
La extraña muerte del presidente
del Málaga Club de F.
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UE uno de los sucesos que más intrigaron al público.
Es recordado por los aficionados al fútbol, pues la víctima Antonio Rodríguez,
era presidente del Málaga. Tres puñaladas acabaron con su vida el 30 de junio de
1.971.
Eran dos personalidades muy diferentes, la del presunto agresor y el agredido. El presidente del Málaga, Antonio Rodríguez, gallego emprendedor, natural de Orense y de 37 años de edad, había comenzado a trabajar siendo un niño. A los doce años tuvo su primer empleo, el de botones. Más tarde fue soldador y se casó con una chica de su mismo pueblo. En 1.959 pudo obtener un empleo en Málaga. Era la época en que el turismo empezaba a desarrollarse en la Costa del Sol. Comenzó a trabajar montando una estructura metálica de un hotel, pero Antonio quería llegar más lejos en la vida y sabía como hacerlo.
Se convirtió en una de las personas más influyentes de Málaga, llegando a ser muy popular por su vinculación al fútbol local. Empezó siendo vicepresidente, consiguiendo durante su mandato -ya en la presidencia- que ascendiera su equipo a primera división. Antonio, en su fulgurante ascensión había llegado a ser un importante financiero y poseía una fortuna bastante saneada.
En cambio, su supuesto agresor, Mariano Cerezo, natural de Murcia, de 25 años, que cayó abatido por los disparos efectuados presuntamente por Antonio, y que en un principio parecía haber sido su atacante, era un auténtico don nadie. Había pasado varias temporadas en la cárcel y en hospitales psiquiátricos. En su D.N.I. figuraba la profesión de camarero, pero nunca había trabajado en este oficio.
Era natural de La Albatalía (Murcia) y estaba domiciliado en el carril Torre Molina, número 15. En 1.964, el juzgado de instrucción número 2 de los de Alicante, interesaba su búsqueda y captura por robo, siendo encarcelado. En años posteriores fue ingresado en varios hospitales psiquiátricos, en donde los médicos diagnosticaron “un cuadro de psicopatía de raíz epileptoide con rasgos psicógenos acusados (en electroencefalograma disritmia comicial) y déficit intelectual de la hondura de la debilidad mental concurrente”. Le fue además aplicada en varias ocasiones la ahora extinta Ley de Vagos y Maleantes.
A partir de aquí las preguntas se suceden sin respuestas satisfactorias. ¿Qué hacía Mariano Cerezo en el recodo del camino de acceso al chalet “Villa Mercedes”, domicilio de Antonio Rodríguez. Es un misterio.
Poco antes de las cinco de la tarde del día 30 de julio de 1.971, Antonio Rodríguez salió a bordo de su “Ferrari” del chalet que poseía en Montemar Alto, barrio de Torremolinos. Unos disparos hicieron salir de sus casas a los vecinos.
El coche se hallaba detenido en un sendero que comunicaba Villa Mercedes con la carretera de La Pinilla. Junto al vehículo se hallaban los cuerpos de dos hombres a pocos metros el uno del otro. Ninguno de los dos había muerto, pero se hallaban muy malheridos, sangrando abundantemente. Uno de ellos era Antonio Rodríguez. El otro, un chico de aspecto descuidado en el vestir, que fue identificado posteriormente, resultaría ser Mariano Cerezo. Antonio llegaría cadáver a la casa de socorro y Mariano moriría horas después.
Los investigadores policiales creyeron en los primeros momentos que el joven Mariano había apuñalado al presidente del Málaga y éste, haciendo uso de una pistola, pudo disparar sobre su agresor. Posteriormente, el resultado de las autopsias desvirtuó totalmente esta hipótesis ya que Antonio presentaba tres heridas de arma blanca: una en la región precordial que le atravesó el corazón, otra en la yugular, y la última en la espalda. Las dos primeras eran mortales de necesidad, por lo que era imposible que la víctima tuviera tiempo de empuñar un arma y disparar.
