|
|
|
Rincón para la lectura - Principal
Don Julián · El poder de una cólera · El último robo · Juguetes para los niños pobres La armadura encantada · La casa de la loma · La casa de la montaña · La casa de las pinturas La Casa roja · Mi vecina · Noche de terror · Paisaje con lago · Sara Sin historias que contar · "Tortuga" · Un tiro de suerte · El anillo maldito · El extraño · El Golfo de la luna El sillón · El pozo de las almas · La piel de la oveja · La planta maldita
LA MÁSCARA
Sergio aprovechaba unos días de vacaciones para comprar algún objeto para decorar las ya abigarradas paredes de su apartamento. Buscaba algo acorde con sus tendencias ornamentales sin saber exactamente lo que quería. Era una de las aficiones predilectas del muchacho: la decoración. Por supuesto que, de dedicarse profesionalmente a ello, lo tenía fatal. Por mucho empeño que pusiera en ello, sus compañeros hacían todo lo posible para hacerle comprender lo negado que era para decorar algo. A pesar de ello, él seguía con sus ideas, aunque fuera a nivel particular.
Disfrutaba visitando anticuarios. Era un mundo que le fascinaba por sus objetos y las historias que estos atesoraban. El solo hecho de tocarlos y saber que, en un tiempo lejano, fueron utilizados por seres ya desaparecidos, le hacía sentír una extraña atracción por todos aquellos cachivaches, inservibles la mayoría. Eran las posesiones de unos personajes a los que les habían sobrevivido. Le daba cierto morbo conocer sus usos, procedencia y anécdotas relacionadas con ellos.
Aquella tarde estaba destinada para una de sus apasionadas búsquedas. Entró en la tienda de un viejo judío, un tanto abandonada en tocando al orden y la limpieza, llena de cuadros, lámparas, objetos diversos y muebles viejos por todas partes, sin ningún orden establecido. Circular por aquella "selva" era toda una aventura nada despreciable para el muchacho. Desde el alto y sucio techo pendían algunas lámparas antiguas que daban la sensación de desprenderse en cualquier momento sobre los clientes. En las paredes faltas de una buena mano de pintura estaban colgadas viejas pinturas, dibujos enmarcados y rancias fotografías, así como espejos antiguos de los mas variados estilos y formas, sumándose al desconcierto existente.
El dueño del negocio era una antigualla más a sumar al resto, pero era un hombre curtido y experimentado en lo que estaba haciendo. Bajíto y encorvado, con el pelo bastante descuidado, de tono grisáceo y largo hasta acariciarle los hombros, que hacia juego con su escasa barba. Llevaba unas gafas de pasta oscuras, sosteniendo unos gruesos cristales graduados que denunciaban su pronunciada miopía. Bestia un viejo y raído guardapolvo, azul en sus mejores tiempos, y fumaba un apestoso tabaco en su vieja cachimba de brezo que impregnaba todo el local con aquel peculiar olor. Era la viva imagen de un personaje siniestro en las novelas de terror de principios del siglo XX. Contaba las historias, verdaderas o falsas, de sus viejos artículos, que encandilaban a personas como Sergio. Sin duda que era un ardid para vender mejor aquellos cacharros.
Después de una búsqueda minuciosa y documentada, una pieza acaparó la atención de Sergio. Era una máscara de cuero u otro material parecido en se textura, decorada con unos extraños símbolos de colores, algo desgastados, que representaba el bello rostro de una mujer. Con mucho cuidado y con delicadeza fue apartando todos los obstáculos hasta llegar a ella. Una vez en su poder la contempló extasiado, tanto por la belleza del objeto como la utilidad del mismo. Tenía el lugar perfecto para exhibir aquella máscara. Jamás había visto algo tan bello. Según el ángulo de incidencia de la luz parecía cobrar vida, a pesar de la capa de suciedad depositada sobre aquel rostro inerte.
La historia que le contó el anticuario sobre la procedencia de aquel objeto era fascinante. Aquella máscara fue encontrada entre las ruinas de un antiguo caserón que, según contaban los lugareños, era la morada de una bruja. Era un lugar donde muchos años atrás había vivido una extraña mujer que aliviaba las penurias de los más necesitados de la comarca, tratando sus dolencias con hierbas y pócimas misteriosa, acompañadas de rezos también misteriosos. Eran tiempos en que la Santa Inquisición decidía sobre las vidas y haciendas de las personas según sus creencias y su proceder. Esta mujer fue acusada de ejercer la brujería, practica que entonces prohibía la iglesia. A causa de esta imputación, y para lograr descubrir una verdad conveniente para los inquisidores, fue salvajemente torturada, juzgada y condenada. En uno de los muchos actos de fe usuales en la época, fue ejecutada, quemándola viva en la hoguera. Era le último descendiente de una familia acomodada, poseedora de excelentes tierras y posesiones en la comarca. La envidia de otro propietario la hizo caer en desgracia y fue denunciada para obtener un suculento botín a cambio.
