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Rincón para la lectura - Principal
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MI VECINA
Parecía imposible pero ella estaba allí, delante de mi, empujando su carrito del supermercado. Era la mujer de mis sueños. La descubrí una aburrida y calurosa noche de verano que estaba solo en mi apartamento, asomado al ventanal e intentando entretenerme de alguna forma. Decía mi abuela que “cuando el Diablo no sabe que hacer, con el rabo mata moscas”. Bien, aquella noche mi forma de “matar moscas” la encontré en unos prismáticos olvidados en un cajón de la cómoda. Con ellos empecé a fisgonear las ventanas de mis vecinos. Mi apartamento era uno más en un edificio moderno, con un gran patio interior con piscina, jardín, y un parque infantil. Esto me daba un amplio campo de maniobras para entretenerme con esta nueva afición. Aquella noche había descubierto lo que se convertiría en una de mis aficiones nocturnas preferidas. Yo diría que la mejor y… la más triste, sin duda alguna.
Aquella misma noche empecé una metódica exploración de todas las ventanas iluminadas. Era un mundo desconocido y maravilloso, que me mostraba las alegrías y las miserias de unas gentes en las que nunca había reparado. Había una pareja de aspecto afable que, de cuando en cuando, discutían sin cesar mientras cenaban, y la intensidad de la trifulca decrecía a medida que se acercaban a los postres. Ese era el momento de la reconciliación efusiva, que culminaba en el dormitorio saciando sus instintos sexuales.
Pero lo que más me intrigaba estaba en un ventana del tercer piso. Podía ver una habitación siempre a oscuras, con un televisor encendido y parte de una cabeza sobresaliendo por el respaldo de un voluminoso sillón. Por más veces que observaba aquella ventana nunca vi la habitación iluminada, ni el televisor apagado, ni moverse aquella enigmática persona del sillón. No pude descifrar aquel misterio. Claro que durante el día yo no estaba en casa.
Uno de los vecinos más simpáticos vivía en el mismo piso, pero en otra ventana. Era un sudoroso fortachón que cada noche, a lomos de su bicicleta estática, pedaleaba con energía haciendo kilómetros y kilómetros con muchísimo entusiasmo, supongo que por imaginarias carreteras, Lo hacía con tanto entusiasmo que hasta yo mismo me cansaba tan solo de contemplarlo.
Pero una noche, el azar quiso que mis prismáticos descubrieran en el cuarto piso, enfrente, a dos ventanas juntas donde pude observar a mi “Reina”. Era una explosiva pelirroja, de curvas generosas, que todas las noches se paseaba por su apartamento vestida con la mínima expresión en ropa, o sin ella. Era una mujer excepcional, un sueño de mujer, con un cuerpo que era todo sensualidad. Los primeros días era objeto de mi curiosidad morbosa. Pero, a medida que transcurría el tiempo, fue una necesidad diaria el contemplar aquel cuerpo maravilloso. Y en poco tiempo me fui enamorando locamente de ella. Los prismáticos eran insuficientes para mis propósitos. Con la distancia no veía a mi amada con el detalle que deseaba hacerlo. Tuve que recurrir a comprarme un potente telescopio, como los que emplean los astrónomos aficionados, para hacerme la idea de que estaba junto a ella. ¡Era maravilloso!. Recuerdo que la primera noche que estrene aquel artilugio, estaba tan nervioso que no acertaba con sus ventanas. Cuando lo logré, me parecía más maravillosa que nunca. Vestía un pequeño y transparente camisón, de color rosa, colgando de sus redondeados hombros por unos finísimos tirantes y nada más debajo. No se necesitaba mucha imaginación para imaginar el resto de su anatomía oculta bajo aquella vaporosa prenda.
Dicen que la felicidad completa no existe, y yo afirmo que es cierto. Pronto descubrí que demasiados hombres, de diferentes edades, acudían a su apartamento para disfrutar sexualmente de mi amada. Cuando la pareja pasaba al dormitorio, ella corría unas gruesas cortinas que me impedían seguir observando. Llegué a la conclusión de que se trataba de una mujer que vendía su cuerpo al mejor postor: una prostituta. En principio me indignó tanto este descubrimiento que juré no mirarla jamás. Pero mi amor por ella pudo más y no cumplí mi juramento. Me convencí a mi mismo de que era imposible que yo pudiera llegar hasta ella como lo hacían los otros. Y por supuesto, que si yo intentaba tomar contacto con ella, de alguna manera, me estrellaría en un muro infranqueable. ¿Que sería yo para ella?. ¿Un joven alocado, inexperto y carente de una economía con la que pudiera costearme sus “visitas”?. Reconozco que estaba celoso de todos y cada uno de aquellos hombres, porque ellos disfrutaran impunemente de los placeres de aquel cuerpo maravilloso, mientras yo lo hacía desde un mundo irreal, a través de unos cristales ópticos, porque para mi tan solo era un sueño inalcanzable. Pero yo era un experto en sueños inalcanzables.