Cabía la posibilidad de que antes de recibir los dos navajazos mortales, Antonio hubiera disparado contra su agresor, pero tampoco era aceptable esta teoría cuando se supo que Mariano, fallecido tras haberle extirpado el bazo y un riñón, presentaba una herida de bala en una pierna, y otra en la región dorsal -que le lesionó gravemente el bazo- privándole de las fuerzas necesarias para empuñar la navaja y atacar a quien le disparó.
La Policía sospechó que Mariano había acudido al lugar de los hechos en compañía de otras personas. Tal sospecha se fortalecía ante el razonamiento de que para llegar hasta allí hubiera sido necesario utilizar un vehículo, que no apareció. Se pudo deducir que la persona o personas que acompañaron a Mariano mató o mataron a los dos. El calibre del arma era de nueve milímetros corto y la pistola hallada junto al moribundo Antonio no era de su propiedad.
Una empleada de hogar de casa del presidente asesinado manifestó a los investigadores que después de sonar los disparos hubo unos momentos de silencio y posteriormente alguien dijo gritando: “Corre, la policía”. Luego se oyeron tres disparos más.
Antonio Rodríguez gozaba de protección policial, pero esta escolta no estaba junto a él cuando fue abatido. Sobre el papel le pusieron protección policial como consecuencia de unas llamadas telefónicas que estaba recibiendo a partir de febrero del mismo año de su muerte. Le exigían cinco millones de pesetas -cantidad respetable en la época- que debía entregar en la manera que se le indicara, a cambio de recibir “protección” de una supuesta organización delictiva. Si no cumplía lo exigido, lo matarían.
Durante los últimos días, estas llamadas eran verdaderos ultimátums. Se le había comunicado el lugar en que debía depositar el dinero y el plazo terminaba a las nueve de la noche del mismo día en que fue asesinado. El 30 de julio se tenía que haber reforzado (es un decir) la protección policial por ser cuando se acababa el plazo dado por los extorsionadores.
Antonio debía de coger un avión que lo llevara a Madrid aquel mismo día, con motivo de la presentación del trofeo “Costa del Sol”. Tenía ya el billete en el bolsillo, cuando inopinadamente, decidió posponer el vuelo con el pretexto de que tenía una reunión aquella misma tarde. ¿Tenía esa reunión relación con el encuentro fatal que le produjo la muerte? Nunca se supo y creemos que nunca se sabrá.
La policía murciana, a instancias de la de Málaga investigó el entorno en donde se había desarrollado la vida de Mariano Cerezo, en la población de La Albatalía. Familiares suyos declararon que había hecho algunas chiquilladas, como llevarse algún coche y otros delitos menores. Era retrasado mental, pero incapaz de cualquier violencia. Y menos participar en un plan conspirativo para arrebatar la vida a una persona.
Ha transcurrido los años sin que estas muertes puedan ser aclaradas. Las hipótesis fueron para todos los gustos. Una de ellas presentaba a Mariano como testigo involuntario de la mortal agresión. Se encontraría casualmente en el lugar de los hechos mientras deambulaba por Torremolinos, tras escaparse de su casa, cosa que hacía frecuentemente. Habría sido asesinado por temor a que denunciara lo que había visto, colocándolo luego cerca del cuerpo de Antonio para que le achacaran las puñaladas.
Otra hipótesis podía ser que los asesinos se fijaron en Mariano para utilizarlo de chivo expiatorio. Le pudieron engañar con el pretexto de que le iban a llevar a casa de un hombre rico, dueño de hoteles y otras empresas que le podría dar trabajo como camarero o cocinero.
Cuando el “Ferrari” de Antonio se acercaba a la curva en la que tenía que aminorar la velocidad, pudieron encargar a Mariano que detuviera el coche, para hablarle, cosa que hizo. Luego apuñalaron al presidente y con la pistola dispararon contra Mariano, tratando de aparentar que se mataron entre sí.
Lo cierto es que siempre se descartó la idea de que Mariano apuñalara a Antonio y éste disparara la pistola contra su agresor. Las dos muertes, transcurridos más de treinta años, están sin aclarar. Y nadie cree que a estas alturas se pueda saber la verdad.
Fdo. El Capitán Centellas.
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