|
|
|
Rincón para la lectura - Principal
Don Julián · El poder de una cólera · El último robo · Juguetes para los niños pobres La armadura encantada · La casa de la loma · La casa de la montaña · La casa de las pinturas La Casa roja · La máscara · Mi vecina · Noche de terror · Paisaje con lago Sin historias que contar · "Tortuga" · Un tiro de suerte · El anillo maldito · El extraño · El Golfo de la luna El sillón · El pozo de las almas · La piel de la oveja · La planta maldita
SARA
Sara pasaba la mayor parte del su tiempo sentada frente al gran ventanal, porque si algo le sobraba era tiempo. Sus vecinos, desde hacía mucho tiempo, la aceptaban tal como era, con su mal carácter y sus manías, como un componente mas de aquel paisaje urbano. Guardaba celosamente su intimidad, ahuyentando a todo aquel “intruso” que pretendiera invadirla. Para todos era la “vieja loca” del barrio, que vivía en la última casa al norte, fácil de distinguir a lo lejos por su color azul intenso y su pésimo estado de conservación.
Era una mujer entrada en años, con el pelo blanco, descuidado y alborotado, falto de un buen peine o cepillo. Sus ojos eran pequeños, de mirada incisiva y punzante como finas agujas. Su rostro, curtido y excesivamente arrugado para su edad, era el producto de una precariedad de cuidados. Era testigo mudo de una vida impuesta pero no deseada. Su único entretenimiento era observar la vida de los demás. Cuando el tiempo no le permitía estar en el exterior, aprovechaba cualquier abertura de la casa para efectuar sus “reconocimientos”.
La casa estaba rodeada por una estrecha franja de naturaleza salvaje y desmadrada, que en otros tiempos fue un jardín cuidado. Más allá todo era tierras yermas y abandonadas, que un día fueron esperanzadores proyectos urbanísticos, malogrados por la falta de compradores. El barrio lo habitaban gentes humildes, trabajadoras durante la semana y libres los festivos, que gustaban de disfrutar de la naturaleza. Era el “coto de caza” de la vieja
Aquella mujer tan “peculiar”, nunca hubiera imaginado que acabaría sus días en aquel miserable rincón. Ella, doña Sara, había vivido en otros tiempos como una pequeña reina. Su marido, durante los años buenos para hacer negocios prósperos, era un “tiburón” de las finanzas. Tenía un puñado de negocios muy rentables, productores enormes beneficios en poco tiempo, que le permitían hacer inversiones inmobiliarias excelentes, realizar viajes de ensueño y llevar una vida maravillosa. Presumían siempre de sus amistades influyentes que les proporcionaban inmejorables servicios, muy adecuados para sus negocios.
Poco dados a pensar en su futuro, la vida del matrimonio transcurría como un cuento de hadas. Pero una de las plagas del siglo: el estrés, acabó con la vida activa de aquel hombre, postrándolo en una cama hasta el día de su muerte. A partir de aquel momento, todo se derrumbó como un castillo de naipes. Aquella vida fastuoso se vino abajo como un gran decorado de teatro al que se le quitan los soportes. Como acostumbra a pasar, sin dinero desaparecieron las amistades influyentes y de todo tipo. La viuda, doña Sara, una vez pagadas todas las deudas, sola y desesperada, desapareció de aquel fantástico mundo de fábula. Con el poco dinero que le quedó, compró la casita azul, en aquel lugar olvidado de la gran urbe, para pasar los últimos años de su vida en aquel miserable retiro.
Sara se mantenía gracias a una modesta renta, que obtenía de unos depósitos bancarios en el extranjero, supervivientes de la gran “catástrofe” financiera. Depósitos nada limpios que, conjuntamente con una pequeña pensión del Gobierno, le permitían subsistir dignamente. Ahora su pertenencia más preciada era unos viejos prismáticos. Los usaba con maestría para observar retazos de la vida de sus vecinos casi todo el día. Por la noche, Si el clima lo permitía, sentada en el porche, a oscuras y en silencio, escudriñaba el entorno intentando descubrir momentos interesantes con los que alimentar su soledad.
