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Rincón para la lectura - Principal
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EL ANILLO MALDITO
Era una mujer que estaba en la mejor edad para disfrutar de la vida. Le había costado llegar hasta donde estaba ahora, pero se le auguraba un buen futuro para ella. En su momento se demostró que los estudios no la llevarían más allá de una razonable educación y nada más. Así que tuvo que trabajar para seguir adelante, y no estaba la cosa del trabajo muy bien en su pueblo. Su única salida fue, como habían hecho otras muchachas, mudarse ala ciudad y dedicarse a lo que encontraran, que en su caso fue limpiar por las casas. Fue una experiencia dura para una adolescente, pero enriquecedora y fructífera para su futuro. Hoy Alba es una empresaria afortunada, que mantiene en pie una empresa de limpiezas industriales, nada fácil en los tiempos que corren. Es precisamente esa empresa la que le absorbe casi todo su tiempo. Duerme poco y mal, tiene muy poco tiempo libre y se relaciona más bien poco con sus amistades. Aún con todo esto, siempre intenta tener un poco de tiempo muerto para pensar en otras cosas que no sean el trabajo. ¿Y por qué no? Para soñar un poco.
Aquella noche, tocadas las diez, se propuso hacer un alto en el camino y descansar un poco antes de acabar la tarea que faltaba por hacer. Saco un café caliente y un bocadillo de las máquinas y se dirigió al pequeño parque que tenían detrás del edificio de su oficina. Era un buen lugar para descansar, apartado del tránsito de vehículos y un tanto solitario. Unas pocas farolas al pie de otros tantos bancos de madera era toda la iluminación del lugar. Se respiraba paz y un aire impregnado con los aromas de la vegetación y de los árboles. Mientras consumía aquel frugal refrigerio sentada en uno de los bancos dejó volar su mente hacia el pasado.
Le vino a la memoria sus comienzos laborales. Limpiar por las casas no era lo mismo que lo que ahora hacía con su empresa. De todo aquello recordaba situaciones puntuales, y difíciles de olvidar, como trabajar para Don Cosme. Era un viudo de setenta y pico años, muy presumido y adinerado. Era un viejo entrañable y osado que gustaba de una pulcra elegancia mientras alguien estuviera en su casa. Claro que sus pretensiones ocultas eran otras. Siempre la recibía correctamente vestido exhibiendo su colección de batas de seda, testigos mudos de otros tiempos más esplendorosos. No le faltaba nunca un clavel blanco en el ojal y un pañuelo de colores alegres en su cuello para ocultar los estragos que los años le habían causado. En su boca siempre tenia una sonrisa mostrando una dentadura postiza blanca como la leche.
—Muy buenos días nos de Díos —era la frase ritual con la que le recibía al abrirle la puerta del piso.
A parte de sus exquisitos modales, el viejo verde era un picarón de mucho cuidado. Sus intenciones, ocultas en un principio por la capa de la buena educación, eran obtener de la joven favores de tipo sexual. Aquel pobre hombre lo intentaba todo para poder conseguirlos pero sus esfuerzos no alcanzaron el éxito. Alba hacia todo lo posible para no ceder a su acoso sin enojarlo y esto era un trabajo laborioso.
Se levantó para tirar los desperdicios a la papelera y pasear un poco descalza por el césped. Tampoco había olvidado las horas de trabajo pasadas en casa de Doña Julia. Una mujer muy agradable, simpática y buena persona, con un marido igual que ella. Pero el peligro estaba en el “baboso” de su hijo. Así era como la joven lo catalogaba. Era un muchacho mayorcito con problemas de raciocinio que solo tenía un objetivo: meterle mano donde y como le fuera posible. Se dice que “a todos los tontos les da por lo mismo”, y él no era una excepción. Era una constante y dura estrategia la que Alba desarrollaba cada día de trabajo para no ser abordada por aquel ser descontrolado. Las buenas propinas que obtenía en aquella casa le hacían pensar que Doña Julia, ante la deficiencia de su vástago, consentía todas las maniobras del “niño” para satisfacerlo en su capricho, que no era otro que pasárselo bien con la chacha. A la muchacha, que ya empezaba a ser maestra en estas lides, solo le interesaba el desahogo económico que le suponía el trabajo, junto con las buenas referencias para la empresa que la mamá les facilitara.
