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  LA CASA DE LAS PINTURAS

 

 

Aquel verano, largo y seco, hacía un calor sofocante en el pueblo, y en todo el valle. Este, al estar protegido por las altas montañas, se acentuaba el efecto caldera que asfixiaba durante el día. Por las noches la temperatura bajaba un poco, no mucho, lo que daba un respiro. En la mente de todos estaba el deseo de que lloviera, o hiciera viento, o las dos cosas. Lo que estaba claro era que los deseos, incluso los más necesarios, no siempre se hacen realidad  

 

Sus pocos habitantes eran de carácter humilde, bonachón y apacible, que vivían en casas encaladas, blancas como la nieve, con sus techos de teja rojiza. Las puertas y ventanas ostentaban unos tonos verdes y azules, que destacaban en el mar blanquecino de paredes. Era un paisaje habitual y tradicional que se iba repitiendo a lo largo de generaciones y generaciones.

 

Según documentos antiguos, las primeras casas que se construyeron en el lugar, fueron para que sus habitantes pasaran inadvertidos a los ojos de las hordas invasoras del país. Claro que por aquel entonces no usaban la decoración actual, siendo camufladas con los colores del terreno donde estaban. Pero también cuentan esos documentos que lo lograron, padeciendo una especie de aislamiento que preservo la pureza de muchas de sus tradiciones.

 

Como centinela vigilante que otea el horizonte se alzaba el austero campa­nario de la única iglesia que se mantenía en pie, la de San Sebastián, dando albergue a una vieja campana, la Luisa, y un estropeado y oxidado reloj, cuyas agujas marcaban siempre las seis y media. En su día, un rayo destructor de tormenta se encargó de paralizar su maquinaria, que nunca fue reparada.

 

Arrancando del mismo pueblo, en dirección a lo alto de la montaña, había un camino cuyo trazado curvo conducía a rodear un descomunal pliegue rocoso. Detrás, a pesar de que desde el resto del valle no era visible, se alzaba una gran casa, cuyo aspecto exterior no tenía nada que ver con las otras casas del valle. En su diseño se notaba la influencia de un alma de artista, caprichosa y extravagante, y con poca visión para lo armónico y elegante en cuestiones de arquitectura. Era imposible atribuirle ni siquiera un pedazo de estilo constructivo, sobre el que basar su fecha de construcción. Los mas avispados del lugar hacían bromas con la casa, diciendo que la había construido un arquitecto borracho de aguardiente. Antiguamente había sido albergue de una orden hospitalaria, desaparecida en la noche de los tiempos. Todos los lugareños sabían de la existencia de sus ruinas tras el macizo rocoso.

 

La casa estaba rodeada por un amplio porche, decorado con infinidad de caprichosos y complicados adornos florales, esculpidos en piedra, que en­marcaban con profusión puertas y ventanas, coloreados con tonos chillones. En los espacios lisos de las paredes unos artistas de la pintura reflejaron su alocada y diabólica creatividad, pintando paisajes extravagantes y fantásticos, y figuras de animales exóticos, ahora un tanto desmejorados por la erosión del tiempo. Toda la propiedad estaba cercada por una verja de hierro, hecha por alguna mente artesana que no guardaba los estilos clásicos de la arquitectura. Era como un delirio plasmado en el hierro de sus barrotes. En el espacio que había entre la verja y la casa, en otros tiempos había existido un espléndido jardín, del que ahora solo había algunos vestigios del mismo.

 

Frente a la puerta principal, por la que se accedía la casa, se hallaban los restos de lo que había sido una magnífica fuente, sobre la que aún se alzaba la representación en bronce de un bello cuerpo de hombre, desnudo, de larga melena y luciendo en su frente unos pequeños cuernos que asomaban de entre su flequillo desaliñado. Era la representación de un ser diabólico indeterminado. Aquella especie de palacete exótico, y quizás esotérico, escondido a los ojos de todos, era conocido en el valle como la “casa de las pinturas”.

 

En el interior de la casa el tiempo se había detenido por completo en las primeras décadas del siglo XX. Su propieta­ria, que todos conocían como la Señora, fue una estrella del cinema mudo, que se eclipsó cuando este daba sus primeros pasos hacía el sonoro. Pero donde mas éxitos había cosechado fue en los escenarios de los teatros de muchos países, interpretando infinidad de obras musicales del momento, destacando por encima de todas una llamada “Fausto”, cuyo tema era una mujer que consigue enamorar al propio Diablo y le vendía su alma.

 

Nunca en sus años de fama estuvo presente el matrimonio, o esto era lo que todos pensaban. Solo deseaba disfrutar de todo lo bello que el mundo le ofrecía, sin empañar su carrera con los problemas de convivencia, inevitables en toda unión. ¿Por qué estropear aquellos maravillosos instantes de éxitos?. Pero un infortunado accidente de automóvil la separó de los escenarios para siempre. En esos momentos de depresión, donde es necesario todo apoyo, sus “incondicionales” amistades en los tiempos dorados la abandonaron, tan pronto como desapareció del mundo artístico. La Señora, sola y dolida por su soledad, optó por desaparecer de aquel ambiente para siempre, refugiándose en un lugar lejano y desconocido.

