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La parricida de Lorca |
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UCHAS tragedias no surgen en un solo día. Son consecuencia de multitud de
tensiones acumuladas. Llega un momento en que las tensiones alcanzan un clímax y
se produce el estallido final, inevitablemente sangriento y dramático.
Esta historia tuvo lugar en Lorca (Murcia) en la madrugada del 5 de agosto de
1.985. El suceso no tuvo la repercusión habitual en estos casos por tratarse de
un día festivo de verano. El único periódico regional que se editaba en aquella
época en Murcia dio la noticia de manera sucinta y como pasando de largo.
Se inició la tragedia en el año 1.979
cuando Carmelo y Juana contrajeron matrimonio, fruto del cual tuvieron dos
hijas, de cuatro y cinco años en el momento en que sucedieron los hechos. No
transcurrió mucho tiempo, tras la boda, para que las discusiones entre Carmelo y
Juana empezaran, convirtiéndose en algo habitual. Con el paso del tiempo, estas
disputas subieron de tono y violencia, llevando la peor suerte Juana, pues en
varias ocasiones fue objeto de malos tratos de palabra y obra por parte de su
marido. Ahora se llama “violencia de género”.
Llevaban viviendo en el barrio unos
tres años. Juana casi no hablaba con nadie del vecindario. Por todos eran
conocidas las peleas de este matrimonio y muchos pensaban que tarde o temprano
sucedería una tragedia. Se veía venir, como suele decirse en estos casos.
Carmelo tenía un carácter agresivo y violento y Juana, por miedo a su marido y a
sus once hermanos, nunca hizo nada por poner fin de una manera civilizada a esta
situación. Pero cuando lo hizo fue con todas sus consecuencias y por las bravas.
Carmelo trabajaba de pintor
decorador. Era muy conocido en Lorca por su carácter agresivo, como lo eran
también sus hermanos, por lo que se temió, tras la tragedia, una represalia por
parte de los familiares de la víctima, que finalmente no se produjo.
En la jornada de autos, Carmelo
aprovechó la festividad del día para salir con los amigos y tomar unas copas,
como era en él habitual. Como siempre, Juana quedó en casa al cuidado de las dos
niñas. Eran las cuatro de la madrugada cuando Carmelo regresó con síntomas de
haber bebido algo de más. Se dirigió a la alcoba matrimonial encontrando a Juana
acostada y empezó a increparla violentamente, requiriéndola para que le
preparara la cena, a pesar de lo avanzado de la hora.
Juana sumisa y resignada, se dirigió
a la cocina y empezó a prepararle algo de comer, seguida de Carmelo que se sentó
en la mesa. Estando los dos en la cocina, volvieron a increparse mutuamente,
entablándose una fuerte discusión entre ambos. Carmelo estaba de espaldas a su
mujer, que no podía aguantar más, presa de una terrible excitación. Juana
decidió poner fin a aquel infierno de sufrimientos. Como una posesa, cogió un
cuchillo de cocina de grandes proporciones, y lo clavó tres veces en la espalda
de Carmelo, que cayó fulminado al suelo. Ya en el suelo, volvió a clavarle el
cuchillo dos veces más en el pecho.
Al darse cuenta de que estaba muerto,
intentó envolver el cadáver en una colcha, pero le resultó imposible a causa de
la rigidez del cuerpo. Optó por coger otros dos cuchillos de la cocina e intentó
descuartizar el cadáver, pero tan sólo pudo realizar algunos cortes en las
piernas y en los hombros. Desistió rápidamente de continuar con aquella
atrocidad.
Sacando fuerzas de flaqueza, logró, por fin, envolver el cadáver de su marido en
la colcha, pero como manaba abundante sangre, lo enfundó en una gran bolsa de
plástico. Luego, empezó a limpiar la sangre de la cocina y de los cuchillos.
Cuando terminó la faena el remordimiento pudo más que Juana y pensó en llamar a
su padre para contarle lo sucedido. Lo hizo. Al poco llegó, quedando el hombre
horrorizado por lo que estaba viendo. Logró sobreponerse y aconsejó a su hija
poner los hechos en conocimiento de la policía.
A las ocho de la mañana compareció en
la entonces denominada Inspección de Guardia (hoy llamada Oficina de Denuncias)
de la comisaría lorquina y explicó a los la tragedia. Tras avisar al Juzgado de
Instrucción de Guardia, los policías se personaron en el domicilio de la calle
Juan de Toledo número 5, procediendo a la detención de Juana.
Al poco, llegaron el médico forense y
el juez que ordenó el levantamiento del cadáver para la práctica de la autopsia
que determinó que la causa de la muerte habían sido las heridas incisas
producidas en la espalda y en el pecho de Carmelo. Una de las cuchilladas le
había atravesado el corazón, siendo esta herida mortal de necesidad.
Juana, describió lo sucedido en
presencia de su letrado y posteriormente lo corroboró en la reconstrucción de
los hechos celebrada en el domicilio conyugal. Por orden del juez ingresó en
prisión, quedando las niñas, víctimas inocentes de este matrimonio desgraciado,
bajo la custodia de unos familiares.
Fdo. Capitán Centellas
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