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Rincón para la lectura - Principal
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EL SILLÓN
Hacía bastantes años que en una isla, solamente habitada por nativos, un grupo de náufragos europeos llego a sus costas. Agradecidos por haber sido salvados por aquellas gentes sencillas se integraron en el clan. Asimilaron sus costumbres y aprendieron su lenguaje, lo suficiente para entenderse con ellos. Pasado poco tiempo aquellos hombres fueron considerados como hermanos.
La isla no era muy grande pero si era rica en Kupra, un material que se sacaba de los cocoteros abundantes por todo el lugar. En sus costas se hallaban enormes cantidades de ostras productoras de unas grandes y magníficas perlas, a las que los nativos no daban ni la menor importancia por lo que no se dedicaban a recolectarlas. Mas tarde las cosas cambiarían. Aquellos extranjeros, a los que los consideraban como si fueran sus hermanos, impusieron por la fuerza unas nuevas leyes, sus leyes, que los convertían en sus superiores y a su capitán en rey y juez supremo, dueño de sus vidas y sus haciendas. A los tiranos se les llamaba “Pudus”, palabra prohibida hasta entonces en el lenguaje de los indígenas por su horrible significado. Al nuevo Rey le llamaban “Pudu-bu” que venía a decir que era el jefe de los malos.
A partir de aquel momento los hombres, las mujeres y los niños fueron empleados para trabajos, a veces demasiado pesados y peligrosos. Mientras unos recolectaban cocos otros buceaban para conseguir las preciadas perlas, incluso en lugares muy peligrosos. Todo aquel que no sirviera para desempeñar cualquier función, o que se rebelara contra el tirano y sus secuaces, desaparecía para siempre en el mar. Eran conducidos, vivos o muertos, hasta unos acantilados donde eran arrojados a las aguas y los tiburones daban buena cuenta de las desgraciadas víctimas. En poco tiempo aquella isla, tranquila desde hacía muchísimos años, estaba dominada por el miedo a morir y el terror a los castigos corporales, que siempre eran desmesurados.
Ante tal panorama familias enteras abandonaban el poblado cuando podían para esconderse en las montañas. En el caso de ser descubiertos por los “Pudus” los trasladaban al poblado, los castigaban severamente para escarmiento de todos y los arrojaban al mar para que fueran devorados. A estas desgracias le siguieron otras. La pureza de la raza estaba desapareciendo por momentos. Todas las mujeres de buen ver de la isla eran obligadas a prostituirse para satisfacer todos los caprichos sexuales de los “Pudus”. El resultado era una buena cantidad de embarazos que traían al mundo una nueva raza de mestizos. Ni los niños escapaban a la sexualidad aberrante de aquellos bárbaros. Para llenar la cama del “Pudu-bu” se escogían a las indígenas más bellas y más jóvenes, exentas de los trabajos más duros mientras él quisiera. Todos sabían que aquellas bellas mujeres, cuando quedaban en estado o cuando le apetecía al “Pudu-bu”, eran condenadas a trabajos duros o arrojadas a los tiburones.
Pero hubo una que sobresalió sobre las demás. Tanto le enloqueció que la tomó como su esposa a la fuerza. Era la nativa más bella de la isla. Su cuerpo y su rostro solo era comparable al de una diosa de la belleza. Se convirtió en la posesión más preciada de aquel monstruo. Todo aquello que pudiera perjudicar a su amada era eliminado. Toda aquella persona que tan solo intentara ofender a la dama, o poner en peligro la relación de la pareja era eliminada sin contemplaciones. Estaba tan embelesado con ella que desaparecieron las otras mujeres de la cama del tirano.
Pero la violencia engendra odio. Los indígenas no deseaban otra cosa que todos los “Pudus” pagaran cuanto estaban haciendo con sus vidas, en especial el “pudu-bu”. En las montañas, en lo más profundo e inexpugnable para los extranjeros, vivían tres viejos indígenas que eran como una especie de brujos conocedores de magias ancestrales transmitidas oralmente por sabios antepasados. Los extranjeros intentaron encontrarlos sin conseguirlo. Los indígenas contaban que cuando se sentían acorralados se convertían en pájaros para huir hacia el cielo. Una vez pasado el peligro retornaban a sus cavernas.
Como pasa siempre, las cosas llegan a un punto en el que no hay retorno ni perdón. Así que los tres brujos se pusieron de acuerdo para castigar de una vez por todas a los “Pudus” y en especial a su jefe. Escogieron a un cómodo sillón de madera trabajada que habían podido rescatar de los restos del naufragio. Era una pieza única, fabricada por un anónimo y buen ebanista europeo. Los tres brujos invocaron a las fuerzas de sus antepasados para que los iluminaran y guiaran en aquella empresa. Pudieron conseguir una pequeña astilla de madera arrancada de aquel sillón, un mechón de cabellos procedente de la cabeza de la bella esposa y un puñado de la tierra de la casa del “Pudu-bu”. Durante varios días se sucedieron los cánticos y las oraciones hasta que el conjuro estuvo hecho. Cuando su esposa se sentara en el sillón, empujada por un irrefrenable deseo de hacerlo, su cuerpo sería absorbido por la madera del mismo, siendo ella parte de la decoración. Su alma permanecería eternamente viva y prisionera en el mueble hasta que otro desgraciado ocupara su lugar.
