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¿HUBO UNA VEZ UN PASADO TECNOLÓGICO?
Debido a unos descubrimientos enigmáticos en nuestro tiempo, se tiene una mayor presunción de la existencia, en un pasado remoto de la Humanidad, de una tecnología avanzada, comparable incluso a la que gozamos, y sufrimos, en nuestros días.
Diversos objetos manufacturados, hallados en distintas partes del globo, y otros instrumentos diseminados por los cinco continentes, cuya antigüedad milenaria no se cuestiona, ponen en nuestras manos argumentos suficientes para poder pensar que, seguramente, no hemos sido los primeros habitantes
de la Tierra.
¿Quiénes fueron estos ilustres antepasados, que posiblemente llenaron la Tierra con las mismas inquietudes de dominio, y con las mismas angustias de que la estamos llenando los pobladores actuales?
Algunos investigadores del pasado, en vista de que los arqueólogos han demostrado ser poseedores de muy poca imaginación, prefieren pensar que siempre, desde que la Tierra existe como planeta habitado por animales inteligentes, hemos sido visitados por "nuestros hermanos" los
extraterrestres, a quienes pertenecía todo lo que ahora encontramos, y definimos como restos de un pasado, que parecen demostrar que los hombres de hace miles, y hasta millones de años, llegaron a ser, en sucesivas ocasiones, sabios y técnicos.
Existe, no obstante, un dato de continuidad que nos sitúa en la pista del desarrollo humano a través del tiempo: los hallazgos tecnológicos no pertenecen solamente a una época determinada, o dos, sino a fases muy distintas y muy lejanas en el tiempo unas de otras, desde millones de años, cuando
los antropólogos afirman que el hombre aún no había aparecido, hasta fechas relativamente cercanas, pertenecientes a los comienzos de la era cristiana.
El problema de fondo que se plantea es descubrir la causa de la desaparición de aquella civilización tan avanzada, si la hubo, de la que habrían aparecido restos mínimos, dispersos por todo el globo, o las causas de las desapariciones continuadas de las distintas culturas, que se han venido
sucediendo.
De cualquier manera, parece que el hombre, en su afán de superación, llega siempre a un punto del que no puede escapar, a un grado de evolución del que no puede retroceder, y cuyo resultado es inexorablemente su destrucción. Quizá sea éste un proceso normal que se ha repetido innumerables veces
en la historia humana, y que volverá a repetirse mientras que el Sol alumbre y caliente lo suficiente para que la vida siga su proceso cíclico. UNA COMPLEJA MÁQUINA DE HACE 2.000 AÑOS
Uno de los hallazgos más sorprendentes de cuantos se refieren a la tecnología del pasado, tuvo lugar durante el año 1900, junto a las costas de la isla de Antikythera, en el mar Egeo, cuando un barco de pescadores de esponjas de Dodecaneso buscó allí refugio, protegiéndose de una tempestad.
Pasado el peligro, a la mañana siguiente, los pescadores se sumergieron en las ya tranquilas aguas del mar, descubriendo, a setenta metros de profundidad, los restos de un barco sumergido que, a juzgar por la cantidad de algas que lo cubrían y por el conjunto de su aspecto, debía llevar en las
arenas del fondo marino mucho tiempo. De su interior extrajeron inmediatamente las piezas de más valor e interés, como bellas estatuas de mármol y de bronce, ánforas y jarrones que todavía conservaban un color azul intenso con el que las decoraron, y otros objetos por el estilo.
Entre ellos, y a punto de ser de nuevo arrojado al mar, izaron una “cosa” , con apariencia de máquina, muy recubierta de formaciones calcáreas y adherencias normales, debido al tiempo que había permanecido bajo las aguas. Al principio se pensó que se trataría de algún mecanismo, que habría
sido arrojado por la borda de un barco unos años antes. Pero la excesiva oxidación y el recubrimiento calcáreo, idéntico al que presentaban las estatuas y los otros objetos, puso en guardia a los descubridores, en el sentido de que quizá aquello fuera otra cosa.
Cuando fue limpiado el objeto minuciosamente, se extrajeron dos conclusiones importantes: era un mecanismo complicado y su antigüedad se remontaba a 2.000 años, más o menos, que era la misma antigüedad que se atribuía al resto de los hallazgos extraídos del fondo, y la del mismo barco.
El naufragio había ocurrido en el siglo I antes de Cristo, según la opinión de los arqueólogos que estudiaron el caso, entre ellos los historiadores Solla Price y Valerios Stais, y los especialistas en epigrafía Merrit y Jorge Stamires, que descifraron las inscripciones que la máquina presentaba
en distintos lugares. Luego afinaron un poco más y establecieron, basándose en distintos aspectos del mecanismo, que la construcción del artefacto se había llevado a cabo entre los años 82 al 65 antes de Cristo.
La máquina, que se conserva en el Museo Arqueológico de Atenas, está construida fundamentalmente en bronce, y presenta las siguientes características esenciales como 40 ruedas de engranajes, 9 escalas móviles, 3 ejes, 1 rueda central de 240 dientes, 1 diferencial, y 1 eje mayor, que servía para poner en marcha todo el mecanismo, y que salía al exterior.
La rueda central contenía un borde dentado cuyo relieve era de 1,3 milímetros en cada diente. Todo ello encerrado en una especie de caja o estuche de bronce también.
Una de sus inscripciones hace referencia al calendario famoso de Geminos de Rodas, en el año 77 a. C., y reproduce parte de él, se cree que como motivo meramente de adorno. Aparecen el Sol, Venus, las estaciones en el orden de su desarrollo, horario lunar y otros detalles más, difíciles de definir
por la corrosión del metal.
El mecanismo en conjunto era de una extremada perfección, tanto en lo que se refiere a su fabricación como a sus engranajes y movimientos. Había sido realizado con troquel sobre piezas de bronce de un grosor de 2 milímetros. Se llegaron a encontrar en algunas piezas detalles de haber sido reparadas
en varias ocasiones.
Del estudio completo del extraño mecanismo de Antikythera se deduce que en la época en que fue construido, entre los años 82 y 65 antes de Cristo, existían una tecnología y unas máquinas capaces de ello y que el dominio de las matemáticas, y de la
astronomía, era cercano al actual. Lógicamente, una máquina tan perfecta no fue la primera en su género. Se supone que debió haber otras anteriores que se fueron poco a poco perfeccionando, y que funcionaron desde varios años o siglos antes.
El arqueólogo Solla Price afirmó, como conclusión a todos sus estudios, que a lo que más se parece la máquina es a un reloj. Este arqueólogo escribió en la revista "Scientific American", en junio del año 1959: "Resulta un poco alarmante saber que poco antes de la civilización
helena, los antiguos griegos se habían acercado tanto a nuestra civilización, y no sólo en cuanto al pensamiento, sino también en cuanto a la tecnología científica. En todo caso, después del descubrimiento de la máquina de Antikythera, debemos revisar nuestros conocimientos sobre la historia de la
ciencia, porque podemos estar seguros de que este instrumento no es el primero ni el último de su tipo." |