Eran tantos y tantos los buenos y malos recuerdos que tenía que, en los momentos en que la mente rastreaba su pasado, tropezaba con alguno de ellos, sobre todo los buenos momentos pasados para aliviar la pesada carga de la responsabilidad de llevar una empresa como la suya. Los malos recuerdos servían para no caer de nuevo en los errores vividos. Su posición actual y el trato con los clientes era muy diferentes. Solo le faltaba tener un hombre que llenara su vida para llegar a ser feliz del todo. A su edad empezaba a sentirse sola. En su juventud había gozado del que fuera su primer amor, y el único según creía por aquel entonces. Recordaba con nostalgia aquel pasaje de su juventud. A pesar de todo, nunca olvidará a Gonzalo, el vecino del ático. Desde su primera coincidencia en el ascensor algo maravilloso y al tiempo extraño le ocurría en sus encuentros ocasionales. Para Alba aquel chico era su “príncipe azul”, a pesar de que la realidad no se ajustaba a sus sueños. Vivieron momentos felices dentro de la inocencia adolescente. Pero todo se truncó con un viaje de estudios para Gonzalo a Francia. Pasaron los meses sin tener noticias del muchacho. Nunca jamás supo de él. Fue un trauma para ella aquella desaparición. Se sintió defraudada y engañada después de entregarse a él por completo. Probó con otras experiencias, pero la huella de aquel capitulo amoroso siempre se interpuso. Si, tenía amigos y amigas ocasionales, pero lo cierto es que entre ellos flotaba la leyenda de que era una mujer de carácter difícil, que le gustaba la soledad, y no la trataban con mucha asiduidad. Los amigos comentaban la posibilidad de una predilección hacia las mujeres mucho más que a los hombres, cosa que no era verdad. Los que pudieran acercarse a ella con buenas intenciones se abstenían de hacerlo. Lo cierto era que Alba, una mujer de aspecto inmejorable, y que se escudaba tras su trabajo para no volver a ser dañada por otros hombres como había ocurrido en otro tiempo.
Caminando descalza por el césped con los zapatos en la mano, disfrutando de la revitalizadora humedad de la hierva y el silencio del lugar en aquellas horas, seguía rememorando otros tiempos. De pronto, un agudo dolor que provenía de la planta de uno de sus pies la saco del mundo de los recuerdos. Había pisado algo duro que estaba tirado en el césped. Se agachó para comprobar la naturaleza del objeto y recogerlo. Lo cogió y después de limpiarlo con un pañuelo de papel comprobó que era un zafiro, sujeto a un grueso anillo, posiblemente de oro, con unas diminutas garras de ave. El resto de la joya estaba repleto de signos extraños e incomprensibles. Era un magnifico trabajo de artesanía y probablemente muy valioso. Su coquetería femenina le indujo a probarse aquella extraordinaria joya. Lo introdujo en el dedo anular de su mano derecha. Al entrar en contacto su piel con el anillo notó que el metal tenía una temperatura agradable, al tiempo que lo notaba muy ligero de peso a pesar del grosor del metal y el tamaño de la piedra preciosa. Acto seguido sintió un fuerte mareo que le produjo la perdida de la visión. Era un desvanecimiento que la arrancó del mundo de la consciencia y que estrelló su cuerpo contra el verde y húmedo césped que pisaba
Tenia la certeza de que todo cuanto conocía había desaparecido y su cuerpo flotaba ingrávido en el negro espacio infinito. Un torbellino de imágenes, acompañadas de sonidos desconocidos y aterradores, pasaban a toda velocidad por su mente sin que pudiera reconocer alguna de ellas. Cesaron todos los sonidos, se hizo el silencio y unos horribles dolores le hicieron gritar con todas sus fuerzas. Abrió los ojos y se quedo aterrada ante loa visión de un hombre corpulento, con la expresión en su rostro del sadismo y la lujuria al mismo tiempo, que sostenía un hierro con la punta incandescente con una mano y un látigo con la otra. Alba intentaba evitar el castigo pero estaba atada a una tabla que le impedía moverse. Los golpes, las quemaduras y los latigazos se sucedían, acompañados por las estruendosas y horripilantes carcajadas de su verdugo, después de una meticulosa búsqueda de los puntos más dolorosos de la anatomía de la mujer. Alba intentaba coordinar su mente para intentar averiguar que era lo que estaba pasando. Todo aquello no podía ser nada más que una pesadilla, que en cualquier momento despertaría en su cama y todo habría acabado.
