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SIN HISTORIAS QUE CONTAR

 

 

            El pueblo de Calabuco estaba en fiestas, celebrando su santa patrona, la Virgen de la Niebla. Siguiendo las costumbres, heredadas de tiempos remotos, llegaban al pueblo gentes de otros lugares que eran músicos, poetas y cómicos que, para lograr comida y asilo en las casas del pueblo, estaban obligados a contar una historia, en la que ellos hubieran sido los protagonistas. De no ser así, no tan solo no recibían ningún tipo de recompensa por sus actuaciones, sino que eran echados del pueblo inmediatamente.

 

            Aquella noche, en plenas celebraciones, llegó a la plaza del pueblo un joven caminante, llamado Yulus, al que nadie conocía. Como era de rigor, le fue exigida la historia que podía contar, para poder incorporarse a la fiesta.

 

            —No tengo ninguna historia que contar —respondió Yulus.

 

            Un silencio sepulcral se apoderó de la muchedumbre, rompiéndose con el grito:

 

            —¡Echémosle fuera del pueblo! 

 

            Cogieron al muchacho, lo levantaron del suelo y, llevándolo en vilo lo llevaron corriendo has la entrada del pueblo, por donde había llegado, arrojándolo al suelo para hacerlo huir a pedradas.

 

            Cuando Yulus pasaba por la casa del viejo Rama, la última del pueblo, este lo llamó. La gente ya se habían vuelto a la plaza para seguir con los festejos. El viejo se apiadó del muchacho porque el sol hacía un buen rato que se había puesto, y no eran horas de hacer el camino de nuevo. Le ofreció comida y cama, a cambio de un servicio. El muchacho agradecía el ofrecimiento, pero seguía sin tener una historia que contar, en la que él hubiera sido el protagonista. El servicio que el viejo le demandaba no era otra cosa que velar a su esposa, fallecida aquel mediodía, según la costumbre funeraria del lugar, en que un cadáver siempre debía estar velado por una persona sin que se durmiera. El viejo estaba demasiado cansado para cumplir con la tradición, y el resto del pueblo estaba en la fiesta.

 

            Yulus aceptó de buen grado. Cogió comida y una botella de vino y se fue a la habitación donde estaba la difunta. El cadáver reposaba sobre una improvisada mesa, a modo de catafalco, envuelto en un sudario de tela blanca y rodeado de cirios encendidos. El muchacho se acomodó en un rincón y comió y bebió hasta hartarse. Después del festín, un sopor se apodero de su mente y se durmió profundamente.

 

            Pasado un buen rato, irrumpieron en la habitación unos hombres con mucho sigilo. Vieron a Yulus dormido en un rincón y decidieron amargarle el sueño. Con los cirios prendieron fuego al sudario de la difunta y esperaron afuera los acontecimientos. El olor a ropa y carne quemada despertó súbitamente al joven que, despavorido, corrió a buscar un recipiente de agua para apagar las llamas. Después de arduos esfuerzos consiguió sofocar el fuego. Entraron de nuevo los hombres en la habitación, recriminándole su descuido en el velatorio, lo que había propiciado aquella desgracia. Le propusieron que hiciera un hoyo en el patio, que se enterrara el cadáver y que el muchacho se fuera corriendo para no volver jamás.

 

            Bajaron el cadáver hasta el patio y obligaron a Yulus a cavar la fosa. El muchacho estaba aterrado por lo que había pasado y rogaba para que nadie se diera cuenta de aquel desastre. Una vez hecho el agujero, uno de los hombres dijo que no era lo suficientemente grande, mientras que otro daba por correctas las medidas. El primero propuso que, puesto que el muchacho era de la misma estatura que la difunta, que fuera él quien bajara a la fosa y se acostara en ella para comprobar sus medidas. Yulus no esta dispuesto a complacer a los hombres y se negó a bajar. Con un golpe de pala en la cabeza, a traición, lo dejaron medio atontado, lo empujaron para que cayera en el hoyo y empezaron a cubrirlo con tierra.

 

            Cuando el muchacho fue consciente de lo que estaban haciendo aquellos desaprensivos, y antes de que la tierra le acabara de cubrirle la cara, gritó con todas sus fuerzas pidiendo socorro. Los gritos despertaron al viejo, que se presentó en el patio para averiguar lo que estaba pasando. Cuando llegó al pie de la fosa, los hombres habían desaparecido, el cadáver chamuscado de su esposa yacía en el suelo y, en el fondo de la fosa, enterrado por completo, pero con un brazo descubierto, estaba el joven Yulus. El viejo logró sacarlo de la fosa y reanimarlo. Una vez que el muchacho contara al viejo lo que había pasado, este le dijo:

 

            —Muchacho, no puedes quedarte aquí, ni en este pueblo, a pesar de que ya tienes una historia para contar, en la que has sido tú el protagonista. Si vuelven a por ti lo más seguro es que acaben el trabajo.

 

            Una vez vencidos los momentos de terror que había padecido, con alimentos en el zurrón y una excitante experiencia acuestas, se alejó del pueblo tan rápido como le fue posible. Ahora, nunca más nadie le negaría asilo por no tener una historia que contar, en la que él hubiera sido el protagonista.

 

Del libro "CUENTOS FANTÁSTICOS PARA ADULTOS" de V. Novellón