 

Escogió aquel valle entre montañas para construirse una casa y vivir en paz con su soledad. Su única posibilidad de comunicarse con el exterior era un viejo teléfono, desconectado para no recibir llamadas, que la ponía en contacto con el pueblo en caso de extrema necesidad. No siempre había sido así. En los primeros años de su estancia en el valle, un hombre apuesto, de larga melena y muy bien vestido, la visitaba atravesando el pueblo montado en un gran coche blanco. Se supo que tenían la intención de casarse, y el pueblo acogió muy bien la idea. La boda sería en la vieja ermita de la Virgen Negra, en la cumbre del pico Ángel, en lo alto de las montañas. Se preparó tal acontecimiento para que ocurriera en la más estricta intimidad, a pesar de que todos sus vecinos estaban ente­rados del evento. Pero la desgracia seguía golpeando con fuerza a la Señora. La cruel realidad fue que su futuro y apuesto marido no apareció nunca mas por allí. Aquel día, el de la boda, fue la última vez que sus vecinos la vieron fuera de la “casa de las pinturas”. A partir de aquel momento el pueblo suscribió un pacto de silencio con respecto a la mujer y su morada. Solo se la podía ver en su jardín, ataviada con ropas de su época de esplendor, y con el rostro oculto tras un velo.

 

Ni siquiera Julián, un viejo que le servía de jardinero, y para otros menesteres demasiado duros para ella, le había visto nunca la cara después de aquel desdichado día. Al viejo, que llevaba muchos años con ella, siempre le parecía que la Señora era una mujer joven, a pesar del paso de los años, que si le habían hecho mella en él. Las mentes más calenturientas del lugar hablaban de un pacto con el Diablo, cuando se hablaba de las opiniones del viejo jardinero. Lo que se daba por sentado era que la Señora de la “casa de las pinturas” era una rica, extraña, extravagante y loca mujer, que había hecho realidad uno mas de sus muchos caprichos.

 

Según contaba Julián, una de sus aficiones favoritas era escuchar las melodías de sus representaciones en un desangelado gramófono, que había perdido la capacidad de reproducir fielmente el sonido de los discos. Al viejo, a veces, le parecía oír sollozos cuando escuchaba la música. Una vez se atrevió a subir hasta la casa en plena noche y mirar por una ventana a escondidas. Dentro sonaba una de aquellas rancias melodías. Desde una de las ventanas pudo ver a la Señora danzando, casi desnuda, y jugueteando con unos velos que le ocultaban el rostro. A pesar de los años que la mujer llevaba viviendo en el valle, lo que tenía delante era el cuerpo de una mujer joven y espléndida, que no se correspondía con la edad que se le atribuía.

 

Casi todos los días releía incansablemente los libretos de las obras que había interpretado, recitando sus frases como si estuviera representándolas en un escenario imaginario. En otros momentos más íntimos sustituía sus lecturas cotidianas por la de antiguas novelas eróticas, quizás para mantener su sexualidad viva. Pero, a pesar de ello, nunca se supo que retozara con ningún hombre del pueblo, ni de fuera de él.

 

Pero, en su último año de vida, la vida de la Señora había dado un giro total. Nadie sabia que por las noches recibía la visita de un extraño personaje, que llenaba sus horas nocturnas de soledad. Ahora la Señora deseaba fervientemente, minuto a minuto, la puesta del sol para que su amante una noche más, la arrastrara hasta aquella nueva existencia repleta de satisfac­ciones y placeres salvajes.

 

Aquella apacible noche se vio perturbada por un súbita y fuerte tormenta que sumió el valle en una extraña oscuridad. La lluvia caía con fuerte intensidad como nunca se conociera en el valle. Cegadores relámpagos, seguidos de ensordecedores truenos, dejaban paso la fuerza implacable del rayo que azotaba las cumbres. El ambiente era tenebroso y sofocante. La Señora, totalmente desnuda, presenciaba el espectáculo desde el porche. No temía ser vista por sus vecinos, puesto que en una noche como aquella nadie hubiera sido capaz de salir de su casa. Estaba ansiosa esperando la aparición de su amado en la que sería su última noche en el mundo de los vivos.

 

De entre la torrencial lluvia apareció un bello cuerpo de hombre, desnudo, de larga melena y luciendo en su frente unos pequeños cuernos que asomaban de entre su flequillo desaliñado. La Señora, mirándole a los ojos, sintió una vez más la intensidad de aquella penetrante mirada que se apoderaba de su voluntad. No era necesaria palabra alguna. Los dos cuerpos se fundieron en un fuerte abrazo, y sus bocas se juntaron para besarse apasionadamente. Era el principio de una larga noche para el gozo de los mas recónditos placeres desenfrenado.

 

Al amanecer, cuando empezaba a iluminarse el cielo, la tempestad iba remitiendo, al tiempo que el valle se iluminaba con los primeros rayos solares. En la lejanía iban desvaneciéndose dos cuerpos desnudos, camino de una nueva existencia.

 

Según cuentan las crónicas del lugar, unos días después encontraron las puertas de la “casa de las pinturas” abiertas, y el cadáver de la Señora en su cama, totalmente desnudo y con una sonrisa en los labios. Era el cuerpo de una anciana de avanzada edad, con un rostro sereno que mostraba una muerte placentera. Ni en la casa ni en el propio cadáver se hallaron signos de violencia, así como pisadas en el barro del jardín. Todo estaba en orden a excepción de la escultura de bronce de la fuente que había desaparecido. A partir de aquel momento estaba servido el misterio.

 

Del libro "CUENTOS FANTÁSTICOS PARA ADULTOS" de V. Novellón