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LOS ROBOTS ANTIGUOS

 

         Debido a unos descubrimientos enigmáticos en nuestro tiempo, se tiene una mayor presunción de la existencia, en un pasado remoto de la Humanidad, de una tecnología avanzada, comparable incluso a la que gozamos, y sufrimos, en nuestros días.

 

         Diversos obje­tos manufacturados, hallados en distintas partes del globo, y otros instrumentos diseminados por los cinco continentes, cuya antigüedad milenaria no se cuestiona, ponen en nuestras manos argumentos suficientes para poder pensar que, segura­mente, no hemos sido los primeros habitantes de la Tierra.

 

         Si pudiéramos disfrutar de una televisión del tiempo, y enfocáramos la estancia en que estudiaban y escribían aquellos dos sabios y santos que fueron Tomás de Aquino y Alberto, durante su estancia en París y en Colonia, seguramente contemplaríamos muchos libros y papeles, mapas, objetos diversos de trabajo y es posible también que un extraño ser metálico con aspecto humanoide, un robot, disciplinado y ordenadísimo, a quienes ambos dominicos tendrían encomendadas las tareas domésticas. Una especie de ama de casa, o asistenta, que tuviera y mantuviera la estancia siempre limpia y con cada cosa en su sitio.

 

         Según se contaba en la época, en el siglo XIII, y de ello quedaron muchos testimonios escritos, el invento lo construyó San Alberto a base de metales y una serie de sustancias desconocidas. Pensemos que eran aquellos unos años en los que se sintió con verdadero entusiasmo la llegada de los conocimientos científicos clásicos, de Grecia sobre todo, en un renacimiento espectacular de lo antiguo.

 

         De algunos manuscritos anteriores a la venida de Jesucristo, probablemente egipcios, extrajo San Alberto las instrucciones que le hicieron posible la fabricación del robot, labor en la que empleó nada menos que veinte años. Los santos dispusieron de muchacha para todo, infatigable al esfuerzo y bien dispuesta para el trabajo. Pero, como se dice que no hay dicha completa, el robot le salió a su creador excesivamente juguetón y revoltoso, tanto que perturbaba en gran manera la concentración, que la labor de teología y apostolado requiere.

 

         Un día, cansado de sus ruidos y de sus juegos, se cuenta que Santo Tomás lo destrozó con un martillo en un arrebato de ira. Ya nunca volvió a funcionar el pobre robot, cuya única falta fue "estar demasiado vivo".

 

         La anécdota parece de ciencia-ficción, pero es más perteneciente al realismo fantástico. Porque no es la única referencia a la existencia de robots en tiempos pasados. Platón hablaba de sus robots en muchos de sus escritos y llegó a contar que eran tan perfectos, que podría decirse que muchas veces actuaban por su cuenta, sin tener en consideración las órdenes que se les transmitían, hasta el extremo de que, si no se tenía cuidado con ellos, se escapaban.

 

         También los dioses del Olimpo griego tuvieron, según cuentan las leyendas, robots. Y Hefaistos, el forjador del Olimpo, poseyó dos, en forma de hermosas jóvenes mujeres, que lo transportaban a él a hombros , y acudían a socorrer a todo el ejército de dioses, con los que contó la mitología griega.

 

         En China, se llamaba Khawai-Shuh al arte de proporcionar vida a los muñecos, sirvientes en todo momento exclusivamente de su dueño. Se cuenta en las leyendas que fue precisamente en China, donde tuvo lugar una romántica historia de amor y celos, por culpa de un robot extraordinariamente bello e inteligente, que poseía el emperador Tachouan.

 

         Su esposa se enamoró hasta tal extremo del artefacto, que Tachouan sufrió unos terribles celos y lo hizo destruir por completo. No refiere la leyenda si la enamorada lloró mucho o poco la pérdida del objeto de su amor. no han quedado pruebas y vestigios de esta historia de amor, pero fue bella. Como todas las historias de amor.

 

         En tiempos no tan remotos, el que después sería papa con el nombre de Silvestre II, cuando era simplemente el monje Gerbert d'Aurillac, que vivió entre los años 920 y 1003, sin muchas posibilidades de conseguir el papado, profesor que fue de la Universidad de Reims, tuvo acceso a libros muy antiguos, cifrados y crípticos, que explicaban, a quien fuera capaz de desentrañarlos, la teoría y la práctica de la construcción de robots. Dicen que Silvestre construyó uno que incluso hablaba. Documentos de tan insólito personaje mecánico se encuentran prácticamente enterrados, que no guardados, en la Biblioteca vaticana.

 

         Por si nuestra sorpresa ante la tecnología del pasado, no ha alcanzado aún un grado de altura suficiente, recordemos que el templo de Zeus, en Atenas, disponía de un mecanismo de control automático, para proveerse de agua bendita, y que en los lugares sagrados de Egipto, depositando una moneda adecuada por la ranura, un conducto suministraba igualmente el líquido elemento purificador.

 

         La estatua de Memnon, 1.500 años a.C., emitía una dulce melodía cuando los rayos del sol tocaban su cabeza. Cuando estuvieron en Egipto Adriano y Septimio Severo, oyeron esa música con gran asombro. Hay muchas citas de las cualidades de la estatua de Memnon. Si realmente existió,  y parece ser que sí,  debemos pensar no sólo en el hecho curioso de una estatua gigantesca, que emite determinados sonidos, igual da que sean musicales o no, cuando los rayos solares calientan su cabeza, sino también y sobre todo en cuál sería el mecanismo que convirtiera el calor y la luz en movimiento y sonido.

 

         No es éste el único caso de lo que pudiéramos llamar "gramófono". Andrew Tomas recoge en un libro que muchos personajes conocidos en la antigüedad, poseyeron "piedras que hablaban", por ejemplo, el fenicio Sanchuniathon, en el año 1193 a. C.), Pilo Biblos, en el año 150, y Eusebio, en el año 300.

 

         Se da la circunstancia de que, tanto en la Vera Historia, La historia heterodoxa, desde luego, de Luciano como en el libro de Enoch, se habla de unos "espejos mágicos", mirando a través de los cuales era posible observar escenas que se estaban desarrollando a mucha distancia y en directo. Y  en el denominado "Libro de las Seis Ciencias", libro de saberes antiquísimos, recoge alusiones a espejos similares, en los que era factible contemplar escenas lejanas, pero no solamente distantes en el espacio, sino también de otro tiempo, pasadas e incluso futuras. ¿Estamos hablando de una especie de televisores?

 

         Posiblemente también conocieron en la antigüedad remota el rayo láser, y esa debió ser la causa que provocó que las ruinas de una ciudad, descubiertas en Nevada, estén fundidas por una cantidad tan grande de calor como sólo el láser es capaz de producir. Todavía hoy, al cabo de miles de años, no arraigan vegetales en sus contornos. Y en muchos lugares del mundo se han hallado "piedras negras" con elevado porcentaje de berilo y aluminio, lo que parece demostrar que fueron sometidas, Dios sabe cuándo, a elevadísimas temperaturas, y a bombardeo radiactivo.

 

         La perplejidad que producen estas, llamemos, referencias es tan grande, que cualquier comentario está de más. Planteemos en cualquier caso, la cuestión de qué eran verdaderamente los "terafims", mediante los cuales los sumos sacerdotes de la Biblia se comunicaban con el más allá.