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 LA CASA DE LA MONTAÑA

 

 

Desde el día en que Susana regresó de su último viaje su vida cambió por completo. Ahora se cumplen cinco años de aquel suceso. A simple vista daba la impresión de ser una muchacha corriente, un tanto frágil, pero esto solo era en apariencia porque la realidad era otra. Era una aventurera solitaria, ávida de nuevas emociones en cada viaje que hacía a lugares insólitos y desconocidos, y con mucha vitalidad. Desde entonces, en una fecha concreta, su cuerpo y su mente padecen extraños y dolorosos síntomas. Son como intentos de aflorar una personalidad contenida en el cuerpo de la muchacha. Dormía poco, y cuando lo lograba tenía terribles pesadillas, llenas de horribles imágenes en las que el fuego y una soga lista para ahorcar a alguien siempre estaban presentes. Era difícil de explicar este fenómeno a cuantos le rodeaban y se preocupaban por su salud. Año tras año todo aquello se repetía.

 

Su amiga Amalia, muy introducida en temas esotéricos, diagnosticó que en su cuerpo y en su mente habitaba algún ente maligno que le producía aquellos trastornos anuales. Dado lo extraño de su última aventura era una posibilidad a tener en cuenta. Como último recurso, puesto que la medicina no conseguía nada positivo, Amalia propuso una visita a un viejo amigo, profesor de muchas cosas y con una increíble experiencia en el campo esotérico. El Profesor Serra, que así se hacía llamar aquel personaje, era un tanto peculiar, con una imagen muy distante a la imagen tópica de los investigadores de lo extraño. Se podía decir que su apariencia estaba entre Papá Noel y un entrañable abuelo. Lo mas importante y destacable era que inspiraba paz, bondad y seguridad con su trato. Vivía en una casa rústica, alejada de la gran urbe. Era su vivienda, su despacho, su museo y su laboratorio. Todo el conjunto estaba rodeado por un espléndido jardín repleto de flores con infinidad de colores y aromas.

 

Encontraron al Profesor entretenido con el cuidado de sus rosales. Después de las presentaciones de rigor pasaron al despacho, una habitación repleta de estanterías llenas de libros, documentos por todas partes y cachivaches de todo tipo, y donde el orden era una utopía. Sobre la mesa de despacho, como en todos los demás muebles, reinaba la anarquía total. Saboreando un aceptable café, pusieron al Profesor al corriente de aquel enigma que estaba torturando a Susana. La historia ocurrió en el último viaje que hizo la muchacha a un lugar de las montañas llamado Pico Alto, un lugar de difícil acceso que no escaparía a su curiosidad. El plan consistía en un paseo por los senderos mas rebuscados de aquellos lugares con su pequeño vehículo todo terreno, disfrutar de los parajes que se encontrara a su paso, acampar en un lugar adecuado para pasar la noche y regresar al día siguiente al pueblo. En un punto de aquel tortuoso y estrecho camino que recorría, encontró un gran cartel, donde se informaba a los viajeros de que, en la próxima bifurcación, el camino de la izquierda estaba cortado. Cuando llego al lugar, unos troncos cruzados impedían el paso a los viajeros, sobre todo a los vehículos. Susana no hizo caso de la prohibición, con el todo terreno sacó los troncos como pudo y entró en el camino. Estaba claro que nadie en mucho tiempo había pasado por allí. Recorrió un largo trecho con dificultad hasta que al salir de una curva muy cerrada cesó la maleza y se encontró con un precipicio. Un saliente en la roca, bastante amplio para caminar por el, conducía a una plazoleta al pié de un pico de la montaña y en ella se podía ver los restos de una casa de piedra quemada y abandonada.

 

La noche anterior había llovido bastante pero, a pesar de que había amanecido con un sol radiante y un cielo despejado, al paso de las horas las amenazadoras nubes habían cubierto la montaña. Empezó a llover y Susana, viendo que escaseaba la luz diurna, tubo la idea de abandonar el vehículo con su mochila para guarecerse dentro de las ruinas de la casa. Una vez dentro estuvo apunto de desistir ante el panorama que presenciaba. El techo, a consecuencia del fuego, estaba medio derruido. Apenas podía proteger a nadie de la lluvia. Pero la muchacha vio una especie de cueva al fondo y, ya que estaba allí, decidió intentar pasar la noche dentro de ella. Adecentó un poco el lugar, extendió su saco de dormir y se preparó algo de comer. Mientras comía repaso con la mirada todo lo que le rodeaba. Al fondo una puerta alta daba paso a la casa. En lo alto había una gruesa argolla de hierro anclada en la piedra. Techo y paredes estaban ennegrecidos a causa del fuego que había destruido el lugar. En el suelo se podían apreciar fragmentos de vidrio de botellas o algo parecido. Solo la pequeña cueva se había salvado de la destrucción. Una vez cenada, viendo que la lluvia no cesaba, decidió acostarse. Antes de apagar la linterna contemplo las paredes de la cueva, repletas de extraños símbolos desconocidos. En lo alto, dentro de una grieta de la roca, pudo apreciar un destello metálico de un objeto incrustado en la cavidad. No pudo resistir la tentación de arrancarlo con su cuchillo y ver que era. Una vez fuera de su emplazamiento, vio que era un medallón de oro con una extraña inscripción en su adverso. La leyó con detenimiento y al terminar noto que aquella joya estaba excesivamente caliente. Atribuyó aquel fenómeno al tiempo que llevaba incrustada en la piedra, reaccionando al calor de sus manos. Al acabar de leer la  inscripción notó un escalofrió que recorrió todo su cuerpo, al tiempo que un malestar se apoderaba de ella. Lo atribuyó a la mojadura de la lluvia y la reacción de la comida que había ingerido. No le dio más importancia a la cosa, guardó el medallón en su mochila y se puso a dormir. Allí tuvo su primera pesadilla. La casa estaba ardiendo por completo. De la argolla estaba colgado con una soga el cuerpo de una mujer muerta que le estaba mirando fijamente al tiempo que levantaba sus brazos hacía ella. Se despertó bruscamente pero todo estaba como antes. Seguía lloviendo copiosamente.   

