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DON JULIÁN

 

 

Su presencia diaria en el museo, todas las tardes a las cuatro, era un acto habitual para los guardianes de aquellos tesoros artísticos. D. Julián era un hombre que disfrutaba de una espléndida madurez. Las mujeres que lo conocían lo tachaban de apuesto cuarentón, y tenían razón. Era alto y bien parecido; el tiempo le había blanqueado sus sienes y parte del tupido pelo que cubría su testa, bien esculpido por manos expertas. Siempre se le veía vestido de forma impecable, con un porte de caballero ingles, nada corriente en los tiempos que corrían. Caminaba por salas y pasillos con la naturalidad que daba hacerlo asiduamente; lo hacía con paso seguro, como si estuviera en su propia casa. Su destino era siempre el mismo: la Galería Bernat, donde le esperaba “Doña Eva”, y todos en el museo lo sabían

 

Aquella parte del edificio pudo construirse gracias al mecenazgo de la fami­lia Bernat. Oriundos de Cataluña, emigraron al Nuevo Mundo en busca de fortuna, y lo consiguieron. Negocios en toda la América Central y del Sur lo hicieron posible. El mecenas, D. Ramón Bernat, fu uno de los cinco hijos de la saga que regreso a España, para acabar sus días en la tierra de sus antepasados. Arquitecto importante en las Américas, quiso perpetuar su memoria, y la de la familia, construyendo una sala más para enriquecer el recinto museístico. La Galería Bernat era un espacio muy amplio, con un estilo arquitectónico que transportaba el visitante a la Sudamérica colonial. Era un lugar del museo que inspiraba la serenidad suficiente para contemplar aquellas obras de arte. Todas las pinturas colgadas en sus paredes eran extraordinarias, pero la preferida de D. Julián, el hijo de D. Ramón Bernat, era un gran lienzo, de autor anónimo, marcado en el ca­tálogo con el número 239 y sin título alguno. Hubo alguien a quien se le ocurrió llamarlo “Doña Eva” y por ese nombre lo conocían todos los empleados. Mostraba la esplendorosa desnudez de una mujer criolla, acostada en una cama, de costado y sobre sabanas de blanco marfileño; de fondo unos cortinajes granates y un viejo espejo al fondo, mostrando su espalda. Dormía plácidamente, o era lo que parecía. Tenía los ojos cerrados y su rostro mostraba una belleza poco común. Con sus brazos ocultaba sus senos y unos intencionados pliegues de la sábana hacían lo mismo con sus partes más íntimas. Al lado de la cama, y en primer término, se podía ver un mueble, a modo de mesilla de noche, con un mármol rosado encima. Sobre el mármol un libro abierto y un vaso de cristal, finamente tallado, medio lleno de un líquido transparente, supuestamente agua. La composición tenía algo que no dejaba a nadie indiferente.

 

Pero aquella pintura era algo más para D. Julián. Desde el primer día que vio el cuadro quedó prendado de la belleza de aquel desnudo. Primero fue la voluptuosidad de sus formas, luego empezó a sentir los mismos síntomas que notó cuando se enamoró de su difunta esposa. Una desafortunada y triste muerte le privó de ella, y la posibilidad de tener hijos suyos. Nunca pudo reemplazar aquel amor temprano y vehemente, hasta que conoció a “Doña Eva”. Se extasiaba en su contemplación, pero solamente era una imagen pintada sobre un lienzo. Su más íntimo secreto era poder acabar sus días con aquella mujer.

 

Cada día, al llegar a la Galería, D. Julián tomaba asiento en el banco de madera situado frente al cuadro. Dejaba volar su imaginación para hablar en silencio con su amada. Le contaba su quehacer cotidiano, sus experiencias y sus proyectos. Durante el tiempo que empleaba cada día en la contemplación de aquella obra, soñaba despierto con largos paseos por sus jardines, con su amada de la mano, y fantásticos viajes a lugares exóticos. Los momentos eróticos de la pareja siempre transcurrían en su pequeño velero, surcando los mares mientras disfrutaba de las mieles del amor. Las campanadas del reloj de la torre del museo, anunciando las siete de la tarde, le hacían volver a la cruda realidad. Un adiós mental y el retorno al hogar, hasta el día siguiente, donde el catálogo ilustrado del museo, donde estaba la fotografía de “Doña Eva”, era su libro de cabecera. Cada día en que abría el museo, salvo pocas excepciones, se repetía el mismo ritual. Los guardianes de la entidad, en sus rondas cotidianas por aquella parte del museo, estaban acostumbrados a su presencia, cada tarde sentado en el mismo lugar, contemplando el lienzo como si este le hipnotizara.

