Rincón para la lectura - Principal

 

Don Julián  ·   El poder de una cólera  ·  El último robo  ·  Juguetes para los niños pobres

La armadura encantada  ·  La casa de la loma  ·  La casa de la montaña  ·  La casa de las pinturas

La Casa roja  ·   La máscara  ·   Mi vecina  ·  Noche de terror  ·  Paisaje con lago  ·  Sara

Sin historias que contar  ·  Un tiro de suerte  ·  El anillo maldito  ·  El extraño  ·  El Golfo de la luna

El sillón  ·  El pozo de las almas  ·  La piel de la oveja  ·  La planta maldita

 

 

"TORTUGA"

 

 

Julio era un hombre gris que vivía en un ambiente gris. En su trabajo era una auténtica rata de archivo, que desempeñaba unas tareas adecuadas a sus escasos conocimientos y a su deficiente mentalidad. No le gustaban aquellas tareas, pero ganaba lo suficiente para ir tirando, y ahorrar algún dinero. Sus compañeros eran crueles con él. Para ellos era un deficiente mental, incapaz de tomar decisiones por si solo, ausente de la realidad que le rodeaba y siempre con la sonrisa en los labios. Julio escuchaba todo cuanto decían sus compañeros, pero solo asimilaba lo que le convenía. Hacía todo lo posible para no ofender a nadie, y por ello no era amigo de buscarse problemas. Pero cuando se le ponía algo entre ceja y ceja no cesaba hasta conseguirlo. Como su costumbre era encerrarse en si mismo ante cualquier adversidad, todos le llamaban “Tortuga”. Las mujeres que trabajaban con él le gastaban bromas sexuales constantemente, a las que él nunca reaccionaba. Lo habían acorralado más de una vez en el archivo, con la complicidad de todos, desnudándose alguna de ellas para mostrarle a Julio lo que era un cuerpo de mujer desnudo, exhibiéndolo con gestos obscenos y escabrosos. Ante tal provocación nuestro hombre siempre respondía con una huida precipitada, horrorizado por lo que se le obligaba a presenciar. Y es que no le atraían las mujeres como hombre que era. No le gustaban ni mujeres ni hombres. Con sus placeres solitarios ya estaba bien servido.

 

Nadie de su entorno, a pesar de saber donde vivía, conocían por dentro aquella pequeña y medio destartalada casa, que su madre le había dejado como única herencia. De saberlo, sobre todo su entorno laboral, le hubieran cambiado el apodo de “Tortuga” por el de “Rata”, porque se necesitaba ser un animal parecido para vivir en semejante ratonera. A pesar de lo que se pudiera pensar, viendo la casa por fuera, su interior estaba aceptablemente limpio, pero su decoración se había apeado en mitad del siglo XX. Paredes cubiertas con rancios dibujos sobre papeles demasiado envejecidos, muebles y lámparas más propios de un museo que de una vivienda actual, paredes repletas de fotografías familiares adheridas con chinchetas oxidadas y un televisor en blanco y negro.

 

Entre sus compañeros empezó a cuajar la idea de comprarse una pecera y todos la llevaron a la práctica, rivalizando entre ellos para tener las especies más exóticas de peces que se encontraban en el mercado. Aquella afición le empezó a gustar a Julio. Vivía cerca de la desembocadura de un río; cada domingo llenaba sus tardes sacando peces de sus aguas, con una especie de cazamariposas fabricado por él mismo. Los observaba y después los devolvía a su hábitat natural. Conocía la fauna piscícola de aquellos alrededores, y no tenía ni punto de comparación con las especies de las que hablaban sus compañeros. Lo llevaba todo en secreto, pero se había comprado un libro especializado en el tema, con las especies animales para acuarios, y todo lo referente para montar uno de ellos en condiciones. Siguiendo las instrucciones del manual, adquirió todo lo necesario; montó su pecera, la más grande que halló, y la puso en funcionamiento para que en unas horas estuviera a punto. Solo le faltaba encontrar una especie piscícola diferente, y a ser posible, más rara que las que poseían sus compañeros.

