EL LARGO ADIÓS
PRIMAVERA DE 1962, MURCIA.
En las primeras
horas de madrugada del 26 de junio de 1.962 el público desalojaba la plaza de
toros de “La Condomina”, en Murcia, en donde se acababa de celebrar un
espectáculo folclórico. Salía también de la plaza una familia murciana, natural
de la localidad de Jabalí Nuevo, compuesta por el padre, Salvador Hernández
Fenor, de unos 70 años, con domicilio en esta localidad, calle Real número 15;
sus hijos Blas Hernández Hernández, de 45 años, casado, con domicilio en
Avignonet, departamento de Isers (Francia), país en donde estaba nacionalizado,
Manuel Hernández Hernández, de 42 años, soltero, y, por último el hijo de Blas,
Sergio, de 14 años, nacido en Servieres le Chateau, departamento de Corréza. Los
acompañaba un amigo de la familia, Miguel Gil Vázquez, de 58 años, natural y
vecino del mismo pueblo de Jabalí Nuevo, calle San José número 128.
El grupo se dirigió al lugar en donde estaba aparcado un coche de matrícula
francesa, propiedad de Blas, justo enfrente de la puerta principal de coso
taurino, para regresar a la cercana localidad de Jabalí Nuevo. Pero se dieron
cuenta de que un grupo de individuos merodeaban alrededor del vehículo –un
“Mercedes”-, mirando la matrícula, los neumáticos e incluso el interior.
-Esto es un taxi- dijeron los merodeadores.
-No, hombre, dijo Salvador, esto es un coche francés.
-Esto es un taxi, que nos va a llevar a todos-.
-¿No está viendo que se trata de un coche particular- intervino Blas.
Tas este intercambio de palabras, las de la familia
Hernández, persuasivas, tratando de mostrarles que se trataba de un coche
particular y no un taxi, y las de los merodeadores, groseras y violentas, se
llegó a la agresión. Encontró la muerte Blas Hernández y resultó seriamente
herido su hermano Manuel. Salvador, el padre, también resultó levemente
lesionado, mientras que Sergio, hijo de Blas, era testigo de todo.
Dada la confusión producida por la riña, los autores se
dieron a la fuga. La policía, rápidamente, logró la detención de uno de los
agresores, llamado Francisco Ruiz García, de 30 años, pescadero, y con domicilio
en Murcia, en la Pensión de la calle de San Agustín número 1.
No tardó la policía en saber la identidad de los
restantes agresores. Se trataba de Diego Ruiz García, sobrino del anterior, de
24 años, soltero, litógrafo, natural y vecino de Murcia y asimismo domiciliado
en la Plaza de San Agustín, 1. Manuel Carrasco Manzanera, alias “Manolo Roque”,
de 35 años, natural de Cartagena y con domicilio en Murcia, Ericas, 28.
Bartolomé Gil López, alias “El Bartolo”, de 29 años, casado y de profesión
ferrayista, natural y vecino de Murcia, calle del Árbol, 31; José Dequeros
Torres, alias “El Quico”, natural de Daimiel, Ciudad Real, de 34 años, soltero
jornalero, domiciliado en Murcia en la misma Posada de la Plaza de San Agustín
número 1 y su hermano Francisco Dequeros Torres, alias también “El Quico”,
natural de Canales (Valencia), de 32 años, soltero jornalero y con el mismo
domicilio que su hermano.
A las pocas horas de ser identificados fueron detenidos
todos los citados a excepción de los hermanos José y Francisco Dequeros Torres,
más conocidos como “Los Quicos”, verdaderos autores materiales de los hechos. O
sea los que apuñalaron a las víctimas. Tras su detención y consiguiente
interrogatorio, les fueron instruidas diligencias y fueron puestos a disposición
del Juzgado de Instrucción que dispuso su ingreso en prisión.
Los dos presuntos homicidas se refugiaron, seguramente,
en algún lugar de la huerta murciana o en algún domicilio particular. Estaban
conceptuados policialmente como individuos peligrosos y
pendencieros,“bronquistas” integrantes de una familia con abundantes
antecedentes delictivos.
Según declaraciones de “Manolo Roque”, se pudo
localizar el arma homicida, un gran cuchillo de cocina, que se encontró entre
las vías del tren y que fue abandonado por los dos hermanos en su huída.
En Murcia, la repercusión que tuvo en aquella época el suceso fue enorme. La
muerte alevosa dada por unos desalmados a un hombre sin culpa alguna, de
nacionalidad francesa, que dejaba viuda y tres huérfanos, uno de ellos testigo
presencial del asesinato de su padre; las heridas graves inferidas al hermano de
la víctima y el hecho de que eran muy respetados y apreciados en la población de
Jabalí Nuevo, llenó de consternación a esta provinciana ciudad, y más aún a los
convecinos de los agredidos.
