Rincón para la lectura - Principal

 

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   JUGUETES PARA LOS NIÑOS POBRES

 

 

 La noche estaba muy fría para estar en la calle, al raso. Pero no tenía más remedio si quería vigilar aquel almacén: su objetivo. Era el deposito de juguetes nuevos y usados, que las buenas gentes habían dado para los niños pobres. Como cada año, en las fiestas de Navidad, los recogían los voluntarios de la parroquia y otras asociaciones. Sus pies casi enterrados en la nieve, estaban perdiendo por momentos la sensibilidad. Desde donde estaba se podía leer muy bien un cartel que decía: “JUGUETES PARA LOS NIÑOS POBRES”. Era una buena oportunidad para lograr un dinero fácil. El plan era muy sencillo: tan solo era necesario esperarse hasta la madrugada, a una hora en que todos estuvieran dormidos, aprovechar la lejanía de las ultimas casas, forzar la puerta de la entrada y cargarlo todo en la furgoneta.

 

Por la mañana lo llevaría todo a Zacarías “El Magnifico”. ¿Cuantos años hacia que se conocían?. Muchísimos. Aquel siniestro personaje compraba toda clase de objetos de dudosa procedencia. Pagaba bien, y eso era lo importante. Pero lo cierto es que Zacarías, bajo el caparazón de ser insensible, se compadecía de la desgracia de aquella sombra de ladrón y pagaba sus botines con generosidad. Pero a él, estando seguro de que el usurero se comportaba de esta manera, no le importaba nada. Precisaba de mas ingresos fuera como fuese. Una vez más, con el dinero que sacara ahora de aquel golpe, sería posible vivir un tiempo económicamente desahogado. Además, se acercaban estas fiestas tan señaladas, donde se gasta más y todos aquellos juguetes incrementaban su valor.

 

Unos años atrás, lo que ahora intentaba hacer, hubiera sido una ofensa a su inteligencia y al prestigio que tenia de excelente ladrón. En sus buenos tiempos, nada se le resistía al gran Magín gracias a su habilidad. Por aquel entonces todo resultaba tan fácil como un juego. Mas que un trabajo era una diversión. Pero hay inconvenientes que no son predecibles, como aquella artrosis que le estaba afectando a sus manos. Había perdido la prodigiosa agilidad de sus dedos, reconocida por todos, remplazada por unos molestos dolores en sus articulaciones que entorpecían sus movimientos.

 

Ahora combinaba su empleo habitual con algún que otro robo facilón para incrementar sus beneficios. Todos lo conocían como el jardinero de la Comunidad, que vivía de un modesto jornal junto a su esposa e hija. Tenía mucho cuidado en ocultar a su familia y a sus vecinos sus “actividades extraoficiales”.

 

Seguía agazapado, dentro de un viejo abrigo, que le daba la apariencia de un indigente desvalido. Cualquiera que lo viera se hubiera compadecido por su lamentable estado, y quizás le diera una limosna. Hasta la policía local, momentos antes, había caído en el engaño, intentando conducirlo a algún albergue para indigentes, desistiendo ante sus reiteradas negativas. Apunto estuvieron de malograr sus planes. Una vez mas había pedido prestada a su amigo Ramón, el “chatarrero”, como agradecimiento a favores obtenidos en otros tiempos, la vieja furgoneta con placas falsas para acarrear el producto de aquella fechoría.

 

Por fin llegó el momento esperado. En las casas más cercanas al almacén no se apreciaba ningún signo de vida. Eran las cuatro y cuarto de la madrugada y todos estarían descansando. Magín empujó aquel trasto con ruedas, con el motor parado para no delatarse, hasta llegar ante la puerta de entrada al local. Echando mano de sus precarias “habilidades”, abrió el grueso candado que le impedía el paso. Sacó la cadena de su sitio con sigilo y abrió la puerta, despacio para que no chirriaran las bisagras. Tubo suerte porque no se escuchó ni el más leve ruido. Una vez dentro del local, con el rayo de luz de su linterna rasgó la oscuridad. Se aseguró de que las puertas y ventanas estuvieran cerradas por completo y accionó el interruptor de la luz. Cuando todo se iluminó, sus ojos se maravillaron ante aquel “espectáculo”. Cientos de juguetes de todas clases estaban depositados en unas improvisadas estanterías, listos para ser repartirlos en la noche de Reyes. Solo tenía que escoger los más caros, cargarlos en la furgoneta y salir tal como había llegado allí.

