Juan Salvador Gaviota:
un relato
Tercera Parte
Segunda parte
Juan giraba
lentamente sobre los Lejanos Acantilados; observaba. Este
rudo y joven Pedro Gaviota era un alumno de vuelo casi
perfecto. Era fuerte, y ligero, y rápido en el aire,
pero mucho más importante, ¡tenía un devastador deseo
de aprender a volar!
Aquí venia ahora, una forma borrosa y gris que salía de
su picado con un rugido, pasando como un bólido a su
instructor, a doscientos veinte kilómetros por hora.
Abruptamente se metió en otra pirueta con un balance de
dieciséis puntos, vertical y lento, contando los puntos
en voz alta.
...ocho... nueve... diez...
ves-Juan-se-me-está-terminando-la-velocidad -del-aire...
once...
Quiero-paradas-perfectas-y-agudas-como-las-tuyas...
doce...... pero-¡caramba!-no-puedo-llegar... trece...
a-estos-últimos- puntos... sin... cator... ¡aaakk...!
La torsión de la cola le salió a Pedro mucho peor a
causa de su ira y furia al fracasar. Se fue de espaldas,
volteó, se cerró salvajemente en una barrena invertida,
y por fin se recuperó, jadeando, a treinta metros bajo
el nivel en que se hallaba su instructor.
-¡Pierdes tu tiempo conmigo, Juan! ¡Soy demasiado
tonto! ¡Soy demasiado estúpido! Intento e intento,
¡pero nunca lo lograré!
Juan Gaviota lo miró desde arriba y asintió.
-Seguro que nunca lo conseguirás mientras hagas ese
encabritamiento tan brusco. Pedro, ¡has perdido sesenta
kilómetros por hora en la entrada! ¡Tienes que ser
suave! Firme, pero suave, ¿te acuerdas?
Bajó al nivel de la joven gaviota.
-Intentémoslo juntos ahora, en formación. Y
concéntrate en ese encabritamiento. Es una entrada
suave, fácil.
Al cabo de
tres meses, Juan tenía otros seis aprendices, todos
Exilados, pero curiosos por esta nueva visión del vuelo
por el puro gozo de volar.
Sin embargo, les resultaba más fácil dedicarse al logro
de altos rendimientos que a comprender la razón oculta
de ello.
-Cada uno de nosotros es en verdad una idea de la Gran
Gaviota, una idea ilimitada de la libertad -diría Juan
por las tardes, en la playa -, y el vuelo de alta
precisión es un paso hacia la expresión de nuestra
verdadera naturaleza. Tenemos que rechazar todo lo que
nos limite. Esta es la causa de todas estas prácticas a
alta y baja velocidad, de estas acrobacias...
... y sus alumnos se dormirían, rendidos después de un
día de volar. Les gustaba practicar porque era rápido y
excitante y les satisfacía esa hambre por aprender que
crecía con cada lección. Pero ni uno de ellos, ni
siquiera Pedro Pablo Gaviota, había llegado a creer que
el vuelo de las ideas podía ser tan real como el vuelo
del viento y las plumas.
-Tu cuerpo entero, de extremo a extremo del ala -diría
Juan en otras ocasiones-, no es más que tu propio
pensamiento, en una forma que puedes ver. Rompe las
cadenas de tu pensamiento, y romperás también las
cadenas de tu cuerpo. -Pero dijéralo como lo dijera,
siempre sonaba como una agradable ficción, y ellos
necesitaban más que nada dormir.
Había pasado un mes tan sólo cuando Juan dijo que
había llegado la hora de volver a la Bandada.
-¡No estamos preparados! -dijo Enrique Calvino Gaviota-.
¡Ni seremos bienvenidos! ¡Somos Exilados! No podemos
meternos donde no seremos bienvenidos, ¿verdad?
-Somos libres de ir donde queramos y de ser lo que somos
-contestó Juan, y se elevó de la arena y giró hacia el
Este, hacia el país de la Bandada.