Y así ocurrió. Una vez que la dama sintió esas irrefrenables ganas de descansar en aquel sillón se sentó en él. Al instante su cuerpo fue pasando del calor al frío, sus miembros se agarrotaron, cada vez le era mas difícil respirar y, tal como los brujos habían previsto, pasó a formar parte de la decoración. El dolor del tirano, al comprobar lo que había pasado, fue muy intenso. Ahora su diseño original se había alterado por completo. Se apreciaba el rostro de la dama en el respaldo. Sus brazos y sus manos eran los brazos del mueble y sus piernas y pies las patas delanteras. A primera vista daba la impresión de que una bella mujer estaba sentada en él. Sintió que todo su mundo se le caía encima. Grito desesperadamente y lloró desconsoladamente sin lograr nada. Para evitar que nadie profanara aquel sillón mando forjar unas gruesas cadenas de hierro que colocó entre los brazos.
Dolido por todo lo ocurrido mando ejecutar a hombres y mujeres indiscriminadamente y a placer. Los indígenas, hartos de todo lo que estaba pasando, se revelaron contra sus crueles opresores extranjeros. Mataron y saquearon sin descanso pero nadie tocó aquel sillón. Se corrió la voz de que había sido embrujado y maldecido por los brujos. El “Pudu-bu” y unos pocos supervivientes de los suyos lograron cargar el sillón en una canoa grande y huir de la isla.
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Ricardo era un hombre que vivía una espléndida madurez. El trabajo que desempeñaba en su factoría absorbía todo su tiempo desde el lunes hasta el viernes. Era el fin de semana cuando intentaba ser otra persona haciendo lo que mas le gustaba que no era otra cosa que disfrutar de su casa y sus tierras. Vivía en una casa grande y antigua donde moraran muchas generaciones de sus antepasados como dueños de ella y de todas las tierras que la rodeaban. Ahora en una parte de las tierras lindantes con el río, que años atrás habían sido el lugar de paseo preferido por los jinetes de la familia, se levantaba la fabrica y los almacenes de materias primas. Pero Ricardo se preocupaba de que las arboledas y el río se mantuvieran como siempre, como si el progreso en aquel lugar se hubiera detenido. En los verdes prados del norte seguían paciendo las vacas, y en las cuadras seguían viviendo caballos dispuestos para ser montados cuando al Señor le apeteciera.
Para Ricardo su juventud había sido la época mas feliz viviendo siempre en aquellos lugares. Era un ser amable, alegre y amigo de sus amigos. Contrajo matrimonio con una bella muchacha tres años mayor que él y que era encantadora con todos. En todo momento le lleno de felicidad pero no tuvieron hijos. A los pocos años de matrimonio la amante esposa le abandonó. Para Ricardo aquella separación fue muy dolorosa. Fue un amor demasiado intenso que dejó una profunda huella en su corazón convirtiéndole en un hombre solitario.
Su afición preferida era buscar y adquirir objetos antiguos, sobre todo si arrastraban con ellos algún tipo de historia muy peculiar. Ricardo se creía un experto en reconocer falsificaciones y falsas historias que pretendían endosarle. Cuando encontraba una pieza autentica que se ajustaba a sus preferencias, la adquiría y la disfrutaba en su casa como si se tratara de un niño con un juguete nuevo.
Aquella mañana de Sábado visitó a uno de sus anticuarios de confianza. Días antes se había puesto en contacto con él para anunciarle que estaba en poder de una pieza única. Su tienda no era un modelo de orden. Dentro de aquella especie de almacén reinaba la anarquía más absoluta por todas partes. Todas las piezas estaban diseminadas sin orden y concierto. Pero de entre todo aquel despropósito sobresalía una pieza tapada con una vieja y polvorosa manta. Una vez la hubieron “rescatado” de entre aquel mar de cachivaches pudieron contemplar en todo su esplendor aquel mueble. Era un exótico y vello sillón de madera, representando a una dama sentada en él y con unas gruesas cadenas de hierro entre sus brazos que impedían sentarse a los demás. Esta vez no necesitó saber ningún tipo de historia sobre aquel mueble. Le cautivó nada más verlo. Esta vez, al contrario de las demás veces, no hubo regateo en cuanto al precio.
Una vez en casa no se cansaba de contemplarlo en silencio y con respeto. Solo le ofendía la vista de aquellas gruesas cadenas. Después de reflexionar sobre ello llegó el momento sacarlas. Tan pronto como las cadenas estuvieron fuera no pudo resistirse a la tentación de sentarse en su sillón. Como si estuviera ejecutando una ceremonia, dejó caer su cuerpo con delicadeza. Descanso su cabeza sobre el respaldo, sus brazos sobre los de madera, respiro profundamente y disfrutó del momento. A los pocos segundos unas extrañas sensaciones recorrían todo su cuerpo. Sintió un malestar en su estomago que le anunciaba un mareo inminente. Quiso levantarse y le fue imposible. Ninguno de sus músculos respondieron a sus ordenes. Un intenso hormigueo recorría todo su cuerpo al tiempo que notaba como se estaba enfriando por momentos. Llegó al punto de no sentir sus carnes que ya estaban duras y rígidas como la madera del sillón. Sus ojos emprendieron el camino de la oscuridad. Notó como si estuviera sentado sobre alguien y esta se levantara para cederle el sitio. Una vez más el maleficio se había cumplido y el sillón había cambiado de decoración. Seguía siendo un sillón de madera tallada a mano representando a un hombre sentado en él con su rostro en el respaldo. Era el rostro del pobre Ricardo.
Del libro "CUENTOS FANTÁSTICOS PARA ADULTOS" de V. Novellón
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