.
Seguir paso a paso las campañas de Almanzor es imposible, dentro de los límites de este artículo; baste decir que desde el año 977 al 1002, realizó cincuenta y dos expediciones guerreras contra los reinos cristianos. Tan hábil político y diplomático como experto guerrero, supo aprovechar y alentar las diferencias entre los príncipes cristianos en beneficio del Califato. La intervención de Almanzor, en el año 985, a favor de Bermudo II y en contra de los herederos del depuesto y fallecido rey Ramiro III y el apoyo del Hagib, tres años después, a los rebeldes condes gallegos, esta vez contra Bermudo II, produjeron en León una situación crítica. El reino, después de ser arrasado, queda tributario de Córdoba, viéndose obligado Bermudo a refugiarse en Galicia.
El rey Sancho Garcés II de Navarra y Aragón vió, en el año 982, saqueada Zaragoza por el Hagib, por lo que, desde 985, se muestra conciliador y hasta sumiso con Córdoba, con tal de verse libre por cualquier medio de tan terrible azote.
La actividad de Almanzor es extraordinaria en 985; es decir, en el mismo año en que interviene en el reino de León a favor de Bermudo II, incendia y saquea Barcelona, y su hijo Aldelmalik lucha y derrota en Marruecos a Ahasan el Edrisita. Dos años más tarde, Almanzor destruye Coimbra, que tarda siete años en renacer.
En el año 991, Almanzor renunció a favor de su hijo Abdelmalik su cargo de Hagib y adoptó el título real de “Malik Karim, haciendo sustituir en los documentos oficiales el sello del Califato por el suyo propio. La reacción en la corte no se hizo esperar, y la propia madre del Califa, que tanto había contribuido al encumbramiento de Almanzor, se puso de acuerdo con el virrey de África, Ziri ben Atiya, que a finales del año 996 o en principios del 997 se rebeló en nombre del Califa; más un ejército enviado desde la Península, a las órdenes de Abdelmalik, derrotó al año siguiente a Ziri, en Wadi-Mena (cerca de Tánger), y aunque la campaña continuó todavía por algún tiempo, al fin, el virrey del Mogreb se vió obligado a huir al desierto.
Entre tanta victoria, únicamente Castilla mantenía su resistencia al norte del Duero, por lo que Almanzor, impotente para someterla por la simple acción de las armas, se dispone a emplear otros procedimientos; sus agentes se mueven, corre el oro, las promesas se prodigan y pronto aparece en Castilla un grupo de partidarios de la paz, que censuran al conde por su lucha continua, por la resistencia desesperada. Almanzor, hábilmente, hace que este ambiente se extienda hasta los que rodean al conde, y Sancho el primogénito se muestra dispuesto a conspirar contra su padre, con la complicidad de la condesa.
Emplear al hijo para derribar al padre era, para Almanzor, no sólo la forma de humillar y vencer a Castilla, sino también su venganza personal por la deserción al campo castellano de su hijo Abdallah el año 989, frente a la plaza de San Esteban de Gormaz.
Difícil resulta explicar la conducta de Sancho, si bien los historiadores de la época le han tratado con benevolencia, quizá en consideración a las glorias posteriores a su Gobierno. Por el contrario, todas las crónicas de la época volcaron su indignación contra la que calificaron de “condesa traidora”. Esta condesa, hija de un conde de Ribagorza, se llamaba Ava o Ana y estaba acostumbrada a que los miembros de su familia emparentasen con los jefes moros de las orillas del Ebro; su concepto estatal de la reconquista no coincidía seguramente con el de su marido, cuyos ideales no podía comprender. La tradición presenta a la condesa como persona falta de escrúpulos religiosos, ansiosa de poder, deslumbrada por la gloria terrible del caudillo moro, distanciada afectivamente de su marido y con el resuelto afán de llegar a casar con el propio Almanzor, del cual, cuentan los cantares de gesta, había recibido insidiosos mensajes de amor.