 

Rebuscando nervioso entre las estanterías, seleccionando sin parar su botín, sin el menor escrúpulo hacia aquellos niños que esperaban el anhelado regalo. Como estaba absorto en su tarea, no se dio cuenta que algunos juguetes empezaron a moverse por si solos. Asustado ante unos ruidos inesperados a su espalda, se giro bruscamente dispuesto a repeler una posible agresión. Pero no podía creer lo que estaba pasando. Todos los juguetes que estaban entre aquellas paredes habían cobrado vida dirigiéndose hacia él, caminando o arrastrándose. Como obedeciendo una orden concreta, se le echaban encima con una inusitada agresividad. Un montón de diminutas manos, de madera, de trapo y de plástico, intentaban inmovilizar sus piernas, cogiendo sus pantalones por todas partes. Coches y vehículos de todo tipo y tamaño se movían, aporreando sus pies y tobillos. Todo cuanto pudiera desplazarse volando atacaba su cuerpo con saña. Aquellos artilugios inertes, que solo la imaginación de los niños conseguían mover, ahora lo hacían por propia iniciativa. Como insectos rabiosos golpeaban y bombardeaban al intruso con malas intenciones. El objetivo estaba bien claro: impedir que sacara botín alguno de aquel almacén. Todo era válido. Proyectiles de todo tipo eran arrojados contra aquel cuerpo humano. Aquel mundo de ilusión se había vuelto loco. Nadie podía imaginar el infierno desencadenado allí dentro en aquellas horas de la madrugada. Rompiendo el silencio de la noche, se escucho unos alaridos desgarradores de dolor y de terror. Una persona, terriblemente masacrada, huía de aquel almacén a toda velocidad, gritando y dando traspiés, abandonándolo todo precipitadamente, aterrada ante lo que estaba pasando.

 

Los vecinos más cercanos al almacén se despertaron sobresaltados por aquel alboroto. Acudieron apresuradamente al lugar de donde procedían tales gritos para comprobar el motivo de todo aquello. Los primeros en llegar hasta el local encontraron la puerta abierta de par en par. En el interior todo estaba en orden y en silencio, tal como lo habían dejado horas antes. Solo las luces seguían encendidas. En el suelo hallaron unos sacos raídos y una linterna.

 

Nadie comprendía lo ocurrido. Estaban convencidos de que se trataba de un robo, pero no faltaba nada. Además de lo hallado en el suelo, encontraron una vieja furgoneta aparcada en la puerta, que nadie había visto antes. Por algún motivo desconocido el ladrón había huido gritando y abandonando sus “herramientas” de trabajo.

 

A la mañana siguiente, unos niños que jugaban en unos lejanos terrenos sin edificar, descubrieron el cuerpo sin vida, de un pordiosero con sus ropas rotas y ensangrentadas. Tenía los pies y tobillos en carne viva. Su cuerpo estaba repleto de quemaduras y heridas sangrantes que, sin duda alguna, le habían causado la muerte. La expresión de su cara era el vivo retrato de un ser que había presenciado algo terrorífico.

 

Se culpó de aquella brutal paliza a una pandilla de gamberros incontrolados, llamados “Diablos rojos”, resultado de una noche llena de borracheras y violencia. Pero este hecho no pudo demostrarse.

 

Todos los delitos son execrables pero, quitar la ilusión a un niño, en aquel lugar, alguien lo pago con su vida.

 

Del libro "CUENTOS FANTÁSTICOS PARA ADULTOS" de V. Novellón