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Rincón para la lectura - Principal
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EL GOLFO DE LA LUNA
Jonás vivía en la playa porque era un recién llegado al lugar y no encontró casas que pudieran acogerlo. Unas porque no había espacio físico para albergarlo, y otras porque habían muchachas solteras viviendo en ellas. Según las costumbres ancestrales de la pequeña comunidad de pescadores, ningún hombre que no fuera hermano, y mucho menos un extraño, podía habitar en una casa donde hubiera una mujer casadera. Solo estaba permitido si la mujer era viuda y consentía la compañía. Como no era posible darle cobijo le ayudaron a levantar una choza muy cerca de la playa, a salvo de las mareas, y le dieron trabajo de pescador.
En sus ratos libres trabajaba en la reconstrucción de una vieja barca abandonada en la playa. Era un habilidoso artesano, un buen marinero y un pescador… aceptable, lo que facilitaba su relación con el resto de la comunidad. Cuando salía a pescar destacaba entre sus compañeros por su apariencia, que era muy diferente a la de los demás, porque los cánones de belleza masculina de aquella zona eran opuestos a su imagen. Tenía una buena estatura, lucía un buen torso y una larga melena rubia, siempre suelta para que el viento jugara con ella, mientras que los demás eran morenos, de estatura media, de abundantes carnes y de abultados vientres.
Pasaba el tiempo y era un asiduo tripulante, junto con dos hombres más, de la barca de Alberto que era la más grande de todas. La pesca no era muy abundante en alta mar pero la mejor se podía encontrar en el Golfo de la Luna. Todos lo sabían pero nadie osaba navegar por sus aguas. Se sabía que una sirena velaba por sus congéneres, destruyendo cualquier embarcación que se atreviera a surcar aquella porción de océano. Jonás estaba convencido de que aquella historia tan solo era una de las muchas leyendas marinas sin fundamento. Él sabía que las sirenas eran seres míticos de otros tiempos, muy lejanos, y que nadie había podido demostrar su existencia. Pero varios pescadores temerarios, desafiando la “leyenda” habían perecido al naufragar sus barcas, lo que alimentaba el temor de los demás. En la cabeza de Jonás maduraba la idea de romper con el maleficio del Golfo de la Luna, tan pronto tuviera apunto su propia barca.
Alberto tenía una hija casadera: María. Era una muchacha joven, de largos cabellos castaños siempre recogidos en un moño, como era costumbre entre todas las mujeres del lugar. Digamos que era una muchacha más agraciada que las demás y que, desde el primer momento que Jonás la vio, notó una fuerte atracción hacia ella. La muchacha llevaba el producto de la pesca a vender, como era costumbre y, a la puesta del sol, daba largos paseos sola por la playa. En uno de esos paseos comenzó la relación de la pareja, a escondidas de los padres de ella y del resto de la comunidad. El amor se instaló en sus corazones con firmeza y con pasión. Esperaban que llegara un tiempo en que ese amor viera la luz ante todos y sus cuerpos pudieran disfrutar de una vida en común con el matrimonio.
Llegó un día en que Jonás dio por terminados los trabajos de reconstrucción de su barca. La equipó para la pesca y esperó el día en que surcaría las aguas del Golfo de la Luna para hacer la mejor pesca que nadie hubiera hecho hasta el momento. Con ello demostraría que los temores de los demás pescadores eran infundados, que las pérdidas humanas y materiales en aquellas aguas solo habían sido producto de una mala navegación y nada más.
Llegó el día y Jonás, solo, se hizo a la mar en su barca. El mar estaba tranquilo y la tarde era espléndida. Una vez en el Golfo de la Luna se dispuso a pescar preparando los aparejos. Apenas las redes tocaron el agua, el mar empezó a agitarse cada vez con mayor virulencia a pesar de que no habían nubes en el cielo que indicara una repentina tormenta. Una y otra vez las olas fueron barriendo la cubierta de la barca agitándola con violencia. Durante un tiempo Jonás mantuvo como pudo su barca a flote achicando el agua que llenaba su interior. Estaba al borde de la extenuación. Encolerizado, y viendo que se acercaba una gran ola, temió que su fin estuviera cerca. A pesar de tener la seguridad de que el maleficio era tan solo una leyenda sin fundamento, estuvo a punto de dar la razón a todos. Teniendo la gran ola casi encima, y como un acto desesperado de rebeldía y cólera, cogió un arpón afilado, que estaba sujeto a la barca con un cabo, y lo arrojó contra la ola con rabia desatada. En sus oídos resonó un agudo y estridente chillido agónico. La gran ola se detuvo y el cabo del arpón se tensó. En pocos momentos las aguas se calmaron. Jonás asió el cabo tensado e izó el arpón con dificultad. Debía estar clavado en algo grande y pesado. Jonás no salía de su asombro cuando la carga llegó a la superficie. El arpón estaba clavado en una criatura que tenía un cuerpo de pez con rasgos humanos. Un lanzamiento con surte había puesto fin a la vida de aquel monstruo.
El sol empezaba a caer para ocultarse en el horizonte cuando Jonás llegó a la playa con su barca repleta de pescado y la criatura a remolque. En pocos minutos la noticia llegó hasta el último rincón de la comunidad y todos se dirigieron a la playa para contemplar el prodigio. Todos se quedaron asombrados ante las capturas del hombre rubio, pero lo que levantó mayor interés y estupor fue el cadáver de aquel extraño monstruo marino.
Pasó el tiempo y, una vez destruido el causante de la leyenda por Jonás, los pescadores llenaban sus barcas de pescado en las aguas del Golfo de la Luna. Esto llenaba a la comunidad de prosperidad saneando su economía. Jonás consiguió con la hazaña ser considerado como un héroe local. Esto le abrió las puertas de la casa de Alberto quien accedió a que su hija María fuera su esposa. La comunidad le construyó una buena casa y en ella vivieron felices el matrimonio.
Del libro "CUENTOS FANTÁSTICOS PARA ADULTOS" de V. Novellón
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