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Rincón para la lectura - Principal
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LA CASA DE LA LOMA
Fue en un viaje fortuito a un lugar no buscado. Todo pasó cuando estaba disfrutando de unas merecidas vacaciones después de haber publicado mi último libro. Llegado a este punto, siempre aprovecho para viajar y recoger nuevas ideas para otros trabajos. Aquel día recorría aquel camino polvoriento, serpenteante entre montañas, cuando divisé a lo lejos lo que parecía un pueblo y una gran casa en lo alto de una loma. Llegué hasta una bifurcación y sin dudarlo me desvié por el nuevo camino con la esperanza de que me condujera hasta aquel lugar. Reconozco que el paisaje y su entorno me cautivó desde el primer instante. Aquel camino reposaba sobre una alfombra verde de naturaleza, decorada con árboles veteranos, ovejas y vacas en libertad, y un grupo de casas de piedra con sus grises techos de pizarra. Más allá, apartada del pueblo y sobre una elevación del terreno, estaba la gran casa, altanera a pesar de su deterioro, invitándome a visitarla.
Una vez allí, al ver la casa y los alrededores, me enamore de aquel lugar. Tenía algo que no sabía como definir. Notaba algo especial que me empujaba a ser parte de todo aquello. La casa no estaba en muy buenas condiciones. Las puertas no estaban cerradas con llave y en las ventanas y balcones habían bastantes vidrios rotos. Una vez dentro se apreciaba los desperfectos ocasionados por el agua, a causa del mal estado del tejado. Aparte de esto, y con una buena rehabilitación, todo aquello se podía convertir en un hogar acogedor. Al fondo de lo que algún día había sido el jardín surgía de entre la maleza una deteriorada cruz de madera, testigo mudo de un tiempo pasado, señalando que al pie de la misma estaba enterrado un cuerpo. No había ninguna inscripción. No sabía el porque pero no me pasó por la cabeza el tocarla. Fuera quien fuera merecía un respeto y su descanso eterno.
Fue una compra sin ningún tipo de problemas. El Señor Notario, que tenía otorgados los poderes por el municipio para vender aquella propiedad, por fin la había hecho realidad. No hubo regateo en cuanto a la cantidad a pagar. Pero era un buen hombre que, obligado por su natural honradez, se vio en la necesidad de contarme la historia que envolvía aquella propiedad, gracias a la cual nadie pisaba aquel lugar desde hacía mucho tiempo.
Raimundo Valdés nacido en aquel valle y era propietario de buena parte de aquellas tierras, lo que lo convertía en el más acaudalado del pueblo. No era un hombre agraciado con belleza física pero era afable y con muy buenos sentimientos. A pesar de esto era envidiado por casi todos, lo que desembocaba en todo tipo de chanzas sobre su fealdad, muy crueles cuando él no estaba presente. Mas de una mujer del pueblo había estado dispuestas a casarse con él, sobre todo por su posición económica. Pero Raimundo no aceptaba ninguna proposición de matrimonio porque adivinaba las oscuras intenciones de aquellas féminas egoístas.
Para vivir en paz y lejos de aquel mal ambiente que le estaba rodeando se hizo construir una casa, lejos del pueblo y en lo alto de una loma. Después de un tiempo de estar viviendo solo en ella un buen día, de regreso de uno de sus viajes comerciales, llegó al pueblo acompañado de una hermosa mujer. Se había casado y era su esposa. Algo había surgido entre los dos que los había llevado al amor y al matrimonio por encima de todo. Miriam, que era el nombre de la dama, lucía una belleza especial muy diferente a la de las mujeres de aquel pueblo.