 

Pero aquel martes, tres de mayo, sería un día excepcional y trascendental en la vida de D. Julián. Había tomado una decisión irrevocable: estar con su amada para siempre. Su padre se había traído del continente americano, concretamente de Brasil, el regalo de un santo barón. Era un recipiente de barro, con adornos de plumas y unos salmos grabados en su exterior, que contenía un polvo especial capaz de obrar prodigios como... como que D. Julián pudiera estar al lado de su amada para toda la eternidad.

 

Tenía el lugar idóneo para esconderse y burlar la última ronda de los guardianes después del cierre. Una puerta metálica impedía a los visitantes el acceso a un pasillo de servicio, con puertas que daban a varias dependencias, una de ellas empleada para guardar instrumentos de limpieza. Había observado que los empleados entraban y salían constantemente por ella cerrándose auto­máticamente a sus espaldas. Solo con la llave era posible abrirla de nuevo desde el exterior. Pero, quizás por su uso continuado, el pestillo no cerraba correctamente asta pasados unos segundos. Era tiempo suficiente para tirar de ella y acceder al in­terior, para esconderse en el cuarto de la limpieza. D. Julián lo tenía todo calculado.

 

Aquel día los vigilantes, como tenían por costumbre hacer cada día, cerraron el museo después de comprobar que no quedara nadie en su interior. Nadie reparó en que aquella tarde se había producido un cambio sustancial en la rutina diaria: D. Julián no había salido del recinto. Una vez solo, el caballero salió de su escondrijo para dirigirse hasta donde estaba “Doña Eva”. Debía darse prisa porque las alarmas interiores se pondrían en funcionamiento dentro de once minutos. Era el momento de comprobar la eficacia de aquel regalo tan especial. Una vez frente al cuadro, fue despojándose de toda sus prendas de vestir, depositán­dolas sobre el banco de madera donde se sentaba cada día, colocándolas con cuidado y pulcritud. Una vez desnudo frente a su amada, siguió el ritual con meticulosidad. Empezó a entonar en voz alta aque­llos salmos, grabados en el recipiente. Tomo parte de aquellos polvos y siguió con el ritual. A los pocos segundos, los rasgos de su cuerpo se fueron desdibujando hasta convertirse en una especie de torbellino de arena luminosa que, flotando por el espacio, desapareció de la galería para introducirse en el cuadro, conjuntamente con el recipiente de los polvos. En pocos segundos todo volvió a la normalidad.

 

Al día siguiente, en la ronda que hacían los vigilantes antes de abrir las puer­tas al público, comprobaron que todo estaba correcto hasta que llegaron a la Galería Bernat. Allí hallaron las ropas del caballero, tal como él las había dejado, sin que hubiera ningún rastro de su dueño. Las alarmas no se habían disparado en ningún momento de la noche. La búsqueda exhaustiva por todo el recinto aportó resultados negativos. A partir de aquel momento se empezó a gestar una leyenda de misterio, que quedó incorporada a la historia del museo, y de la Galería Bernat en concreto.

 

Hoy, si vas el museo, te recomiendo la visita a la Galería Bernat. Contempla con atención el lienzo numero 239. Verás a “Doña Eva”, en una esplendorosa desnudez, acostada en una cama, de costado y sobre sabanas de blanco marfileño; como fondo unos cortinajes granates y un viejo espejo al fondo. Si te fijas bien, la espalda que muestra ese espejo no es el de la bella criolla. Al lado de la cama, y en primer término, verás un mueble, a modo de mesilla de noche, con un mármol rosado encima. Sobre el mármol un libro abierto, un vaso de cristal finamente tallado y... un recipiente de barro, con adorno de plumas y unos salmos grabados en su exterior.

 

Del libro "CUENTOS FANTÁSTICOS PARA ADULTOS" de V. Novellón