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EL EXTRAÑO

 

 

        En una gran ciudad se producen delitos de todo tipo pero, cuando las coincidencias de las pruebas y el modo de cometerlos coinciden en varios de ellos, cabe la posibilidad de que se trate de un o unos delincuentes que los cometen en serie. Este era el caso de unas desapariciones misteriosas que empezaban a ser demasiado frecuentes. Se trataba de prostitutas que ejercían su profesión en el distrito 14, el lugar mas frecuentado por las “chicas del amor”, que era como se las conocía allí. Sus rasgos eran diferentes en todos los casos, salvo en dos características que eran comunes en todas: eran de baja estatura y muy delgadas. El caso se tenían noticias de sus desapariciones pero no se había hallado el cuerpo de ninguna de ellas ni sus pertenencias como ropas, joyas, zapatos y documentaciones que pudieran llevar encima. Desaparecían sin llevarse nada de sus viviendas, ni avisar a nadie y sin coger sus vehículos. En principio se pensaba que habían abandonado la ciudad en compañía de algún cliente que había requerido sus servicios por unos días. Pero pasaba el tiempo y no aparecían ni ellas ni nada que pudiera indicar que estaban vivas y en algún lugar.

       

        Como de costumbre, la policía interrogo a testigos que conocían a las desaparecidas. Hábitos y costumbres, trato con los clientes y las clientas, comportamientos anómalos, clientes que destacaran por algo... Todo era importante para obtener algún indicio donde comenzar una investigación que pudiera conducir al presunto o presuntos autores. De todos los datos recolectados solo destacaba una cosa: la presencia de un extraño personaje que frecuentaba aquellos lugares, y que se le había visto en compañía de algunas de las posibles víctimas. Era alto de estatura y corpulento, un tanto desgarbado y patoso en sus andares, con un rostro extraño y misterioso y de con pelo desaliñado, de color rojizo con mechones blancos. Su nariz era muy pequeña y sus ojos, grandes, de color negro, con una mirada penetrante imposible de aguantar mucho tiempo. Sus labios eran muy finos y nunca se le había visto reírse. Por su forma de hablar daba la impresión de ser extranjero.

       

        La policía se concentro en la búsqueda de aquel extraño personaje sin obtener resultados, a pesar de que se distribuyó con discreción su retrato robot entre las prostitutas, sobre todo las que reunían las principales condiciones para ser una de las posibles víctimas. Se pactó con los medios de comunicación para que existiera, durante unos días, un silencio total sobre los sucesos presuntamente perpetrados por aquel extraño, por si leyera los diarios, escuchara la radio o viera la televisión. Las llamadas se sucedían para denunciar la presencia de aquel extraño ser. Cada vez que un bloque de denuncias llegaban a la comisaría, a los pocos días se denunciaba la desaparición de una nueva prostituta. La lista era demasiado prolífica para esperar una casualidad que llevara a su captura. Se optó por montar un dispositivo policial y poner al alcance del culpable un señuelo que atrajera su atención. Se trataba de introducir por toda la ciudad unas agentes de policía de aspecto parecido a las victimas. Estarían provistas de unos localizadores y un equipo oculto vigilarían sus pasos. Solo era necesario apretar un botoncito de sus colgantes para que todos se pusieran en marcha para protegerlas y atrapar al desconocido extraño.

 

        Una noche, en el barrio Norte, en el distrito 14, en uno de los callejones donde se buscaba y se practica sexo, apareció el extraño sospechoso enfundado en un abrigo que casi le llegaba a los pies, a pesar del buen tiempo que hacía. Susana, que era la agente camuflada en aquel punto, se percato de la aparición. Era una mujer bajita y delgada, con unas formas femeninas muy tentadoras, vestida con ropas adecuadas para mostrarlas al posible cliente. Montaba guardia en un punto intermedio de la calle. A unos escasos veinte metros, doblando la esquina, tenía a sus compañeros camuflados dentro de una furgoneta industrial aguardando su señal

