
El Crimen de la Calle de La Greña
QUELLA calurosa mañana de finales agosto de 1966 a las 10:30 horas, se recibió en la Comisaría de Policía de Murcia, una llamada telefónica.
Una vecina de la Calle de la Greña denunciaba que, del piso segundo derecha del número 34 salía un olor espantoso. Temía que le hubiera pasado algo al inquilino, Francisco Tenes, presbítero, de 66 años. Decía misa todos los días en la iglesia del turno de Vela y Alumbrado. No había sido visto por el vecindario desde hacía cinco o seis días.
Se personaron en el lugar varios inspectores de la entonces denominada Brigada de Investigación Criminal. Comprobaron que, en efecto, salía del piso un hedor insoportable. Dieron aviso al Juzgado de Guardia.
La Autoridad Judicial ordenó avisar a los bomberos para que forzaran la puerta y poder entrar en la vivienda. No fue necesario, pues lograron penetrar por una ventana pequeña y abrieron la puerta. Tuvieron que protegerse con unos pañuelos impregnados de agua de colonia y así evitar las náuseas producidas por el insufrible olor.
Ya en el interior del piso, en una habitación de dos camas que se hallaban deshechas, encontraron el cadáver del presbítero, desnudo y posición de decúbito lateral izquierda. Se le apreciaron nueve puñaladas en diversas partes del cuerpo. En el suelo del cuarto había una enorme mancha de sangre. El cadáver se hallaba en un proceso de descomposición acelerada. La muerte se debió producir el día 23 del mismo mes de agosto.
Se registró el piso en busca del arma homicida, diligencia que se realizó entre grandes dificultades, pues la casa estaba abarrotada de muebles amontonados, antigüedades, animales disecados y objetos diversos, así como de grandes cantidades de alimentos en estado de descomposición. Todo ello en medio de un desorden indescriptible.
Se halló un cuchillo de cocina de unos veinte centímetros de hoja, presumiblemente el arma homicida. Aunque estaba lavado, aún se le pudieron apreciar rastros de sangre.
En un charco de sangre encontrado en el piso, se apreció una huella plantar, llegándose a la conclusión que el asesino, al igual que la víctima, estaba desnudo, en el momento de dar muerte a Francisco.
En la cocina se hallaron huellas dactilares. Fueron reveladas y remitidas al Gabinete Central de Identificación para saber a qué personas pertenecían. En un despacho se encontraron cartas y fotografías que evidenciaban las relaciones del presbítero con jóvenes de su mismo sexo.
Tras levantar el cadáver -operación costosa, debido al olor y a los más de 110 kilos de peso del cadáver- se le trasladó al Hospital Provincial para la práctica de la autopsia, que corroboró las primeras apreciaciones referidas al día de la muerte. Se tuvo que dar aviso a una brigada de limpieza del Ayuntamiento para que procediera a la desinfección del piso. Tuvieron que emplearse más de diez litros de un fuerte desinfectante.
El informe de la Policía al Juzgado se describía que el finado habitaba en un antro tenebroso y demencial. Se llegó a la conclusión de que había perdido el sentido del orden y la limpieza. Por sus aficiones particulares con jóvenes se dedujo que el autor de la muerte debía de ser uno de los innumerables que visitaban continuamente el piso. Los vecinos confirmaron estas visitas, en especial la de militares del Batallón de Instrucción Paracaidista.
El sacerdote fue visto por última vez el día 22 de agosto en compañía de un joven maletilla que había dormido varias veces en su casa. Fue detenido y tomadas sus huellas dactilares. Declaró que había pernoctado y mantenido relaciones con el finado, pero se descartó rápidamente su autoría.
En 1964, Francisco Tenes, había denunciado en Comisaría que unos jóvenes que habían pernoctado en su casa, le habían robado joyas y objetos de valor, así como unas treinta mil pesetas en metálico. No tardaron en ser detenidos e interrogados. Cotejadas sus huellas con las encontradas en el piso se descartó la participación de ellos.
Las investigaciones se centraron luego en los militares paracaidistas, máxime cuando las cartas y fotos encontradas en el despacho pertenecían a varios de ellos. El revelado de las huellas encontradas en el lugar de autos demostró que les pertenecían. Admitieron haber mantenido relaciones con el finado, pero negaron categóricamente haberle asesinado. La huella plantar encontrada en una mancha de sangre no pertenecía a ninguno, por lo que no se pudo probar la autoría de por parte de ellos.
Los vecinos declararon asimismo que le visitaban también militares pero de raza negra. Fueron cotejadas las huellas con las de los guineanos que habían hecho el servicio militar en los paracaidistas, con resultado negativo. Todas las personas interrogadas negaron haberle matado, aunque admitieron haberle visitado y mantenido relaciones con él. Las investigaciones policiales duraron más de tres años y llegaron a un punto muerto. El Juez no dictó auto de procesamiento contra nadie ya que no se hallaron indicios racionales de criminalidad.
En aplicación a la entonces vigente Ley de Vagos y Maleantes -“La Gandula” para la marginalidad- se encarceló a multitud de invertidos.
Veintiocho años después, el crimen de la calle de la Greña –como es conocido popularmente- a pesar de la curiosidad, expectación y morbo que levantó, es un caso sin resolver. A pesar de los esfuerzos que la Policía hizo.
Fdo. Capitán Centellas.
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