Hubo una breve angustia entre sus alumnos, puesto que es
Ley de la Bandada que un Exilado nunca retorne, y no se
había violado la Ley ni una sola vez en diez mil años.
La Ley decía quédate, Juan decía partid; y ya volaba a
un kilómetro mar adentro. Si seguían allí esperando,
él encararía por si solo a la hostil Bandada.
-Bueno, no tenemos por qué obedecer la Ley si no
formamos parte de la Bandada, ¿verdad? -dijo Pedro, algo
turbado-. Además, si hay una pelea, es allá donde se
nos necesita.
Y así ocurrió que, aquella mañana, aparecieron desde
el Oeste ocho de ellos en formación de doble-diamante,
casi tocándose los extremos de las alas. Sobrevolaron la
Playa del Consejo de la Bandada a doscientos cinco
kilómetros por hora, Juan a la cabeza, Pedro volando con
suavidad a su ala derecha, Enrique Calvino luchando
valientemente a su izquierda. Entonces la formación
entera giró lentamente hacia la derecha, como si fuese
un solo pájaro... de horizontal... a... invertido...
a... horizontal, con el viento rugiendo sobre sus
cuerpos.
Los graznidos y trinos de la cotidiana vida de la Bandada
se cortaron como si la formación hubiese sido un
gigantesco cuchillo, y ocho mil ojos de gaviota les
observaron, sin un solo parpadeo. Uno tras otro, cada uno
de los ocho pájaros ascendió agudamente hasta completar
un rizo y luego realizó un amplio giro que terminó en
un estático aterrizaje sobre la arena. Entonces, como si
este tipo de cosas ocurriera todos los días, Juan
Gaviota dio comienzo a su crítica de vuelo.
-Para comenzar -dijo, con un sonrisa seca-, llegasteis
todos un poco tarde al momento de juntaros...
Un relámpago atravesó a la Bandada. ¡Esos pájaros son
Exilados! ¡Y han vuelto! ¡Y eso... eso no puede ser!
Las predicciones de Pedro acerca de un combate se
desvanecieron ante la confusión de la Bandada.
-Bueno, de acuerdo: son Exilados -dijeron algunos de los
jóvenes-, pero, oye, ¿dónde aprendieron a volar asi?
Pasó casi una hora antes de que la Palabra del Mayor
lograra repartirse por la Bandada: Ignoradlos. Quien
hable a un Exilado será también un Exilado. Quien mire
a un Exilado viola la Ley de la Bandada.
Espaldas y espaldas de grises plumas rodearon desde ese
momento a Juan, quien no dio muestras de darse por
aludido. Organizó sus sesiones de prácticas exactamente
encima de la Playa del Consejo, y, por primera vez,
forzó a sus alumnos hasta el límite de sus habilidades.
-¡Martín Gaviota -gritó en pleno vuelo-, dices conocer
el vuelo lento! Pruébalo primero y alardea después!
¡VUELA!
Y de esta manera, nuestro callado y pequeño Martín
Alonso Gaviota, paralizado al verse el blanco de los
disparos de su instructor, se sorpendió a sí mismo al
convertirse en un mago del vuelo lento. En la más ligera
brisa, llegó a curvar sus plumas hasta elevarse sin el
menor aleteo, desde la arena hasta las nubes y abajo otra
vez.
Lo mismo le ocurrió a Carlos Rolando Gaviota, quien
voló sobre el Gran Viento de la Montana a ocho mil
doscientos metros de altura y volvió, maravillado y
feliz y azul de frío, y decidido a llegar aún más alto
al otro día.
Pedro Gaviota, que amaba como nadie las acrobacias,
logró superar su caida "en hoja muerta", de
dieciséis puntos, y al día siguiente, con sus plumas
refulgentes de soleada blancura, llegó a su culminación
ejecutando un tonel triple que fue observado por más de
un ojo furtivo.
A toda hora Juan estaba allí junto a sus alumnos,
enseñando, sugiriendo, presionando, guiando. Voló con
ellos contra noche y nube y tormenta, por el puro gozo de
volar, mientras la Bandada se apelotonoba miserablemente
en tierra.