 

        Susana reconoció al hombre en cuanto este enfiló el callejón. Caminando a grandes zancadas el sujeto se acercaba a ella. En cuanto la vio dudo unos momentos y luego se dirigió decidido al encuentro de la mujer. Lo cierto era que aquel personaje imponía, tanto por su apariencia como por su altura. Exploro el cuerpo de la “prostituta” con su mirada penetrante. Hablando con dificultad y con palabras mal pronunciadas solicito sus servicios a lo que ella accedió. Para Susana aquella misión, si llegaba a buen puerto, era una oportunidad de oro. Si el “cliente” que tenía ante si era el culpable de las desapariciones de mujeres, detenerlo supondría un ascenso en su trabajo y era importante no dejar pasar aquella ocasión. Desde jovencita quería llegar a ser una policía por encima de todo. Logró entrar en la academia de la policía, a pesar de los obstáculos y las opiniones de algunos de sus compañeros, y aprobó con muy buena nota. Logró pasar todas las pruebas que le habían puesto y estaba dispuesta a luchar contra todo para ascender como sus compañeros.

        

          El extraño acaricio el rostro de Susana con sus torpes manazas. Siguió con el cuello y los hombros. Ella estaba expectante, presta a apretar el botón para pedir ayuda. Pero, sin que ella se percatara de la maniobra, él le atenazó el cuello con una mano y presiono con tal fuerza que se lo quebró como si aplastara una nuez. La muerte fue instantánea. El cuerpo inerte de la mujer pendía de la potente mano del extraño como si fuera una marioneta. La depositó en el suelo y la desnudó por completo despojándola de todo lo que llevaba encima, incluido las pulseras, anillos, pendientes y el colgante para pedir ayuda. Cogió todo y lo metió en una bolsa que llevaba en uno de los bolsillos del abrigo. Arrastro el cadáver y la bolsa hasta el lugar más apartado y oscuro del callejón. Una vez allí el extraño se acostó de espaldas en el suelo y al lado del cadáver. Se abrió el abrigo mostrando su torso. Estaba desnudo de cintura para arriba y tenía, desde la base del cuello asta la cintura, un extraño pliegue de carne doble semejante a unos enorme labios. Arrastro el cuerpo de la difunta hasta colocárselo encima. Los enormes labios se abrieron mostrando una masa gelatinosa de color rojizo. Introdujo en la enorme “boca” la cabeza de Susana a la que le siguió el resto del cuerpo.

       

        Una pareja salió de un portal situado en el extremo contrario del callejón en donde estaba el extraño medio oculto. Al entrever parte del cuerpo de un hombre acostado en el suelo, y las piernas de una mujer encima de él, entendieron que la necesidad de sexo era tan acuciante que la pareja no esperó a llegar a una habitación. No era la primera vez que en aquel lugar habían visto algo similar. No le dieron más importancia y siguieron su camino ignorándolos.

       

        Apenas pasados diez minutos el extraño había engullido el cuerpo entero de la policía. Se levantó, se abrocho el abrigo, abrió la bolsa donde guardaba las pertenencias de la difunta, saco un recipiente de uno de los bolsillos del abrigo, vertió su contenido en el interior de la bolsa, se guardó de nuevo el recipiente y se alejó un poco. Transcurridos unos cinco minutos la bolsa y su interior se habían convertido en un montón de polvo. Lo esparció con el pie y el extraño se alejó de aquel lugar por el mismo sitio por donde había aparecido.

La estrategia concebida por la policía era buena, pero nadie podía haber prevenido lo que había ocurrido. En aquella ocasión había fallado todo. Tras la búsqueda por todo el sector de la compañera no se halló nada que pudiera dar una pista de lo había pasado en aquel callejón medio oscuro del distrito 14. Al cabo de poco tiempo continuaron las desapariciones de prostitutas de baja estatura y delgadas.

 

Del libro "CUENTOS FANTÁSTICOS PARA ADULTOS" de V. Novellón