 

Aquel mismo domingo, unos dos días después de poner en marcha su micro mundo acuático, se enredó en su red un extraño ejemplar de bicho, nada parecido a un pez o un anfibio conocido. Tenía unos veinte centímetros de largo, unos ojos grandes y el cuerpo lleno de protuberancias, y que no devolvió al río. Trasladó aquella extraña criatura hasta su pecera y la observó silenciosamente durante bastante tiempo, intentando hallar un nombre adecuado para ella: decidió bautizarlo con el nombre de “Cosa”. Estaba satisfecho. Por fin tenía algo diferente a sus presumidos compañeros. Había resuelto un problema, pero se le planteaba otro: tenía que alimentarlo.

 

Probó con comida seca preparada que le habían regalado en la tienda donde compro todos los accesorios. Fue a parar al fondo de la pecera sin que el animal le hiciera el menor caso. Luego lo intento con pan, cereales, galletas, queso, verduras y frutas, sin lograr que el bicho se interesara por nada. Por último se le ocurrió darle un poco de jamón cocido. En el mismo instante que la carne entro en el agua, “Cosa” se lanzó para atraparla y tragársela en un instante. Ese era el secreto del animal: solamente comía carne. Así que, contento, corrió al frigorífico, cogió un trozo de carne de ternera cruda y se la dio al bicho. “Cosa” no le hizo ni el menor caso. Eso quería decir que su pez, o lo que fuera, comía solamente carne, siempre que fuera de cerdo. Después de unos días comprobó que la dieta y la voracidad de “Cosa” comprometía la estabilidad de su presupuesto, de tal manera que se le planteaba un dilema: deshacerse del espécimen, o acabar en la ruina.

 

Más de una vez había oído que la carne de cerdo era parecida a la humana. Esto le dio una gran idea para encontrar provisiones gratuitamente. No muy lejos de donde estaba su casa, en un antiguo molino de harina medio derruido, acostumbraban a buscar cobijo algunos indigentes. El plan era apoderarse de algunos de esos individuos, atrayéndolos hasta la casa ofreciéndoles comida y bebida, para matarlos y descuartizarlos.

 

Así lo hizo con el primero. Era una mujer de unos cincuenta años, aún de buen ver, que después de darle de comer y de beber en abundancia, le ofreció una cama para poder pasar la noche. Por supuesto que la indigente acepto. Apenas tocadas las once de la noche, armado con un gran cuchillo de cocina, “Tortuga” se aproximó con cautela a la indigente dormida y le cortó la garganta para acabar con su vida. Trasladó el cadáver hasta la cocina, depositándolo sobre la mesa de madera. Una vez allí lo despojó de todas sus ropas. Ni el hecho de ser mujer, que le mostraba todos sus “encantos” corporales, le apartó de sus propósitos. Poco a poco fue desposeyendo el cuerpo de todas sus partes blandas, guardándolas en recipientes de cristal dentro de su frigorífico como cualquier otro manjar. Los huesos y restos sobrantes fueron a parar al río. Esta operación se repitió más de veinte veces, con intervalos de dos o tres días. Alimentado con tan espléndido manjar “Cosa” fue creciendo. Julio estaba contento y su única preocupación era seguir con su macabro aprovisionamiento para que “Cosa” estuviera también contento y muy a gusto. Cuando escuchaba a sus compañeros de trabajo alardear de tener las más exóticas especies piscícolas, “Tortuga” se reía a escondidas de todos aquellos ilusos. Él era el que ganaba a todos en originalidad.

 

 La actividad secreta de nuestro hombre hizo que en la desembocadura del río, en un pequeño banco de arena, se fueran depositando parte de los restos humanos que el había tirado a las aguas fluviales. Esto hizo que la policía actuara. Montaron un operativo en la zona para intentar averiguar el origen de aquellos despojos, para detener al autor de aquel horror. En poco tiempo las pesquisas dieron resultado y Julio fue detenido en plena faena, juzgado y condenado por sus crímenes. Después de reunir todas las pruebas del interior de la casa, alguien desconecto la electricidad general y la precintó. Al poco tiempo, alrededor de la casa se respiraba un profundo y desagradable hedor insoportable. En su interior descubrieron una gran pecera llena de un asqueroso y maloliente líquido espeso, producto de la descomposición de un animal llamado “Cosa”

 

Del libro "CUENTOS FANTÁSTICOS PARA ADULTOS" de V. Novellón