Terminado el vuelo, los alumnos descansaban en la playa y
llegado el momento escuchaban de cerca a Juan. Tenía él
ciertas ideas locas que no llegaban a entender, pero
también las tenía buenas y comprensibles.
Poco a poco, por la noche, se formó otro círculo
alrededor de los alumnos; un círculo de curiosos que
escuchaban allí, en la oscuridad, hora tras hora, sin
deseo de ver ni de ser vistos, y que desaparecían antes
del amanecer.
Un mes después del Retorno, la primera gaviota de la
Bandada cruzó la línea y pidió que se le enseñara a
volar. Al preguntar, Terrence Lowell Gaviota se
convirtió en un pájaro condenado, marcado por el Exilio
y octavo alumno de Juan.
La próxima noche vino de la Bandada Esteban Lorenzo
Gaviota, vacilante por la arena, arrastrando su ala
izquierda hasta desplomarse a los pies de Juan.
-Ayúdame -dijo apenas, hablando como los que van a
morir-. Más que nada en el mundo, quiero volar...
-Ven entonces -dijo Juan-. Subamos, dejemos atras la
tierra y empecemos.
-No me entiendes. Mi ala. No puedo mover mi ala.
-Esteban Gaviota, tienes la libertad de ser tú mismo, tu
verdadero ser, aquí y ahora, y no hay nada que te lo
pueda impedir. Es la Ley de la Gran Gaviota, la Ley que
Es.
-¿Estás diciendo que puedo volar?
-Digo que eres libre.
Y sin más, Esteban Lorenzo Gaviota extendió sus alas,
sin el menor esfuerzo, y se alzó hacia la oscura noche.
Su grito, al tope de sus fuerzas y desde doscientos
metros de altura, sacó a la Bandada de su sueño:
-¡Puedo volar! ¡Escuchen! ¡PUEDO VOLAR!
Al amanecer había cerca de mil pájaros en torno al
círculo de alumnos, mirando con curiosidad a Esteban. No
les importaba si eran o no vistos, y escuchaban, tratando
de comprender a Juan Gaviota.
Habló de cosas muy sencillas: que está bien que una
gaviota vuele; que la libertad es la misma escencia de su
ser; que todo aquello que le impida esa libertad debe ser
eliminado, fuera ritual o superstición o limitación en
cualquier forma.
-Eliminado -dijo una voz en la multitud-, ¿aunque sea
Ley de la Bandada?
-La única Ley verdadera es aquella que conduce a la
libertad -dijo Juan-. No hay otra.
-¿Cómo quieres que volemos como vuelas tú? -intervino
otra voz-. Tú eres especial y dotado y divino, superior
a cualquier pájaro.
-¡Mirad a Pedro, a Terrence, a Carlos Rolando, a Maria
Antonio! ¿Son también ellos especiales y dotados y
divinos? No más que vosotros, no más que yo. La única
diferencia, realmente la única, es que ellos han
empezado a comprender lo que de verdad son y han empezado
a ponerlo en práctica.
Sus alumnos, salvo Pedro, se revolvían intranquilos. No
se habían dado cuenta de que era eso lo que habían
estado haciendo.
Día a día aumentaba la muchedumbre que venía a
preguntar, a idolatrar, a despreciar.
-Dicen en
la Bandada que si no eres el Hijo de la misma Gran
Gaviota -le contó Pedro a Juan, una mañana después de
las prácticas de Velocidad Avanzada-, entonces lo que
ocurre contigo es que estás mil años por delante de tu
tiempo.
Juan suspiró. Este es el precio de ser mal comprendido,
pensó. Te llaman diablo o te llaman dios.
-¿Qué piensas tú, Pedro? ¿Nos hemos anticipado a
nuestro tiempo?
Un largo silencio.
-Bueno, esta manera de volar siempre ha estado al alcance
de quien quisiera aprender a descubrirla; y esto nada
tiene que ver con el tiempo. A lo mejor nos hemos
anticipado a la moda; a la manera de volar de la mayoría
de las gaviotas.