Sea cual fuere la exactitud histórica, es lo cierto que en junio del 994, coincidiendo con una de las expediciones periódicas de los musulmanes contra la frontera del Duero, Sancho se rebela contra su padre, auxiliado por sus partidarios de las tierras de la Bureva y Álava. El Conde García sólo puede contar con las gentes del Arlanzón y del Arlanza, su situación se hace crítica; Almanzor ocupa la codiciada plaza de San Esteban de Gormaz y Castilla se sumerge en la confusión y la anarquía. Mientras ambos bandos se destruyen mutuamente, Almanzor permanece a la expectativa; más en la primavera del año 995, el caudillo musulman cree que ha llegado su momento y avanza sobre la frontera de Castilla. El conde García, incapaz del desaliento, le hace frente en las riberas del Duero, entre Langa y Alcozar, y mal herido, cae prisionero de sus enemigos el día 25 de mayo. Conducido a tierras Cordobesas, García Fernández, humillado, desacatado por su hijo y traicionado por su mujer, muere el 29 de julio, siendo sepultado por los mozárabes cordobeses en la iglesia cristiana de los Tres Santos. Posteriormente, su hijo logró trasladar el cadáver al monasterio de San Pedro de Cárdeña.
Al morir el conde García, su hijo Sancho hizo las paces con el vencedor, comprometiéndose a pagar un tributo anual a Córdoba y entregando a Almanzor una de sus hermanas, condición afrentosa que ya había impuesto a Sancho Garcés, rey de Navarra, en 980 y a Bermudo, rey de León, en 993.
El implacable Almanzor, satisfecho de su venganza contra Castilla, continúa realizando expediciones contra los otros reinos cristianos. Asuela Pamplona y las tierras del alto Aragón. El año 995 toma Astorga e impone a Bermudo de León un tributo anual, y como dos años más tarde, el rey se niega a pagárselo, Almanzor, al frente de una expedición, se dirige a Coria, sube a Oporto, y con la complicidad de los condes gallegos siempre dispuestos a traicionar a su rey, llega a Vigo y destruye Santiago de Compostela el 11 de Agosto, incendiando la Basílica, y aunque respetó la tumba del Apóstol, se llevó las campanas a Córdoba (El rey Fernando III las recuperó y restituyó a Santiago).
Almanzor se iba ya haciendo viejo y, con los años, su fanatismo religioso se exacerba; cumple rigurosamente los preceptos coránicos y da a sus postreras expediciones el carácter de guerra santa, ensañándose con los conventos y fundaciones religiosas. En el año 1001 decide destruir el monasterio de San Millán de la Cogolla, patrono de Castilla. Se dirige a Medinaceli, y por Osma, entra en la Rioja e incendia el monasterio; mas a pesar de no encontrar resistencia, el agravamiento de una enfermedad que padecía le obliga a emprender la retirada a mediados de julio.

Ruta de Almanzor
El conde Sancho, enterado de lo que ocurría en el ejército enemigo, cae sobre éste y lo derrota, en las proximidades de Calatañazor, el 8 de Agosto. Almanzor, moribundo, se refugia en Medinaceli, donde fallece días más tarde. Sus hijos, Abdelmalik y Abderrahman, le visten la mortaja, que, cosida por sus hijas, llevaba siempre consigo, y le cubren con el polvo que, al regresar a Córdoba de sus expediciones, recogía cuidadosamente de sus vestidos y guardaba en un cofrecillo recordando sin duda aquella “Sura” del Corán, según la cual, “Dios preservará del fuego a aquél cuyos pies se hayan cubierto de polvo en los caminos de Dios”. Fue enterrado en Medinaceli y cuentan los historiadores árabes que, sobre su tumba, se grabó lo siguiente: “Las huellas que has dejado en la tierra te enseñarán su historia como si lo vieras con tus mismos ojos. Por Alá, que jamás los tiempos traerán otro que se le parezca, ni que como él defienda nuestras fronteras.”Como contraste, un monje cristiano le puso en su crónica este epitafio: “En el año 1002 murió Almanzor, y fue enterrado en los infiernos.”
RASCAYÚ....
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