Uno de sus “clientes” eran los Velasco, que alguna que otra noche organizaban la clásica trifulca de matrimonios mal avenidos, por cuestiones emocionales, materiales o ambas a la vez. El señor Velasco era un hombre consumido por los celos, amargando la vida a su esposa. Sabía que su cuerpo, coronado por una incipiente calva y luciendo un estómago excesivamente pronunciado, no podía compararlo con el de su esposa, que era una mujer madura pero de apariencia agradable. Cualquiera, al ver la pareja, veía la diferencia existente entre ambos. Sus hijos, incómodos ante estas situaciones, optaban por abandonar la casa a cualquier hora mientras duraba la “función”. Sara sabía muy bien que esta era la señal de que se avecinaba una buena pelea entre el matrimonio.
Otro “objetivo” más agradable eran los frecuentes escarceos amorosos nocturnos de una joven pareja desinhibida, recién instalada en la casa que antes vivían los Aranda. Aquello le servía para rememorar pasajes de su vida anterior, donde no le faltaban pretendientes para escoger al afortunado de turno y gozar de placeres carnales con él, a escondidas de su marido. Aquellos fueron tiempos felices, ahora muy lejanos.
Otro punto cercano de observación, que le daba constantes satisfacciones, era la casa de doña Juanita y sus particulares aventuras y desventuras sexuales. La “Juani”, como ella la llamaba, era una cuarentona con muy buena presencia, de temperamento muy fogoso, un tanto ninfómana y nada recatada con su vida privada. Presumía ante todos de sus “fiestas” nocturnas, con hombres de todas las edades y condiciones. Algunas noches eran muy divertidas.
Adoraba las noches que le permitían fisgonear desde su porche, a oscuras para no ser vista. En esas noches, balcones y ventanas permanecían más tiempo abiertos, los jardines se convertían en cenadores improvisados y los porches se llenaban de gente para disfrutar del clima propicio, hasta que se retiraban a dormir. Cuando la soledad y el silencio invadía el barrio era el momento de que la vieja se fuera la cama. Antes de acostarse deambulaba por toda la casa atisbando por el balcón y las ventanas, cerciorándose de que todo estaba en orden.
Pero aquella noche fue diferente a las demás. Mirando por la ventana de la cocina, que daba a la parte posterior de la casa, descubrió un extraño artefacto en medio del descampado, apenas visible en la oscuridad del crepúsculo. Estaba segura de que horas antes en aquel lugar no había nada parecido. Cuando el sol se ocultaba por el horizonte, mientras bebía agua, una vez más había contemplado la tierra árida de aquel desértico lugar a través de esa ventana. Estaba intentando averiguar lo que era aquello cuando observó que, de lo alto del artefacto, empezó a manar un rayo de luz azulada en forma de abanico, que barría todo cuanto se encontraba alrededor. Estaba sorprendida ante aquel fenómeno desconocido para ella. Seguía las evoluciones del rayo hasta que este llegó a su casa deslumbrándola. Su mente se lleno de extrañas imágenes que la sumergieron en un profundo sopor.
El canto de un gallo de uno de sus vecinos la despertó. Abrió los ojos y se dio cuenta de que estaba reposando en el suelo de la cocina. No sabía el motivo por el que había dormido aquella noche allí. Tenía un tremendo dolor de cabeza. Forzó su memoria hasta acordarse de aquella extraña luz azulada de la noche anterior. A partir del momento en que fue deslumbrada por ella no recordaba nada. De pronto, y a duras penas, se acordó del extraño artefacto que había en el descampado. Se asomó a la ventana y no vio nada. Salió de la casa, se dirigió al lugar donde había estado y observó el terreno. La tierra estaba hundida en un círculo bien delimitado, como si un objeto circular y pesado hubiera descansado allí. Descubrió pisadas de unos extraños pies que, partiendo del círculo, se dirigían hacia las antiguas canteras que habían en el valle. Lo curioso era que las pisadas eran de pies pequeños al principio, que iban creciendo a medida que se alejaban del lugar. Lo mismo ocurría con las que se dirigían hacia el círculo, que a medida que se acercaban iban empequeñeciendo.