Cesó el brutal castigo y su verdugo sació su sed con una jarra de vino. Aquel respiro le sirvió para hacerse una idea de en que lugar estaba. Era una estancia amplia mal iluminada por unas antorchas y unas lamparillaza de aceite que el verdugo manejaba para ver mejor el resultado de su castigo. Alba, que era una entusiasta de las películas y los libros que trataban el tema de Egipto, no tubo ningún problema en reconocer los jeroglíficos y las figuras que adornaban las paredes y techo: estaba en un ambiente egipcio. Era todo tan real que cualquier inexperto como ella juraría que se había trasladado al tiempo de los faraones a través del tiempo.
Una extraña jerga que hablaba el verdugo la sacó de su análisis. Aquel musculoso montón de carne, una vez saciada su sed, se disponía a dar otra vuelta de tuerca a la tortura. Entre carcajadas se fue desnudando hasta dejar al descubierto su imponente miembro viril. Con aquellas enormes manos vellosas, provistas de la fuerza brutal de un gorila, desató las piernas de la mujer para separarlas y dejar al descubierto sus partes íntimas. Se subió sobre ella y la violó despiadadamente. Esta vez eran otro tipo de dolor el que Alba estaba sufriendo. Entre carcajadas y jarras de vino el verdugo repitió la violación varias veces hasta saciar su apetito de sexo. En su último intento sus grandes manazas atenazaron el cuello de Alba apretando con fuerza. Al mismo tiempo que aquella bestia estaba inmerso en un tremendo orgasmo presiono con todas sus fuerzas sobre el cuello de la mujer estrangulándola.
De nuevo el silencio y la oscuridad en los ojos de Alba. Respiraba, pero con dificultad. Los dolores habían desaparecido por completo pero sentía un extremo cansancio en sus piernas y una agitación extraña en su pecho, como de ahogo, y una sensación de horror. El aire húmedo azotaba su cara y unos extraños olores impregnaban su olfato. Abrió los ojos y un desconocido panorama se extendía ante ella. Corría alocadamente en la oscuridad de la noche por una callejuela estrecha, solitaria y mal iluminada. A su paso se sucedían viejas casas con fachadas húmedas y la niebla que poco a poco lo iba cubriendo todo. Su corazón latía aceleradamente. Se cruzaba con puntos de luz que emanaban de faroles de gas. Estaba presa por el terror a ser atrapada por alguien en cualquier momento. El paisaje, el ambiente y sus ropas, que le impedían correr con soltura, le recordaban a las películas de misterio de la Inglaterra de finales del siglo XIX.
Con la rapidez mental que siembre le había rendido buenos servicios, dedujo que era la protagonista de algún extraño episodio. Que estaba huyendo de algo o alguien que la perseguía. Miró hacia atrás y vio una figura humana, posiblemente de un hombre, enfundada en una capa negra, con el pelo largo y unos extraños ojos que destacaban entre la penumbra. Era perseguida por un personaje siniestro, empeñado en alcanzarla, y que cada vez estaba más cerca de lograrlo. Una mano agarró su pelo y la frenó bruscamente en su alocada carrera derribándola. Cayo pesadamente al suelo empedrado y mojado. Rodaron juntos hasta ser detenidos por la pared de una casa. Alba estaba de bruces en el suelo. Una fuerte mano la asió por un brazo y tirando de el con brusquedad le dio la vuelta. Intentaba separase de aquel hombre sin conseguirlo. Todo era inútil. Nada podía evitar las intenciones de su opresor. Aterrada vio un destello metálico sobre su cabeza que delataba la presencia de una arma blanca que presagiaba de nuevo dolor y muerte. La daga se hundió en su pecho con brutalidad una y otra vez sin compasión. Aquel rostro tenebroso, con una mueca de sadismo repetía a cada tajo unas palabras ininteligibles para ella. Los ojos de Alba buscaban con ansia que alguien que rondara por aquel lugar la pudiera socorrer, librándola de aquel maníaco homicida que no cesaba de asestarle cuchilladas. Poco a poco su vista se fue nublando y sus oídos dejaban de apercibir sonidos. De nuevo estaba pasando por la misma experiencia de una muerte corporal dentro de un tiempo donde ella no debía estar. Cada vez la pesadilla era mas aterradora Y su mente pedía con insistencia que se despertara de una vez por todas.