Siguiendo las sugerencias de su marido no bajaba al pueblo para nada. Esto dio a pie a un serie de malintencionados chismorreos. Se empezó a comentar que cuando Raimundo se ausentaba, por cuestiones comerciales, su esposa, la bella Miriam, se quedaba sola en la casa, abriendo las puertas a otros hombres para retozar juntos. Las instigadoras de todos estos comentarios no eran otras que las mujeres que Raimundo había rechazado en su momento. No concebían que alguien se hubiera casado con aquel hombre rico y feo si no era por su dinero. En el fondo de todo esto estaba el rencor y la venganza de unas despechadas. Pero hay cosas que comienzan como un juego y se convierten en algo maléfico y destructivo. Tres hombres del pueblo se subieron al carro de esa venganza, los hermanos Corbacho, que se propusieron hacer realidad la ruptura de aquel matrimonio. Eran gente violenta, rencorosa y envidiosa, capaces de hacer daño solo para divertirse. Todo el pueblo sabía de sus “habilidades” con aquellos que no simpatizaban con ellos. No había más remedio, a pesar de todo, que seguirles la corriente para no salir perjudicados de alguna manera. Fueron ellos los que aumentaron la intensidad y la escabrosidad de las habladurías malévolas, asegurando que la bella Miriam había tenido relaciones con los tres. Para dar consistencia a sus afirmaciones, una noche consiguieron llegar a la casona sin ser vistos, robaron de un tendedero prendas íntimas de Miriam con sus iniciales bordadas y las mostraban como un trofeo otorgado por la dama después de sus excelentes servicios. Esto daba pie a falsas explicaciones, risas y bromas dentro de las veladas de taberna protagonizadas por los tres desaprensivos y sus acólitos.
La casualidad quiso que en una de esas noches de vino, juego y chanzas a costa de Raimundo, este apareciera por la taberna con la intención de hablar con el tabernero. Los hermanos Corbacho aprovecharon la situación para meterse con él, haciéndole sabedor de lo que se contaba en el pueblo sobre su mujer. En principio no dio crédito a todo aquello que le contaban. Eran habladurías de gente ociosa sin más importancia. Pero cuando le relataron las andanzas de ellos con su esposa, y le mostraron las prendas íntimas de la misma, montó en cólera y salió de la taberna en dirección a su casa.
Entro en su casa como una tromba sin mediar palabra alguna con su esposa que lo esperaba frente a la chimenea del saló. Raimundo cogió su escopeta de caza y la cargó con dos cartuchos. Cuando Miriam le pregunto que le pasaba, sin decir nada apuntó el arma hacia ella y la disparó una vez. Su mujer se desplomo en el suelo con una herida mortal en su pecho por la que empezaba a manar abundante sangre. Viendo el cadáver de su amada comprendió que lo que acababa de hacer era una horrible locura. Sin pensárselo dos veces cogió la escopeta y colocándose el cañón en la boca la disparó. Los que estaban reunidos en la taberna salieron a la calle para ver como corría aquel desgraciado hacia su casa. Al oír los dos disparos salieron corriendo asustados hacia el lugar de donde procedían. Cuando entraron en la casa presenciaron horrorizados el trágico espectáculo. Los cuerpos del matrimonio, yacían en el salón, sobre un charco de sangre.
Como era costumbre en el lugar, a él, por ser un suicida, lo enterraron en un rincón del jardín de la casa, con una sencilla cruz de madera y nada más. No podía ser enterrado en la tierra santa de un camposanto. Miriam fue enterrada en el cementerio del pueblo, con una modesta losa con su nombre y la fecha de su muerte.
A la noche siguiente los tres hermanos Corbacho, ebrios por el vino consumido para ahogar sus remordimientos, se retiraban a descansar. Vivían en una casa grande en las afueras del pueblo rodeada de varios cobertizos. Allí, frente a la puerta de la entrada, les esperaba una sorpresa. Lo que primero era solo una silueta irreconocible en la penumbra, a medida que se acercaba a ellos se hacía cada vez más visible. Cuando el rostro de aquella aparición se iluminó con la luz de la luna pudieron reconocerla. Era la bella Miriam, vestida con la túnica con la que la habían enterrado y flotando en el aire. Los tres hombres intentaron reaccionar ante aquella aparición. Vieron con espanto como, con los ojos encendidos como tizones y con una extraña sonrisa en su boca, levantó el brazo derecho para señalarlos uno a uno. Al momento los tres cuerpos ardieron como antorchas. El espectro de la mujer señaló la casa y esta ardió también por los cuatro costados. Todo cuanto pertenecía a los tres hermanos ardió por completo, derritiéndose las piedras a causa del intenso y sobrenatural calor. Cuando la gente del pueblo acudió para apagar el incendio solo encontraron un montón de cenizas y nada más. Sobre ellas hallaron unas prendas íntimas de mujer, con una M bordada en ellas, intactas e incólumes.