-Eso ya es algo -dijo Juan, girando para planear
invertidamente por un rato-. Eso es algo mejor que
aquello de anticiparnos a nuestro tiempo.
Ocurrió
justo una semana más tarde. Pedro se hallaba explicando
los principios del vuelo a alta velocidad a una clase de
nuevos alumnos. Acababa de salir de su picado desde
cuatro mil metros -una verdadera estela gris disparada a
pocos centímetros de la playa-, cuando un pajarito en su
primer vuelo planeó justamente en su camino, llamando a
su madre. En una décima de segundo, y para evitar al
joven, Pedro Pablo Gaviota giró violentamente a la
izquierda, y a mas de trescientos kilómetros por hora
fue a estrellarse contra una roca de sólido granito.
Fue para él como si la roca hubiese sido una dura y
gigantesca puerta hacia otros mundos. Una avalancha de
miedo y de espanto y de tinieblas se le echó encima
junto con el golpe, y luego se sintió flotar en un cielo
extraño, extraño, olvidando, recordando, olvidando;
temeroso y triste y arrepentido; terriblemente
arrepentido.
La voz le llegó como en aquel primer día en que había
conocido a Juan Salvador Gaviota.
-El problema, Pedro, consiste en que debemos intentar la
superación de nuestras limitaciones en orden, y con
paciencia. No intentamos cruzar a través de rocas hasta
algo más tarde en el programa.
-¡Juan!
-También conocido como el Hijo de la Gran Gaviota -dijo
su instructor, secamente.
-¿Qué haces aquí? ¡Esa roca! ¿No he... no me
había... muerto?
-Bueno, Pedro, ya está bien. Piensa. Si me estás viendo
ahora, es obvio que no has muerto, ¿verdad? Lo que sí
lograste hacer fue cambiar tu nivel de conciencia de
manera algo brusca. Ahora te toca escoger. Puedes
quedarte aquí y aprender en este nivel -que para que te
enteres, es bastante más alto que el que dejaste-, o
puedes volver y seguir trabajando con la Bandada. Los
Mayores estaban deseando que ocurriera algún desastre y
se han sorprendido de lo bien que les has complacido.
-¡Por supuesto que quiero volver a la Bandada. Estoy
apenas empezando con el nuevo grupo!
-Muy bien, Pedro. ¿Te acuerdas de lo que decíamos
acerca de que el cuerpo de uno no es más que el
pensamiento puro...?
Pedro
sacudió la cabeza, extendió sus alas, abrió sus ojos,
y se halló al pie de la roca y en el centro de toda la
Bandada allí reunida. De la multitud surgió un gran
clamor de graznidos y chillidos cuando empezó a moverse.
-¡Vive! ¡El que había muerto, vive!
-¡Le tocó con un extremo del ala! ¡Lo resucitó! ¡El
Hijo de la Gran Gaviota!
-¡No! ¡El lo niega! ¡Es un diablo! ¡DIABLO! ¡Ha
venido a aniquilar a la Bandada!
Había cuatro mil gaviotas en la multitud, asustadas por
lo que había sucedido, y el grito de ¡DIABLO! cruzó
entre ellas como viento en una tempestad oceánica.
Brillantes los ojos, aguzados los picos, avanzaron para
destruir.
-Pedro, ¿te parecer mejor si nos marchásemos?
-preguntó Juan.
-Bueno, yo no pondría inconvenientes si...
Al instante se hallaron a un kilómetro de distancia, y
los relampagueantes picos de la turba se cerraron en el
vacío.
-¿Por qué será -se preguntó Juan perplejo- que no hay
nada más difícil en el mundo que convencer a un pájaro
de que es libre, y de que lo puede probar por sí mismo
si sólo se pasara un rato practicando? ¿Por qué será
tan dificil?
Pedro aún parpadeaba por el cambio de escenario.
-¿Qué hiciste ahora? ¿Cómo llegamos hasta aquí?
-Dijiste que querías alejarte de la turba, ¿no?
-¡Si! pero, ¿cómo has...?