 

Por la mañana regresó al pueblo. Preguntó sobre aquel lugar y no obtuvo respuesta alguna. Las gentes, asustadas, se santiguaban y seguían con sus quehaceres sin contestarle. Recurrió al párroco y este, después de santiguarse, respondió a sus preguntas. Aquella casa era conocidaza como “La casa de la Bruja”. Era un lugar maldito donde, muchos años atrás, había vivido una extraña mujer a la que se le suponían practicas de rituales mágicos y demoníacos. Una epidemia de unas extrañas fiebres malignas hicieron que las gentes del pueblo, para poner remedio al mal, culparan a la bruja de todo. La colgaron en la puerta de la casa y prendieron fuego a todo. Una vez consumada tal atrocidad, cortaron el acceso a la casa. Las fiebres remitieron y el párroco de entonces, principal instigador de todo, se volvió loco y se arrojó al vacío desde lo alto del campanario. Aquel suceso causó pánico entre todos los habitantes de aquel pueblo, lo que motivó un sepulcral silencio sobre todo lo ocurrido intentando olvidar todo lo pasado. Al regreso de aquel viaje, apenas transcurrido un mes, Susana empezó a sentir extraños síntomas: nauseas, unos dolores profundos por todo el cuerpo, especialmente en el cuello y la aparición de unas extrañas marcas en el mismo. Estos síntomas se repetían con más intensidad en una fecha concreta. 

 

El Profesor Serra escuchó atentamente toda la historia, tomó la joya que le ofrecía Susana y consultó unos viejos libros. Estuvo un buen rato en silencio, leyendo barios temas e intentando encajar la historia dentro de un contexto, hasta que encontró lo que buscaba. Era un libro que recogía historias rurales de los tiempos de la Santa Inquisición. Hablaba de brujos y brujas, ahorcados y quemados en la hoguera, y de sus conjuros para sobrevivir en espíritu. Después de varias comprobaciones, tomando infinidad de apuntes sobre el texto del libro, el Profesor llegó a una conclusión.

 

Aquella bruja, conociendo su destino a manos de aquellas enardecidas hordas de bárbaros ignorantes, escondió en la cueva el medallón. Con un conjuro sobre la joya su alma quedó en ella atrapada a la espera de que alguien, en algún momento de la historia, cuando los encontrara pusiera en marcha aquel maleficio al leer aquellas palabras grabadas en el medallón. De esta forma su espíritu atormentado, encerrado entre aquellas cuatro paredes, se introduciría en el cuerpo del infortunado para poder salir de allí y convivir junto con el espíritu de la víctima a la espera de tiempos mejores. En el caso de que la víctima muriera, ella tomaría su cuerpo para vivir de nuevo entre los mortales. Por todo esto, en el aniversario de la muerte de aquella desgraciada bruja, se manifestaba produciéndole a su portador los síntomas y señales que padecía Susana.

 

El Profesor Serra estaba convencido de que solo había una forma de anular tal maldición. Lo que estaba latente en el medallón había contaminado a la muchacha. Desprenderse de la joya no solucionaría el problema. Era preciso destruirlo, leyendo la antes inscripción pero al revés. Convencidos  los tres de que aquello podía ser la solución a todo, se desplazaron hasta una fundición de metales situada a pocos kilómetros de aquel lugar. Después de conseguir el permiso de la dirección de la fábrica, desde una pasarela que había cerca de uno de los recipientes que contenía metal líquido incandescente, Susana leyó la inscripción al revés tirando el medallón en su interior. Tuvo que sujetarse firmemente a la barandilla puesto que, al tiempo que se fundía el metal, una extraordinaria fuerza invisible la arrastraba hacia el metal fundido. Concluida la destrucción total la fuerza desapareció y Susana se desplomó en el suelo de la pasarela. El espíritu de la bruja, al igual que su cuerpo, lo había consumido el fuego.

 

A partir de aquel momento la recuperación de Susana fue rápida y satisfactoria. Recuperó su salud y su vida cotidiana de antes. Siguió siendo amiga de sus amigos y nunca más se repitieron aquellos viajes de aventura a lo desconocido. Sobre una mesa del despacho del Profesor Serra, entre la confusión de documentos y objetos de todo tipo, reposa la fotografía de aquel medallón maldito. Una historia más que acrecentaba su ya dilatada experiencia.

 

Del libro "CUENTOS FANTÁSTICOS PARA ADULTOS" de V. Novellón