Sentía frío en todo su cuerpo. Estaba de pie, completamente desnuda, con la espalda apoyada en una pared de un callejón sucio y en penumbra. Intentaba cubrir con sus manos sus partes íntimas cuando un tremendo bofetón le hizo descubrir a sus agresores. Era sobada y ultrajada por dos tipejos que, alocados por la excesiva ingesta de alcohol, la amenazaban con un arma para intimidarla. Uno de ellos, que con una mano sostenía las ropas que había arrebatado a la atemorizada mujer, con la otra recorría su anatomía acariciándola con torpeza y brusquedad.
—¡Prepárate!. ¡Te la estoy calentando para ti! —le repetía una y otra vez a su compañero.
El otro, que apenas podía mantenerse en equilibrio, sostenía con dificultad en su mano derecha un pistola apuntando a la mujer. Su compañero había logrado desabrocharse los botones de su pantalón y deshacerse el ancho cinturón de cuero que los sostenía. Después de bajarse la ropa hasta los tobillos, agarro su miembro con la mano libre intentando maniobras masturbatorias para alcanzar una erección que se le resistía, mientras gritaba a la mujer con palabras torpes:
—¡Todo esto te lo voy a meter hasta destrozarte!.
Aquel matón de taberna, a causa del alcohol ingerido, le sería muy difícil cumplir la amenaza, Alba, con aquella desnudez obligada, mostrando su cuerpo a semejantes sujetos, sentía vergüenza, indefensión y terror al mismo tiempo. Esperaba otra violación brutal por parte de aquellos granujas borrachos. Pero alguien había doblado la esquina y se había percatado de lo que estaba ocurriendo. Era un “ángel” llovido del cielo en el momento oportuno para que aquellos dos maleantes, al verse descubiertos, emprendieran la huida. El que tenía la pistola le disparó a la mujer dos veces y huyo a toda prisa. Alba sintió los dos impactos en su pecho. Otra vez dolor y fuego. Notó que la vida se escapaba de su cuerpo. Intento detener las hemorragias con sus manos pero todo fue inútil. Las fuerzas le abandonaban por momentos. Sin poder evitarlo cayó al suelo herida de muerte, perdiendo la consciencia entre convulsiones y terribles dolores. En un ultimo esfuerzo, para aferrarse a la vida, levanto la mano para pedir socorro mientras que sobre sus ojos caía el velo negro de la muerte. En sus últimos instantes vio al extraño personaje, que había asustado a los malhechores, como le arrebataba de su dedo el anillo maldito y huía del lugar.
A la mañana siguiente, la policía, alertada por los jardineros del parque, encontraron sobre el césped un cuerpo de mujer, blanca, de unos cuarenta años de edad y completamente desnudo. Se podían apreciar a simple vista dos impactos de bala y un sinfín de puñaladas en el pecho así como múltiplas quemaduras e infinidad de golpes por todo el cuerpo. También se apreciaba que había sido brutalmente violada. No se logró hallar en el lugar ninguna prenda de su vestimenta, ninguna de las posibles joyas que pudiera llevar encima ni documentación alguna que hiciera posible establecer la identidad de la víctima. Se especulaba con varias posibilidades, pero ninguna se aproximaba a la realidad. Nadie era capaz de adivinar que aquella mujer, satisfecha con su vida cotidiana, la noche anterior tuvo el infortunio de encontrarse un anillo maldito que le costó la vida, como a sus anteriores propietarias. ¿Dónde estaba ahora ese anillo?
Cuidado con lo que te encuentres.
Del libro "CUENTOS FANTÁSTICOS PARA ADULTOS" de V. Novellón |