El crimen de los Urquijo

L 1 de agosto de 1980, aparecieron asesinados fría y profesionalizadamente, en su casa de Somosaguas (Madrid) los marqueses de Urquijo, Manuel de la Sierra, de 54 años, y su esposa María Lourdes Urquijo, de 45. El marqués estaba en su cama con un orificio en la nuca producido por una bala de pistola del calibre 22. La marquesa estaba también en cama. Presentaba dos balazos del mismo calibre, uno en la boca y otro en el cuello, que le perforó el cráneo.

Por sus circunstancias, el caso encierra incógnitas, como los móviles y la identidad de los auténticos autores. Rafael Escobedo que fue condenado a 50 años de cárcel como autor e los asesinatos –solo o en compañía de otros, según la sentencia- apareció ahorcado en su celda. Se había suicidado. La autopsia reveló la existencia de de cianuro potásico en los pulmones, administrado en forma de papelina, por lo que los forenses consideraron que de suicidio, nada de nada. Lo suicidaron, que es muy distinto.

Los Urquijo, presuntamente, no eran una familia en armonía. Las discusiones eran frecuentes y el ambiente familiar, muy cargado y casi irrespirable. El marqués, era tacaño y casi no daba dinero a sus hijos. Si les daba algo, era en medio de reproches. Juan de la Sierra y su hermana Miriam, eran conocidos por sus amistades como “los pobres”.

A esto se unía que las acciones del banco Urquijo que presidía el marqués, no eran precisamente las preferidas por los inversores desde principios de los años 70. Parecía que nada funcionaba bien en esta familia y en el negocio. A un problema le sucedía otro, entre ellos la separación de Miriam de Sierra y Rafael Escobedo. Apenas separada Miriam se relacionó con un ciudadano americano, Richard Dennis, con el que convivió.

Mientras, Rafael Escobedo, que había sido su marido, salía con su amigo íntimo Javier Anastasio, de 36. No tenían trabajo conocido y gastaban dinero que presuntamente les pasaban sus padres. No era extraño que todos estos personajes discreparan, entablando acaloradas discusiones. Cada uno de ellos tenía, presuntamente, motivos para perpetrar cualquier cosa. La opinión pública y la aristocracia se conmocionaron. No beneficiaron precisamente a las clases altas los trapos sucios que airearon los medios.

Tuvieron mucha difusión las calumnias, insultos declaraciones proferidos entre los miembros de la familia, sus allegados y gentes del entorno. Los españoles, desconcertados, seguíamos por la prensa, radio y televisión los pormenores de las confusas declaraciones de Rafi, de Miriam, de su hermano Juan, del administrador de la familia, Diego Martínez Herrera, del mayordomo de los marqueses y de un largo etcétera de personajes colaterales. Fue algo denigrante y esperpéntico.
Las investigaciones llevaron a un presunto culpable, Rafael Escobedo, ex marido de Miriam. Ante la policía (figura también en el sumario) confesó que:

Aparcó el coche en el descampado que se extiende a la derecha de la carretera que conduce al chalet y entró por la puerta cristalera que solía utilizar cuando vivía en la casa, para salir al jardín. Que tras adherir unos esparadrapos al cristal, lo golpeó con el martillo, introdujo la mano derecha y abrió la puerta, pasando al recinto de la piscina. Encontró la puerta interior de este recinto abierta y se dirigió al salón contiguo. Que para penetrar en el salón, donde se encuentra la escalera por la que se accedía a la planta superior donde están los dormitorios, tuvo que abrir una puerta de madera. Con el soplete, hizo en esta puerta un boquete por el que pudo introducir la mano y abrirla, girando la llave, que se encontraba puesta, por la parte interior. A continuación, recorrió el camino hasta la habitación donde dormía su suegro y, aproximándose a éste, le disparó en la cabeza y trató de salir precipitadamente de la habitación, por lo que tropezó en una silla y se le escapó un disparo.

Mientras trataba de huir se despertó su suegra y preguntó ¿quién hay? o algo así, y para evitar ser reconocido tuvo que darle muerte, disparándole una primera vez cuando ella se encontraba sentada en la cama y una segunda vez para asegurar su muerte. Tras ello, salió corriendo y tomó el vehículo de su padre, marchándose a su domicilio. A la mañana siguiente despertó temprano y se ausentó de casa para un asunto relacionado con el seguro de desempleo.

Preguntado si utilizó silenciador en la pistola, dijo que sí. Preguntado asimismo si utilizó guantes, manifiesta que sí. Preguntado sobre el paradero de la pistola que empleó en la comisión de los hechos, manifestó que desconoce el actual paradero de esta arma. Preguntado nuevamente para que aclare qué hizo con el arma, o a quién se la entregó tras la comisión de los hechos, contestó que no podía responder a eso.

Preguntado también por el paradero del soplete, la linterna, el martillo y demás efectos empleados, dijo que el soplete lo había comprado en una tienda y el martillo y la linterna y demás efectos los había cogido de su casa. Preguntado con qué fin adquirió y dispuso de tales efectos, dice que por motivos personales. Preguntado finalmente qué hizo tras la comisión de los hechos con los efectos utilizados dice no poder contestar a eso.

A pesar de esta declaración de Rafi Escobedo que como hemos dicho, figura en el sumario, su testimonio dejaba puntos oscuros. Estando en prisión cumpliendo condena cumplía se desmoronó en varias ocasiones. Dejó entrever que sabía los nombres de supuestos cómplices en los asesinatos de sus suegros.

Tanto fue así que cuando Javier Anastasio amigo íntimo de Rafi, fue declarado coautor del crimen, huyó a Brasil con documentación falsa después de cumplir el máximo de prisión provisional. Mauricio López Roberts, marqués de Torrehermosa, de cuarenta y ocho años de edad, amigo de Rafi, fue procesado como encubridor de Javier Anastasio. Fue también condenado y encarcelado.

Rafi Escobedo comenzó a insinuar desde el Penal de El Dueso que iba a contar toda la verdad. En un programa de El Loco de la Colina en el que fue entrevistado, firmó su sentencia de muerte. A los pocos días, apareció ahorcado en su celda. Se llevó a la tumba la aclaración de uno de los casos más oscuros de la crónica judicial española.

Una vez más, los asesinos volvieron a actuar, fría y profesionalizadamente. El cianuro en forma de papelina que le fue facilitado por alguien es una sustancia que va directamente a los pulmones y provoca inexorablemente la muerte. Todo estuvo planeado perfectamente.

Es en la profesionalización y la experiencia homicida de los asesinos en donde radica el misterio de las muertes de los marqueses de Urquijo y de Rafi Escobedo. El caso fue cargado de melodramatismo de culebrón cuando debiera haberse incidido mucho más en la extraordinaria profesionalidad de los autores. Ahí está el móvil, con el que tendríamos a los verdaderos asesinos.

Con razón, Margarita Landi, extraordinaria periodista de sucesos y crónica negra, recientemente fallecida, comentó al que escribe que ella jamás investigaría estos crímenes. Apreciaba demasiado la vida.

Fdo. Capitán Centellas.

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