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Rincón para la lectura - Principal
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LA ARMADURA ENCANTADA
Estaba acostado en el suelo, sobre la hojarasca que había en aquel claro del bosque, donde se había improvisado un campo de honor para batirse en duelo. Algo que le hacía de cojín le mantenía la cabeza ligeramente levantada, permitiéndole ver lo que ocurría a su alrededor. Había recibido un impacto directo en el estomago con la punta de una lanza, atravesando la armadura y las mallas de acero. El Conde no daba crédito a lo que le había ocurrido. Hasta el momento era el caballero mas diestro de todo el país con la lanza y la espada, nunca derrotado en la lucha. Quizás la derrota se debiera a un exceso de confianza, mezclado con la torpeza que daba el paso de los años. Pero no era aquello lo que había sucedido. Había combatido con una excesiva dosis de odio visceral hacia su contrincante. Pero lo cierto era que sus pies habían tropezado con “algo” puesto a propósito para que perdiera el equilibrio y descuidara la guardia.
Sus servidores intentaban rellenar el agujero con tiras de ropa para evitar la salida de la sangre sin conseguirlo. La hemorragia era imposible de atajarla, y para colmo no cesaban aquellos horrendos dolores que le paralizaban las extremidades. Sabía que a cada instante que pasaba, su vida se le escapaba para seguir el sendero de la eternidad.
A pesar de sus sufrimientos, podía ver en el otro lado del claro a su contrincante celebrando su victoria con vino y chanzas dirigidas al moribundo, riéndose jocosamente con sonoras carcajadas. El triunfo bien valía un buen brindis. Para el Conde derrotado más grave que aquella herida, que acabaría abriéndole las puertas del cielo o del infierno, era la humillación de aquella derrota. Su honor manchado, su nombre ultrajado y su estirpe maldita. Todo ello a manos de un advenedizo de tres al cuarto, autor de toda clase de atrocidades en aquellas tierras.
El Conde era el último descendiente de una noble estirpe que siembre tubo que debatirse entre la calumnia y la traición de aquellos que ambicionaban sus honores y posesiones. En esa lucha constante por su posición en la Casa Real, habían sucumbido los mejores varones de la familia. A él, en concreto, se le habían atribuido unas acciones traidoras y cobardes en el campo de batalla, de las que decían haber testimonios de las mismas. Era difícil de creer tal calumnia sabiendo de su vida recta y honorable. Durante las guerras sangrientas en la frontera contra los invasores, corrió mucha sangre por ambos lados que regó los campos de batalla. El Conde, durante las primeras escaramuzas, fue un bravo y peligroso combatiente que destrozaba sin piedad a sus enemigos. Sobradamente era conocida aquella cabeza de dragón que coronaba su casco. Era la enseña de su estirpe que lucían en corazas y pendones. Pocos se atrevían a plantarle cara en la batalla, sabiendo de destreza y bravura.
Pero en la gran guerra, en la gran batalla final fue víctima de una traición ruin y rastrera. Al poco tiempo de entrar en combate, un grupo de jinetes de sus mismas huestes le rodearon como si quisieran protegerle del enemigo. Antes de que pudiera averiguar sus verdaderas intenciones, noto que algo pasaba por su cuello y tiraba de él con fuerza. Todo paso con tanta rapidez que no pudo reaccionar. Lo derribaron del caballo, arranco el casco de la cabeza y le golpearon con fuerza hasta que perdió el sentido. Recuperó la conciencia cuando la batalla ya había finalizado, hallándose lejos de ella y atado a su montura que pacía plácidamente. Después de liberarse tornó con sus huestes. Nunca supo quienes fueron sus atacantes
Un puñado de caballeros, jurando sobre las Sagradas Escrituras, le acusaron de huir de la lucha en el momento de mas confusión en la batalla. Eran acusaciones graves en aquellos tiempos, pero totalmente falsas. Todos sus fieles amigos y servidores lo sabían, porque conocían bien a quien las había propiciado. Era aquel maldito caballero que había salido triunfante del duelo. Cuando el Conde estaba ausente en las guerras de la frontera, aquel caballero invadió su castillo amparándose en el poder que le otorgaba Pendón Real. Fue una acción mas propia de piratas que de caballeros, ultrajando la Casa Condal. Capturaron a sus dos hijas y a su esposa, siendo violadas una tras otra por el malvado caballero. Luego, sin permitir que usaran vestimenta alguna, las montaron en una carreta y las pasearon por todos pueblos cercanos al castillo. Las gentes, sabedoras de la humillación por la que estaban pasando sus señoras, y fieles a la Casa del Conde, intentaron cerrar puertas y ventanas, pero las casas que lo hacían eran quemadas. La mayoría huyeron al bosque para que los soldados del caballero no les obligaran a presenciar tal tropelía.
