La estanquera asesinada

 

    A primera hora de la mañana del día 2 de julio de 1.957, compareció en la Comisaría de Policía de Murcia el inspector afecto al servicio de noche declarando que había sido requerido por Antonio Iborra, hijo de la estanquera Antonia Hervás, de 66 años, viuda, natural de Caravaca y domiciliada en Murcia, en la calle Teniente Flomesta. Había aparecido en la planta baja de su casa el cadáver de su anciana madre.

El cuerpo presentaba varios golpes en la cabeza y en la cara. Estaba caída en la cama y vestida. La puerta del armario de la habitación en donde fue hallada estaba abierta y varios objetos se hallaban esparcidos en el suelo.

    Se comunicó el hecho al Juzgado de Instrucción de guardia y se ordenó a la totalidad de los funcionarios policiales que practicaran las investigaciones oportunas. Se produjeron algunas detenciones y fueron interrogados varios vecinos de la mujer asesinada, así como vendedores de periódicos y personas que frecuentaban los alrededores del lugar de los hechos.

    Se pudo averiguar que el autor del crimen había arrojado a una acequia una bolsa negra conteniendo 2.024 pesetas envueltas en un periódico, concretamente un ejemplar de “Murcia Sindical”, pudiéndose recuperar lo sustraído.

    La estanquera asesinada era una mujer de gran entereza y se defendió de su agresor produciéndole algunas lesiones en la cara. Esta circunstancia se desprendió tras la inspección ocular realizada por el Juzgado y la Brigada de Investigación Criminal. Después de este trámite, el juez ordenó el traslado del cadáver al cementerio, siendo previamente acompañado por numeroso público a la iglesia de San Juan, en donde se rezó un responso y se despidió el duelo. El suceso conmocionó a la población, suscitando comentarios en bares y establecimientos de la ciudad, pues la víctima era persona muy querida y respetada.

    La autopsia puso de manifiesto que la muerte se había producido por estrangulamiento. Las gestiones de la policía dieron como resultado la identificación de un sospechoso que presentaba varias lesiones en la cara. Sastre de profesión, de veinticinco años, vivía a pocos metros de la estanquera. Se llamaba Julio López, natural de Barcelona, aunque residía desde hacía pocos meses en Murcia.

    Al ir a una barbería para afeitarse, los cortes y erosiones que presentaba en la cara llamaron la atención del peluquero, que comentó el detalle con un inspector de policía, cliente del establecimiento. No se tardó en acudir a casa del sospechoso, que en esos momentos no estaba. A las diez de la noche del día 10 de julio, habiéndose enterado Julio que era buscado por la policía se presentó en Comisaría y confesó.

    La noche anterior había estado con varios amigotes en el bar Mijuman. Tras tomarse varios belmontes fueron todos, en plan perdulario, al Bar Deportivo sito frente al Garaje Villar. Allí jugaron a los chinos y bebieron abundantemente. Después visitaron la taberna Casa de la Vasca, en la calle Mariano Vergara, en donde continuaron bebiendo Jumilla peleón hasta pasadas las cinco de la mañana.

    Se despidió de los amigos en la puerta de Correos y marchó a su domicilio. Se acostó. Al no poder conciliar el sueño, salió a la calle a tomar el fresco paseando por el jardín hasta las siete de la mañana, a pocos metros de la casa en que tenía el estanco Antonia.

    Mientras paseaba, decidió entrar en la vivienda –donde también se hallaba el estanco- para apropiarse de lo que pudiera. La estanquera había dejado abierta la puerta del local. Una vez dentro de la casa abrió un armario y empezó a registrarlo, encontrando una bolsa negra de tela con billetes dentro. En esos momentos oyó pasos, escondiéndose tras el mostrador mientras la estanquera entraba.

    Al hallarse la mujer de espaldas a él, le dio un puñetazo en la cabeza. Oyó que gritaba. La mujer se volvió hacia él y le reconoció. Perdió la cabeza. Tras golpearla nuevamente, la estranguló apretándole con las manos en el cuello hasta que quedó inerte encima de la cama. Se limpió las manos de sangre en el delantal de la difunta. Cogió la bolsa con el dinero y cerró la puerta. Se dirigió a casa, en donde se acostó. Puso antes la bolsa del dinero debajo de su cama.

    No pudo dormir. Al rato salió a la calle a hacer algunos encargos de compostura de trajes. Estuvo deambulando por la ciudad. Al mediodía llegó a casa a comer y dormir la siesta, tratando de ocultar los arañazos en la cara. Sobre las seis de la tarde se levantó y se fue a ver a su novia un rato. Pensaban casarse en breves días. Estuvieron en el cine Coy. Volvió a casa y cogió la bolsa con el dinero para tirarla al río. Desistió de ello al ver que había gente. La arrojó a una acequia de la carretera de Algezares envuelta en un ejemplar de “Murcia Sindical” que compró previamente.

    Regresó a casa a las doce y durmió hasta las once de la mañana del día siguiente. Después de comer fue a tomar café al bar de Julio, en la calle de Victorio. En todas partes no oía más que comentarios acerca del crimen. E incluso a él le hacían preguntas por ser vecino de la estanquera. Estaba muy nervioso. Se marchó al cine Iniesta, en donde se encontraba cuando fue la policía a buscarle a casa.

    Al volver, se enteró que era buscado y pensó que era una tontería huir. Se presentó en la comisaría. Dijo a los policías que estaba arrepentido de lo que había hecho y que lo achacaba al exceso de alcohol. No había tenido intención de matarla, pero se cegó al ver que la mujer lo había reconocido. Las heridas de la cara se las hizo la víctima al golpearle con un anillo pasador que llevaba en la mano izquierda. No usó ningún objeto contundente para golpearla. Ni siquiera contó el dinero que se llevó.

    Julio López había cumplido varias condenas en Barcelona por diversos robos y hurtos. Durante su permanencia en Murcia había observado una conducta normal y aunque le gustaba tomar de vez en cuando unas copas, no era habitual del alcohol.

    Una vez puesto a disposición judicial, se ordenó por el magistrado la reconstrucción de los hechos. Explicó al juez lo sucedido y relató todo lo sucedido con precisión. Numerosas personas se aglomeraron en las inmediaciones del estanco. Fue necesaria la fuerza pública para evitar que fuera linchado allí mismo.

    Julio López, en breve, iba a contraer matrimonio con una joven de la ciudad. La pobre chica, que ya tenía hecho el traje de novia, sufrió un ataque de nervios al saber que su novio era el asesino de la estanquera. Fue socorrida por las vecinas, que le administraron agua de azahar.

Fdo. Capitán Centellas.

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