Los bienes del infortunado matrimonio fueron empleados para restaurar la pequeña iglesia del pueblo y el cementerio. La casa, al no tener el difunto Raimundo familiares vivos paso a ser propiedad del municipio, que intento venderla por todos los medios sin conseguirlo. Mas tarde la puso en manos del Notario de turno que había entonces para que la vendiera rápidamente y a cualquier precio.
Yo estaba convencido de que aquella narración solo era una leyenda local. Historias de los viejos de aquel pueblo sin más importancia. Puesto que, después de todos los trámites, era demasiado tarde para regresar, opte por pasar la noche dentro de mi nueva adquisición para regresar a la mañana siguiente a mi residencia habitual. Ahora era preciso hacer los planos pertinentes y contratar a los profesionales necesarios, para rehabilitar la casa de la loma. Acondicioné un rincón en el primer piso para instalar mi improvisada cama. A pesar de estar un tanto cansado no podía coger el sueño. Creo que fue la excitación de todo lo que había hecho durante todo el día, y pensar en los proyectos que tenía para la casa, lo que me impedía dormir. Después de un buen rato desvelado me levanté. Mientras encendía un cigarrillo me acerque a una ventana mirando a través de unos cristales rotos y sucios por el paso del tiempo. A lo lejos, iluminadas por la luz de la luna, estaban las casas del pueblo. El reloj del campanario de la iglesia rompió el silencio de la noche al dar las doce. Después de sonar la última campanada un extraño sonido, que provenía del extremo del jardín, me hizo mirar hacia allí. La figura de un hombre flotando en el espacio recogía flores silvestres mientras canturreaba una melodía que no conocía. No salía de mi asombro ante tal visión. Estaba viendo a un fantasma. Con un pequeño ramo en la mano aquel espectro empezó a descender por el camino. A pocos metros de la casa se paró. Apenas pasados unos segundos otra figura femenina, flotando y vestida con una túnica, ascendía por el mismo camino. Cuando los dos espectros se encontraron, él le dio el ramo de flores silvestres, se cogieron de la mano y se dirigieron hacia el cementerio del pueblo. No necesitaba mas datos para comprender que había presenciado el encuentro entre dos enamorados difuntos. No podían ser otros que el feo Raimundo y la bella Miriam. Mis ojos se llenaron de lagrimas. Sentí una extraña, profunda y hermosa emoción al haber presenciado aquella tierna escena, una muestra de que el verdadero amor sobrevive a la muerte del cuerpo
El no haber dormido en toda la noche no me importaba. Ahora solo pensaba en el futuro de aquellas almas enamoradas. Era preciso evitar la rehabilitación de aquel lugar para que nada cambiara en aquellos encuentros nocturnos.¡Al Diablo con la rehabilitación!. Lo cierto era que no precisaba de aquella casa para vivir. Aquella misma mañana volví al Notario para dejar las cosas bien atadas. Yo seguiría siendo el propietario de aquellas tierras pero, por nada de este mundo, nada cambiaría en la casa de la loma. Todo debía mantenerse tal como estaba, sin variar en lo mas mínimo, por los siglos de los siglos.
Una vez solucionados todos los asuntos abandone el lugar. Me aleje de allí con mi coche sintiendo dentro de mí una paz y una alegría, jamás experimentadas, sabiendo que había hecho lo correcto. Observe por última vez, a trabes del espejo retrovisor, la casa de la loma. Ya encontraría en otra lugar del planeta algún sitio donde aplicar los proyectos que había forjado para aquella propiedad. Pero de lo que estaba seguro era que con toda aquella historia se podía escribiría un libro, un buen libro escrito por mí: Ricardo Valdés.
Del libro "CUENTOS FANTÁSTICOS PARA ADULTOS" de V. Novellón |