Este siniestro personaje, apareció unos años atrás por el condado arropado por unos pocos soldados mercenarios sin escrúpulos, enarbolando las enseñas reales. Se apodero del pequeño castillo abandonado de Colinas Negras, convirtiéndolo en una fortaleza inexpugnable donde, según se contaba, el vino animaba en demasía las noches de unos soldados, abusando de mujeres traídas al castillo a la fuerza, y deshaciéndose de ellas después. Todo estaba permitido entre aquellas paredes. A pesar de que todas aquellas historias eran conocidas por nobles y plebeyos, se veían impotentes ante el poder de aquellas despiadadas uestes que actuaban con toda impunidad.
Los que conocían sus andanzas en la Corte, contaban que era un personaje mujeriego, osado y audaz. Fue armado caballero por el Rey, gracias a la “influencia” de la Reina, según se decía, en pago a unos servicios prestados en su alcoba. Ahora, aquel caballero se proponía abolir la estirpe del Conde, aprovechando que era el último varón de la saga. Su meta era apoderarse de todos sus títulos y posesiones.
Según las leyes, el Conde debía ser retado a un duelo a muerte por el caballero para demostrar la inocencia o culpabilidad de uno de ellos: el vencedor. En el caso de que el caballero fuera el vencedor se demostraría su discutida inocencia, haciéndose cargo de todos los bienes del difunto. Todo había transcurrido como aquel execrable ser había planeado. Ya solo era preciso esperar la muerte del Conde y tomar su castillo y sus posesiones en nombre de la ley.
El moribundo se acercaba cada vez más al final. De pronto un rayo de luz blanca iluminó su rostro sin que nadie se percatar de ello. Este miró hacía el lugar desde donde brotaba la luz. Era como si se hubiera abierto una ventana en el cielo. En ella vio asomado el rostro de su difunto padre: el conde Brutas. Aquella visión solo podía ser fruto de su delirio. Su progenitor también había sido un gran guerrero, muerto a traición en las guerras territoriales. Sus enemigos, después de muchos intentos, se dieron cuenta que solo podrían abatirlo de esta forma. Algunos Nobles ambiciosos pagaron a un numeroso grupo de mercenarios para que hicieran el trabajo.
Todos sabían que era la única forma de luchar contra los Montesfiero y eliminarlos.
Desde lo alto, con voz dulce y la sonrisa en los labios, su padre le decía:
—No te aflijas hijo mío, porque tu enemigo morirá antes que tu.
No comprendía el significado de aquellas palabras. Era imposible que aquel hombre, tan sano, bebiendo y riéndose entre sus fieles muriera antes que él, que se le escapaba la vida por momentos. Cuando iba a implorar la solución a tal acertijo, vio que una segunda figura se asomaba. Era el hermano de su padre, su tío Rublas. Este había sido un caballero excepcional, muy diestro en el manejo de la maza y la espada. A pesar de que intentaron derrotarlo por todos los medios, ninguno de sus rivales vivió para contarlo. Sus enemigos le temían como si de la peste negra se tratara. Por ello tubo que morir también a manos traidoras. En una emboscada, planeada por quienes le odiaban, fue cogido a traición y no tubo ni la mas mínima posibilidad de defenderse. Lograron acorralarlo en una pequeña garganta, sepultándolo con gruesas piedras hasta que falleció. Una vez más se había cumplido el fatal destino de los miembros de la familia. Rublas, también sonriente, le comunicaba con dulces palabras otra parte de aquel acertijo:
—Tu enemigo luchara contra tu semblanza y será derrotado.
El Conde, con la mente embotada por el dolor, no acertaba a descifrar aquel enigma celestial. Solo aquellos santos varones tenían la respuesta. Miro de nuevo hacia la luz para implorarla y un nuevo rostro se había sumado a los otros dos. Esta vez era el rostro de su abuelo, el Conde Sortas, muerto en Jerusalén durante una de las Cruzadas por manos infieles. Fue un diestro luchador que marchó a las Cruzadas con la escolta del Rey. Pronto los Sarracenos conocieron el poder de su brazo y el filo de su espada. Pocos cruzados causaban tantas bajas como él. En la puerta de su tienda de campaña, se alineaban los pendones infieles arrebatados en batalla a sus dueños por aquel coloso. Pero en su ultimo combate, una saeta sarracena se le clavó en el corazón atravesándole la armadura por la espalda. Todos estaban de acuerdo en que aquella flecha infiel había sido disparada demasiado cerca. Se rumoreaba que aquella saeta fue comprada con oro cristiano, o disparada por manos conocidas por el noble.
Con la misma dulzura que sus predecesores, pronunció las últimas palabras que cerraban el enigma:
—Pronto estarás entre nosotros, triunfador, con tu nombre limpio y padre de un varón que prolongará nuestra estirpe.