-Como todo, Pedro. Práctica.
A la
mañana siguiente, la Bandada había olvidado su
demencia, pero no Pedro.
-Juan, ¿te acuerdas de lo que dijiste hace mucho tiempo
acerca de amar lo suficiente a la Bandada como para
volver a ella y ayudarla a aprender?
-Claro.
-No comprendo cómo te las arreglas para amar a una turba
de pájaros que acaba de intentar matarte.
-Vamos, Pedro, ¡no es eso lo que tú amas! Por cierto
que no se debe amar el odio y el mal. Tienes que
practicar y llegar a ver a la verdadera gaviota, ver el
bien que hay en cada una, y ayudarlas a que lo vean en
sí mismas. Eso es lo que quiero decir por amar. Es
divertido, cuando le aprendes el truco. Recuerdo, por
ejemplo, a cierto orgulloso pájaro, un tal Pedro Pablo
Gaviota. Exilado reciente, listo para luchar hasta la
muerte contra la Bandada, empezaba ya a construirse su
propio y amargo infierno en los Lejanos Acantilados. Sin
embargo, aquí lo tenemos ahora, construyendo su propio
cielo, y guiando a toda la Bandada en la misma
dirección.
Pedro se volvió hacia su instructor, y por un momento
surgió miedo en sus ojos.
-¿Yo guiando? ¿Qué quieres decir: yo
guiando? Tú eres el instructor aqui. ¡Tú no puedes
marcharte!
-¿Ah, no? ¿No piensas que hay acaso otras Bandadas,
otros Pedros, que necesitan más a un instructor que
ésta, que ya va camino de la luz?
-¿Yo? Juan, soy una simple gaviota, y tú eres...
-...el único Hijo de la Gran Gaviota, ¿supongo? -Juan
suspiró y miró hacia el mar-. Ya no me necesitas. Lo
que necesitas es seguir encontrándote a tí mismo, un
poco más cada día; a ese verdadero e ilimitado Pedro
Gaviota. El es tu instructor. Tienes que comprenderle, y
ponerlo en práctica.
Un momento mas tarde el cuerpo de Juan trepidó en el
aire, resplandeciente, y empezó a hacerse transparente.
-No dejes que se corran rumores tontos sobre mí, o que
me hagan un dios. ¿De acuerdo, Pedro? Soy gaviota. Y
quizá me encante volar...
-¡JUAN!
-Pobre Pedro. No creas lo que tus ojos te dicen. Sólo
muestran limitaciones. Mira con tu entendimiento,
descubre lo que ya sabes, y hallarás la manera de volar.
El resplandor se apagó. Y Juan Gaviota se desvaneció en
el aire.
Después de un tiempo, Pedro Gaviota se obligó a
remontar el espacio y se enfrentó con un nuevo grupo de
estudiantes, ansiosos de empezar su primera lección.
-Para comenzar -dijo pesadamente-, tenéis que comprender
que una gaviota es una idea ilimitada de la libertad, una
imagen de la Gran Gaviota, y todo vuestro cuerpo, de
extremo a extremo del ala, no es más que vuestro propio
pensamiento.
Los jóvenes lo miraron con extrañeza. ¡Vaya, hombre!,
pensaron, eso no suena a una norma para hacer un rizo...
Pedro suspiró y empezó otra vez:
-Hum... ah... muy bien -dijo, y les miró críticamente-.
Empecemos con el vuelo horizontal. -Y al decirlo,
comprendió de pronto que, en verdad, su amigo no había
sido más divino que el mismo Pedro.
¿No hay límites, Juan? pensó. Bueno, ¡llegará
entonces el día en que me apareceré en tu playa, y te
enseñaré un par de cosas acerca del vuelo!
Y aunque intentó parecer adecuadamente severo ante sus
alumnos, Pedro Gaviota les vió de pronto tal y como eran
realmente, sólo por un momento, y más que gustarle,
amó aquello que vió. ¿No hay límites, Juan?, pensó,
y sonrió. Su carrera hacia el aprendizaje había
empezado...
Fin
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