LA MANO CORTADA

E entre las diversas perversiones sexuales ocupa un lugar el fetichismo. Es una tendencia de ciertos individuos que buscan sensaciones eróticas en determinados objetos o partes del cuerpo relacionadas, por lo común, con los órganos genitales de la persona ansiada.

    Este irrefrenable proceder llega, en ocasiones, incluso a la comisión de delitos en el afán de satisfacer ese anormal anhelo. La acción de la policía está definida en estos casos en su aspecto puramente criminológico.

    El fetichista es casi siempre un varón, ávido buscador de prendas lencería femenina, en su intención de hallar con su posesión o contemplación el máximo goce sexual. Ejemplo conocido fue un comercio de ropa interior de señora, cuyos escaparates aparecían con los cristales fracturados y sustraídas las prendas expuestas, frecuentemente y en horas de la noche.

    Pronto fue identificado el autor de los hechos, era el guarda nocturno de unas obras cercanas a la tienda. Obseso fetichista, aprovechaba la ocasión y la soledad del lugar para sustraer la lencería fina, y satisfacía su perversión. Se halló en su casa gran cantidad de aquéllas prendas.
Otro caso de fetichismo famoso fue el de una joven viajera del Metro, poseedora de una larga y cuidada trenza. Fue objeto de atracción de un fetichista que viajaba en el mismo vagón, quien con unas tijeras que llevaba ocultas, se la cortó cuando su dueña salía del tren, pasando a manos del obseso fetichista.

    A mediados de los años cincuenta del pasado siglo, en el número 72 de la calle de la Princesa de Madrid vivía una extraña mujer, de raras costumbres y existencia aventurera. Se trataba de Margarita Ruiz de Lihori, que usaba los títulos de marquesa de Villasante y baronesa de Alcahalí. Licenciada en Derecho, había sido corresponsal de guerra en la de Marruecos, conferenciante en varios países americanos y persona distinguida de la sociedad madrileña de los años veinte del pasado siglo.

    Tenía tres hijos varones: Luis, Juan y José María Shelly y Ruiz de Lihori, y una sola hija, Margarita, más conocida por Margot. Era funcionaria y se hallaba destinada en Albacete, en el Instituto Nacional de Previsión. Con sus tres hijos varones no se trataba. Pero con Margot sus relaciones eran buenas.

    En el verano de 1.953, enfermó de una dolencia pulmonar y se vino a vivir a casa de su madre para ser mejor atendida y tratada por los mejores especialistas. Se agravó la enfermedad y falleció el 19 de enero de 1.954 en la casa de la madre de la calle de la Princesa.
Sus tres hermanos acudieron a casa de la madre a pesar de la hostilidad que esta sentía hacia sus hijos. Quisieron alojarse en una habitación cercana en donde estaba el cadáver de Margot, pero la madre lo impidió, colocándolos en otra muy alejada.

    Fue al día siguiente, cuando llegaron amigos de la fallecida, entre los que se encontraba su novio. Doña Margarita prohibió que penetrasen en la capilla ardiente y viesen el cadáver de Margot. Este, esa noche fue velado por la madre y su esposo en segundas nupcias, el barcelonés José María Bassols.

    Celebrado el funeral de “córpore in sepulto” y verificado el entierro en la Sacramental de San Isidro, se registró un incidente verbal entre la madre de la fallecida y su novio. Volvieron a dormir los hijos en casa de la madre, pero dominados por la sospecha de que el cadáver de su hermana habría sido profanado. Las sospechas se acentuaron al ver una garrafa de alcohol y un paquete de algodón encima de una mesa.

    Era menester salir de dudas. El hijo mayor, Luis, se personó en el Juzgado de Guardia exponiendo sus recelos. El magistrado ordenó un registro en la casa de la calle de la Princesa y verificar las sospechas. La vivienda fue registrada por la policía en presencia de la dueña, su esposo, un mayordomo y una doméstica. La sorpresa de los inspectores fue mayúscula cuando, al abrir un armario, encontraron las cabezas disecadas de dos perros a los que en vida había tenido mucho cariño la señora.

    Pero esto no era nada, comparado con lo que vieron después. En una lechera de plástico transparente, flotando en alcohol se hallaba una mano humana. Había sido amputada del cadáver de Margot por su propia madre. En vista de lo actuado, el magistrado ordenó el ingreso de Margarita y de su esposo en el Instituto Psiquiátrico Penitenciario. Tras ser sometidos a observación por especialistas, fueron procesados por el delito de profanación de cadáveres y delito contra la salud pública, quedando ambos en libertad bajo fianza.

    Margarita culpó siempre a su hijo Luis de haber sido el autor de la amputación. Once años después de haber sido amputada la mano se celebró el juicio y le fue impuesta Margarita una simbólica pena de arresto menor.

    “La mano cortada” fue un suceso apasionante y se le dio una gran cobertura informativa. Es de resaltar como curiosidad que al conocerse la noticia y publicarse en la prensa la fotografía de la lechera de plástico con la mano dentro sumergida en alcohol, los encargados de la limpieza encontraran miles de lecheras de plástico transparente -entonces eran muy populares- tiradas en los cubos de basura.

Fdo. Capitán Centellas.

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