COLABORACIÓN CIUDADANA
La prensa local, “La Verdad” y “Línea” rivalizaron en
titulares, a partir de la segunda página -pues la censura prohibió que se
empleara la primera- y las emisoras de radio difundieron el suceso en sus
boletines. Las gentes estaban interesadas en la captura de los hermanos “Los
Quicos”, y muchas personas se ofrecieron a colaborar con la Policía. Pero
también existió una psicosis de miedo a esta pareja de asesinos. El público
llamaba sin parar al teléfono 11144, número de la Policía, pues aún no estaba
instalado en esta ciudad el popularmente conocido en Madrid o Barcelona 091. Era
un estado de temor en la población tal que la gente llamaba en cuando veía una
pareja de desconocidos, lo que daba lugar q que se comprobara cada llamada hasta
tener la seguridad de que eran infundadas.
Desde el primer momento la BIC (Brigada de
Investigación Criminal), apoyada por otros servicios ininterrumpidamente,
realizó desplazamientos a todos y cada uno de los pueblos de la provincia. Se
peinó todo el territorio. Obsesivamente se buscaba a esta pareja de hermanos
homicidas. En Comisaría se recibían noticias en el sentido de que habían sido
vistos. Decían los comunicantes que habían sido vistos comprando pan en
Guadalupe o que estaban paseando por la población tranquilamente.
Por aquellas fechas los medios de que disponía la
Policía en Murcia eran bastantes precarios. Casi no había coches policiales. La
Comisaría, sita entonces en la plaza de Santo Domingo, en el mismo edificio del
Gobierno Civil, dejaba mucho que desear en lo referente a instalaciones y
medios. Pero, sin embargo hubo funcionarios del Cuerpo General de Policía que
prestaron sus coches particulares para las labores de búsqueda de los hermanos
fugitivos, José y Francisco Dequeros Torres.
Las llamadas y avisos de los ciudadanos los situaron en
diferentes lugares de la huerta e incluso en los márgenes del río Segura, se
llegaron a realizar batidas entre maizales y cañaverales de varios kilómetros de
profundidad y anchura, labor que resultaba bastante penosa para la Policía,
especialmente cuando era por la noche, llegándose a emplear hasta una unidad de
la Policía Armada provista de perros adiestrados. Los perros cumplieron su
cometido pero la búsqueda resultó infructuosa. Hubo lectores de prensa que
solicitaron a los periódicos el uso de los helicópteros de la Marina con Base en
Cartagena, San Javier y Alcantarilla, peticiones que fueron reflejadas en letra
impresa. Había una psicosis colectiva de miedo a los fugitivos asesinos.
¿UN ASUNTO POLÍTICO?
El día tres de agosto un vecino de Santiago y Zaraiche
denunció en comisaría que cuando circulaba en bicicleta por esta población fue
asaltado por dos individuos que en actitud desafiante le conminaron a entregarle
cuanto llevara encima: le quitaron 90 pesetas y un paquete de cigarrillos
“Celtas Largos”. Luego le derribaron al suelo y huyeron. Al serle mostrada al
ciudadano en cuestión las fotos de los fugitivos los reconoció sin ningún género
de dudas.
Se hicieron incluso gestiones en bancos y cajas de
ahorros en el sentido de si los fugitivos habían dispuesto de unas treinta mil
pesetas que tenían depositadas en un banco de la ciudad, con resultado negativo.
Se intentó localizarlos en La Línea de la Concepción, Tarragona y en toda
España, para lo que se dictó por el Juzgado una orden de busca y captura. A
través de Interpol se solicitó de la policía francesa si había sido detectada su
presencia en el vecino país, con resultado negativo.
El los mentideros de Murcia se comentaba el asunto de “Los Quicos”, y se llegó a
decir que el asunto era político por tratarse la víctima, Blas Hernández, de un
exiliado y que podía interesar al gobierno su eliminación. El rumor corrió de
boca en boca, siendo muy comentado.
Fueron procesados por un delito de muerte en riña
tumultuaria los cuatro detenidos, Diego Ruiz García, Bartolomé Gil López (a) “Bartolo”,
Francisco Ruiz García, y Manuel Carrasco Manzanera. Pero “Los Quicos” no
volvieron a dar señales de vida ni en España ni en ningún lugar del planeta.
Desde que lograron escapar del cerco policial nada se ha sabido de ellos. Ni
siquiera se han renovado el DNI, su ficha del Censo de Inscritos no existe, el
expediente del Archivo Central ha desaparecido misteriosamente y no está su
partida de defunción en el registro correspondiente del Ministerio de Justicia.
Fue largo y definitivo el adiós de “Los Quicos”.
Fdo. Capitán Centellas.
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