Poco podría hacer él allí, acostado encima de la hojarasca con aquel agujero mortal en su vientre, para lograr que se cumplieran las predicciones de sus ascendientes.
De pronto se escucho un trueno acompañado de un fuerte viento que silbaba entre los árboles del bosque. Todos quedaron asombrados con aquel fenómeno, puesto que el cielo estaba azul y sin una sola nube. Esta vez si que vieron todos como el rayo iluminaba las piezas de la armadura del Conde, apiladas en desorden junto al moribundo. A partir de aquel momento todas las piezas, una a una, se fueron ensamblando, cobrando vida como si alguien invisible estuviera en su interior. Todos los presentes se quedaron atónitos ante tal prodigio. Cuando todas las piezas estuvieron en su sitio la espada, que estaba caída en el suelo, salió volando por los aires hasta ajustar su empuñadura entre los dedos del guante de la mano derecha. La armadura, poniéndose en pie, se dirigió hacia el caballero. Los ojos del dragón se iluminaron. Sin mediar ningún tipo de sonido apuntó con la espada al pecho del vencedor retándole a un nuevo combate de Honor.
Su rival, ebrio de vino, tomo tal acontecimiento como una aventura más, un tanto insólita pero divertida. Estaba seguro de que con un mandoble resolvería aquella situación, desmontando la armadura. Después de unas cuantas chanzas al respecto, el caballero tomo su espada y ataco con saña a su extraño rival. Aquella armadura, vacía en sus interior, respondía a sus golpes con una destreza inigualable. Asestaba los golpes con la fuerza de tres caballeros, sin dar tregua a su enemigo quien notaba que, a cada golpe, aquella fuerza se incrementaba. El combate era cada vez más dramático y desigual. A pesar del cansancio, el caballero no perdía la esperanza de que, en un descuido de aquella armadura encantada, le asestaría el golpe definitivo. Pero “aquello” parecía tener ojos por todas partes, parando cualquier golpe y respondiendo cada vez con más energía. El caballero, extenuado e impotente ante la lucha desigual, fue cediendo poco a poco hasta que, en un lamentable descuido, fue derribado al suelo, sudoroso y extenuado.
La armadura se colocó a horcajadas sobre el vencido y hundió su espada en aquel pecho jadeante. Atravesó el peto y las mallas para partirle el corazón en dos trozos. Con una mueca grotesca, y entre violentas convulsiones, el caballero abandonó el mundo de los vivos para caer en brazos de la Parca. Aquel ser egoísta, ambicioso y mezquino, que minutos antes escarnecía a un moribundo Conde ultrajado, le precedía en aquel último tramo de la vida, pero quizás con otro destino. Todos eran testigos, con el asombro en sus ojos, del desenlace de aquel trance.
La Armadura se giro, camino hasta los pies del Conde moribundo y levanto la espada apuntando al cielo. Desde lo alto una voz pronuncio estas palabras:
—Tu honor está intacto. Tu mujer ha parido un hijo varón tuyo, concebido antes de ser violada, y que perpetuará tu estirpe.
Una vez pronunciadas estas palabras, la luz que guiaba la armadura se fue apagando. La armadura clavó la espada en el suelo y sus piezas, que habían sido ensambladas misteriosamente, cayeron al suelo. En la empuñadura de la espada lucía con intensidad el escudo heráldico de los Montesfiero.
Las predicciones de aquellos Santos Varones se habían cumplido una a una. Con la alegría de ser padre de nuevo, y esta vez de un varón, cerró los ojos lentamente mientras su rostro alcanzaba la paz y su cuerpo el reposo eterno. Al abrirlos de nuevo quedó gratamente asombrado. Allí abajo, en el claro del bosque, estaba su cuerpo sin vida, su espada y su armadura. Más allá el cadáver de aquel innoble enemigo, que había pretendido poseer sus bienes. Ahora no le guardaba rencor. Le había perdonado porque él, a partir de aquel momento, disfrutaría de la paz eterna, acompañado por sus tres nobles parientes, mientras que aquel bravucón viviría por siempre entre tinieblas, purgando sus fechorías.
Según esta escrito en los libros de historia del lugar, aquella armadura maravillosa y la espada justiciera, después de aquel trance, jamás fue usada por ser alguno. Se guardó en el castillo de los Montesfiero como una santa reliquia de la familia, adorada por todas las gentes del lugar. Hoy aún sigue allí, expuesta en una vitrina de cristal, en la capilla propiedad de los actuales descendiente directos de aquel Conde. Nunca jamás nadie intento manchar el buen nombre de la casa, respetada gracias al prodigio de la armadura encantada a través de los años. Y allí seguirá por los siglos de los siglos.
Del libro "CUENTOS FANTÁSTICOS PARA ADULTOS" de V. Novellón
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