En la etapa de mi adolescencia, cuando estaba en el Instituto, mi madre me aseguraba que yo era el chico mas guapo del lugar. ¡El cariño de una madre!. Yo sabía que era un patito feo entre cisnes. Intente convencerme de que la belleza no era todo en la vida, pero llegue a la conclusión de que sin ella no ligas con las chicas que te gustan. Pude salir de la odiada virginidad gracias a Laura, mi compañera de equipo en Física. Tanto su físico como su cuerpo distaban mucho de lo que era mi mujer ideal, pero sirvió para la causa porque éramos dos náufragos en el mar de la belleza. Comenzó todo una tarde de domingo, en pleno invierno, cuando decidimos repasar nuestras notas en mi casa. Fue una experiencia que se repitió con cierta asiduidad durante todo aquel curso, alternando los estudios con momentos cariñosos que culminaban en un sexo inexperto pero complaciente. Pero después de nuestra graduación nuestros caminos se separaron y jamás supe nada de ella. Siempre recordaré a Laura porque fue la primera y la única mujer que tuve entre mis brazos.
Aquella tarde me acerque al supermercado de la esquina para abastecerme de cuanto precisaba. Cuando daba la vuelta a una de las estanterías para cambiar de pasillo mi carro topó con otro. Cuando me fije en la impertinente conductora causante de la colisión creí desfallecer de la impresión. Allí estaba ella, mi vecina, mi “Reina”, tan espléndida como la veía a través del telescopio desde mi ventana, pero esta vez estaba vestida. Nos entrecruzamos disculpas y sonrisas, haciendo realidad mi sueño de contactar con ella en vivo. Rebeca, que así se llamaba mi enamorada, había dejado de ser una imagen a través de unas lentes. Por ser una mujer simpática y agradable fue fácil acabar juntos, en el bar que había frente al supermercado, tomando unas copas y conociéndonos mejor. Lo más sorprendente de aquel encuentro fortuito fue su invitación para acompañarla hasta su apartamento aquella misma noche. Tuve que pellizcarme la pierna para comprobar que todo cuanto me estaba pasando no era producto de uno de mis sueños.
Entramos en aquel apartamento tan familiar para mi. Un pequeño recibidor daba acceso al salón, que yo conocía muy bien, desde donde se accedía al resto de la vivienda. Una puerta para la cocina, otra para el baño, una tercera cerrada y una cuarta desde la que era posible ver claramente el “célebre” dormitorio. Empezamos tomando más copas mientras desgranábamos una amena conversación, que fue derivando hacia el campo de lo sexual. El resto no se hizo esperar. Sus besos, apasionados y sus caricias sensuales me daban a entender que no tardaría en experimentar lo que ocurría sobre aquella cama del dormitorio, cuando ella corría las cortinas. Mientras yo aligeraba mi cuerpo de ropa, Rebeca se ausento del salón para desaparecer tras aquella puerta cerrada. Apenas transcurridos unos pocos minutos, reapareció vestida con uno de aquellos diminutos y tentadores camisones transparentes, sin nada más debajo. Cogiéndome de la mano me condujo asta la cama. Mi corazón latía cada vez con mas fuerza mientras Rebeca me despojaba de mis últimas prendas. ¡Era enloquecedor!. Sus manos expertas y sus labios húmedos exploraban las partes mas erógenas de mi cuerpo, y yo estaba como flotando en una nube.
Tan solo me abandono un instante para correr las cortinas de la ventana, un gesto conocido por mis observaciones. A partir de entonces, nuestros cuerpos desnudos sobre aquella cama gozaron de los más intensos momentos de sexo que yo pudiera imaginar. El cenit de aquella noche maravillosa fue una explosión de amor y de satisfacción indescriptible. Ella, que estaba sobre mí cabalgando como una consumada amazona, me miro con deseo, esbozo una sonrisa, abrió su boca mostrando unos largos colmillos, y destrozó mi cuello de una violenta dentellada. Un fuerte e insoportable dolor, arrancando desde mi cuello, taladraba brutalmente mi cerebro. Con las últimas fuerzas que me quedaban forcejeé para librarme del abrazo mortal de aquella bestia, pero todo fue inútil. Poco a poco mi conciencia se disipaba en un sopor mortífero, perdiendo la noción del tiempo y del espacio. En mi cerebro resonaba una palabra: ¡Muerte!, ¡Muerte!, ¡Muerte!… Recordé a los hombres que vi llegar hasta aquella maldita cama a través de mi telescopio, ¿Cuantos salieron con vida de aquel trance?. ¿Ninguno?. Por fin me había acostado con la mujer deseada, sí, pero era una mujer que ocultaba, bajo el disfraz de una hermosa prostituta, su irrefrenable sed de sangre fresca. Por eso era imposible verla durante el día porque era una vampira, una criatura maldita de la noche, y que yo, como un estúpido joven ansioso de sexo, me había enamorado locamente cayendo en sus redes.
Hoy todo es diferente. Veo el mundo desde otra perspectiva porque estoy dentro de su mundo. Un mundo de tinieblas y muerte. Soy un espectro más de la noche, que busco mi alimento vital: la sangre. Lo hago en cualquier sitio y con cualquier ser vivo para poder sobrevivir. Toma buena nota de mi experiencia para que no seas presa de tus propios locos deseos, cayendo en las garras de algún ser despreciable como Rebeca, o como yo.
Del libro "CUENTOS FANTÁSTICOS PARA ADULTOS" de V. Novellón
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