Durante todo aquel día no cesó de observar el descampado sin descubrir nada nuevo. Por fin llegó la noche. Esta vez, provista de sus prismáticos, dejó sus observaciones cotidianas para dirigir toda su atención hacía aquel lugar, donde la noche anterior estaba el artefacto. Cansada por la tensión de todo lo pasado, se durmió durante unos minutos. Al despertar el artefacto ya estaba en el lugar, sin luz alguna y apenas visible en la oscuridad. Al poco tiempo se encendió la luz azulada barriendo el lugar como la noche anterior. Instintivamente, evitando un posible peligro, observó el rayo, agachándose cuando este iluminaba su ventana. Entre pase y pase, mirando con los prismáticos, observaba la actividad en aquella máquina. Su entorno estaba iluminado por una luz verdosa. De una pequeña puerta en su base salían unos diminutos personajes, semejantes a humanos, que vestidos de negro se dirigían hacia las antiguas canteras. A medida que se alejaban de aquella luz crecían hasta alcanzar la altura de una persona de baja estatura. Los que venían de las canteras, portando unos cilindros metálicos, cuando entraban en contacto con la luz verdosa disminuía su estatura hasta poder entrar en el artefacto. Era como una hilera de hormigas acarreando comida. Ante aquella visión inexplicable, opto por esconderse debajo de la cama aterrorizada por lo que acababa de presenciar. Nada rompía el silencio reinante en el barrio en aquellas horas.
Permaneció en su escondite hasta que los primeros rayos de la luz de la mañana entraron por la ventana. Con mucha cautela se dirigió a la cocina, miró por la ventana y no vio nada. Su primer impulso fue contarlo a sus vecinos, que no duraron en reírse en sus propias narices, convencidos de que lo que estaba contando era una locura más de las suyas. Lo mejor que podía hacer era seguir observando una noche más aquel extraño fenómeno y convencerse de que todo aquello no era una fantasía. Así lo hizo durante dos noches. A la tercera, confiada en que no había sido descubierta por aquellos seres hasta el momento, descuidó las precauciones y, esquivando el rayo de luz azulada, toco una cazuela que estaba sobre el mostrador de la cocina. Esta se desplazo bruscamente hasta el borde, cayendo a continuación al suelo y produciendo sonido estridente. Al instante todos aquellos seres se pararon, dirigieron la cabeza hacia su ventana.
La vieja se agacho para evitar ser descubierta. Pasaron unos minutos y todo seguía en silencio. Levantó la cabeza lentamente para mirar de nuevo por la ventana y comprobar que todo estaba bien. Sus ojos se toparon con un rostro pálido, inexpresivo y desprovisto de pelo, con unos ojos enormes, como bolas negras brillantes, barridas por una especie de párpados transparentes. La mirada de aquellos seres era intensa y penetrante. Sintió dentro de su cerebro una fuerte presión que anulaba por momentos su voluntad. Pasados unos segundos le era imposible mover sus extremidades y emitir sonido alguno con su garganta. Su cuerpo giraba hacia la salida de la casa sin que ella pudiera evitarlo. Un grupo de aquellos extraños seres entraban por la puerta. La cogieron de los brazos y como un autómata caminó con ellos hasta llegar al artefacto. Entrando en el radio de acción de la luz verde su estatura fue disminuyendo hasta entrar por la pequeña puerta.
Cuentan las gentes de aquel lugar que la “vieja loca” desapareció un buen día y nunca más se supo de ella. Comentaban, jocosamente, que lo más seguro era que se hubiera fugado con los habitantes de aquella extraña máquina, que decía haber visto detrás de su casa. A pesar de las bromas habituales en estos casos, nadie se podía imaginar que tenían razón.
Aquella casa azul, que mostraba tan pésimo estado de conservación, permaneció abandonada mucho tiempo, hasta que los elementos la destrozaron por completo. Nadie quiso vivir allí porque, recordando la desaparición de la “vieja loca”, pensaban que daba mala suerte.
Del libro "CUENTOS FANTÁSTICOS PARA ADULTOS" de V. Novellón
|