C O V A D O N G A

Por el año 711, d. De J.C., la Monarquía visigoda estaba en plena decadencia. La corrupción del principio democrático que encarnaba el pueblo visigodo; la debilidad de la institución monárquica; la ambición política de la nobleza; la falta de fusión entre las razas bárbara e hispano-romana, es decir, entre vencedores y vencidos; la corrupción moral de las costumbres y el mal trato dado a los judios, fueron las causas determinantes y complejas de la rápida ruina de la Monarquía visigoda, la cual había cumplido ya su misión histórica, iniciando el concepto de la personalidad peninsular frente al principio de la unidad absorbente del Imperio de Roma, que hacía desaparecer con su dominio la individualidad de los pueblos conquistados.

Un año antes, en 710, una de las frecuentes conjuraciones de la levantisca nobleza había elevado al trono a Don Rodrigo, Duque de la Bética, con perjuicio de Agila o Achila, hijo del fallecido Rey Vitiza; más algunos familiares de éste lograron huir y refugiáronse en Ceuta, protegidos por su Gobernador Olian (el Conde Julián de la leyenda, supuesto padre de La Cava, víctima de la lascivia del Rey Rodrigo), de origen berebere según unos, y godo según otros.

Los witizanos y los judíos, deseando vengarse, incitaron a Muza ben Neseir, Gobernador árabe de Mauritania, a que invadiese la Península.

Tras una razia del litoral comprendido entre Algeciras y Tarifa por 500 árabes al mando de Tarif, Muza, con la autorización del Califa de Damasco, envió a España, en el mes de abril de 711, a su lugarteniente Tarik ben Sellad (no hay que confundirlo con el Tarif que capitaneó la primera expedición), al frente de doce mil guerreros escogidos que abordaron la Peninsula en la roca de Calpe (Yebel Tarik), y después de algunas escaramuzas se enfrentaron a orillas del Guadalete, según algunos historiadores, y en los llanos de Barbate, cerca de la laguna de La Janda, según otros, con lo más florido del ejército del Rey Don Rodrigo, el cual, traicionado en plena batalla por los witizanos, acaudillados por el Obispo Oppas, tío de Agila, fue derrotado después de luchar sin tregua desde el 19 al 26 de Julio de 711, con lo que terminó la Monarquia visigoda.

Tras esta decisiva victoria, Tarik dividió su ejército en tres cuerpos avanzando con ellos hacia Córdoba, Málaga y Toledo, sin encontrar apenas resistencia; pero Muza, que era de origen asiático, celoso de los éxitos de su lugarteniente, que era africano, se trasladó a España, ocupó Sevilla y Mérida, y en Segoyela de los Cornejos, cerca de Tamames (Salamanca), derrotó, el año 713, a los mermados restos del ejército del Rey Don Rodrigo, que pereció en la batalla (algunos autores creen más verosímil que Don Rodrigo muriese en la batalla de Barbate).

En los años sucesivos, los árabes extendieron y consolidaron el emirato en toda la Península, a excepción de algunas reducidas zonas montañosas de las cordilleras Pirenaica y Cantábrica. No parece probada la existencia del llamado reino tributario de Todmir o de Teodomiro, que según la leyenda comprendía Alicante, Orihuela, Valentela, Lorca, Anaya, Mula y Bigastro. Fuese real o fabuloso el citado reino de Todmir, no se puede considerar como independiente y, en todo caso, Abderramán I, en el año 778, concluyó con su existencia.

Pasando por alto las discordias intestinas y rivalidades que surgieron entre los invasores árabes, debidas en su mayor parte a la diversidad de su origen: árabes, sirios, berberiscos, etc.., pues ello alargaría considerablemente este artículo, nos ocuparemos de la batalla de Covadonga, acto inicial de la Reconquista.

La invasión musulmana produjo como natural consecuencia la huída a Francia de algunos magnates visigodos, pero los más de ellos se refugiaron en las montañas norteñas, especialmente en Asturias, decididos a no someterse al yugo árabe y a conservar el depósito religioso, monárquico y democrático de la fenecida Monarquía.

Don Pelayo

Recibida la triste noticia de la muerte de Don Rodrigo, los acogidos al amparo de las montañas asturianas eligieron Rey a Don Pelayo, posible descendiente del Rey Chindasvinto, que gozaba de gran prestigio por su prudencia, valor, energía y conocimiento del país. Enterado Muza de la proclamación, se dirigió a Asturias, obligando a Pelayo a rendirle tributo y homenaje; mas en el año 718, el Rey, aprovechando la ocasión de encontrarse el grueso de las fuerzas árabes en una expedición contra la Galia gótica o narbonense, se negó a pagar el tributo, y reuniendo a todos sus partidarios abandonó Cangas de Onís, residencia real, internándose en el valle de Covadonga y refugiándose en la que luego se llamó cueva de Santa María.

Pronto se supo en Córdoba la rebeldía de Don Pelayo, dirigiéndose las fuerzas agarenas al mando de Aclama a reducir a los cristianos. Comenzada la batalla, los árabes llevaron la peor parte, pues por las condiciones abruptas del terreno se veían imposibilitados de poner en juego todas las fuerzas con que contaban, y las empeñadas en el combate luchaban en condiciones de inferioridad frente a un enemigo que ocupaba todas las posiciones dominantes. El resultado definitivo no se hizo esperar, pues Pelayo con singular acierto, había emboscado en las laderas del Auseba un millar de hombres, los cuales atacaron la retaguardia árabe, a la vez que Pelayo y los suyos, descendiendo de sus posiciones, se lanzaron de frente, contra sus enemigos, empleando contra ellos toda clase de armas, incluso arrojándoles rocas y troncos de árboles. Los árabes, derrotados y en desordenada fuga, se dirigieron a la Liébana (Santander), siendo verosímil que en su huída fueron hostigados por los núcleos visigodos y cántabros refugiados en la cordillera Cantábrica, acaudillados por el Duque Pedro (cuyo hijo Alfonso se casó con la hija de Pelayo y fue el tercer Rey asturiano). Sea lo que fuere, cuenta la leyenda que al llegar los fugitivos cerca de Cosgaya, a orillas del río Deva, un desprendimiento de tierras les sepultó, terminando de tal guisa la derrota de Covadonga.

La victoria de Pelayo, a la que los españoles de la época dieron el carácter de epopeya nacional, adornándola con mil leyendas más o menos fabulosas, como la de la intervención milagrosa de la Virgen, de la cual el Rey llevaba una imagen; es lo cierto que inicia la reconquista nacional, ya que afianzó el dominio de Pelayo sobre Asturias, acudiendo a su amparo multitud de familias hispanas.

Claro es que Don Pelayo y sus sucesores tuvieron que defenderse tenazmente de los ataques de los árabes; pero el Reino de Asturias, tan duramente disputado, resistió siempre las embestidas islámicas.

El Rey Don Pelayo murió en Cangas de Onís en 737, y sus restos descansan hoy en la cueva de Santa María, teatro de su gloriosa hazaña.

RASCAYÚ....      

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