Pasaron muchos años y una persona, un extranjero, entró por primera vez en el caserón maldito medio derruido, sacando todo aquello que sirviera para obtener algún provecho. Fue esta persona quien vendió al judío la máscara con su historia.
Tras un arduo y meticuloso trabajo de limpieza, la máscara lucía como en sus mejores tiempos. Cuanto más la miraba Sergio más satisfecho estaba de su adquisición, a pesar de su elevado importe. En su interior, el material con el que estaba hecha producía una extraña sensación al acariciarlo. Como si se acariciase la suave y aterciopelada piel de un rostro femenino.
Se acercaban lo festejos del Carnaval y Sergio, aprovechando su nueva adquisición, planeo sorprender a sus compañeros con un disfraz muy peculiar. Se hizo con una túnica de color negro, bellamente decorada, y una capa con capucha del mismo color. Ataviado con estas prendas, y con la mascara, se presentaría en el gran baile sin que nadie le reconociera, pudiendo gastarles bromas a placer, antes de descubrirse.
Y por fin llegó el día esperado. Como siguiendo un ceremonial solemne, Sergio se vistió con aquella larga túnica y, con la misma delicadeza, puso la máscara su rostro. Pero en aquel preciso instante, en que la piel de su cara entro en contacto con el reverso de aquella máscara, sintió un fuerte estremecimiento en todo su cuerpo, seguido de un horrible mareo, que le hizo perder el equilibrio cayendo pesadamente al suelo.
Después de unos segundos de inconsciencia, se puso de pie con dificultad, caminando torpemente hasta llegar a su cama. Una vez acostado empezó a notar agudos dolores por todo su cuerpo, cada vez más intensos, que le torturaban salvajemente. Buscando respirar mejor intentó retirar la máscara de su rostro, pero por más que se esforzaba een ello no lograba despegarla. Se estaba convirtiendo en su nuevo rostro.
Aquellos dolores que estaba padeciendo cada vez eran más intensos. Unas fuertes punzadas en su pecho le llevaron a comprobar lo que nunca se pudiera haber imaginado. Sus senos estaban creciendo desmesuradamente adquiriendo su forma femenina. El mismo proceso estaba sucediendo en sus genitales. Por extraño que pudiera parecer, su cuerpo estaba tomando forma femenina en pocos minutos y de manera irreversible. El ultimo paso fue la transformación de su cerebro que estaba anulando al hombre con quien había nacido para adquirir la nueva personalidad naciente. ¿Que pecado había cometido, para que le ocurriera tal desgracia?. Lanzó un desgarrador alarido y se quedo completamente inmóvil sobre la cama. Lo que Sergio no había comprendido era que todo aquel alucinante proceso lo había producido la máscara al entrar en contacto con su piel. Durante muchos años el ente de aquella “bruja”, mediante un conjuro, había estado latente en el interior de la máscara. El contacto de la misma con una persona anularía al huésped para aflorar la nueva personalidad, tomando su vida para renacer.
Al cabo de unos minutos se incorporó de nuevo aquel cuerpo transformado, intentando ponerse de pie lentamente. Caminaba con pasos torpes y vacilantes hasta que sus extremidades adquirieron de nuevo su funcionamiento normal. Se quitó la máscara y se miró en el espejo, donde pudo comprobar que era la de siempre, a pesar del tiempo transcurrido desde su muerte, soltando una sonora carcajada complacida por el resultado de su conjuro. Aquellos salvajes inútiles solo habían quemado un cuerpo con vida, pero sin su alma. Nada hacía pensar que pocos minutos antes aquel cuerpo había pertenecido a Sergio: un hombre. Loca de contento busco con nerviosismo la salida para abandonar aquel extraño lugar. Una vez que logró abrir la puerta, salió a la escalera y bajó los peldaños de dos en dos. Llegó al portal y salió corriendo hasta el medio de la calle parándose para aspirar la nueva, fresca y húmeda brisa de la noche.
De repente se dio cuenta que no estaba en una de las callejuelas de su pueblo. Todo paso en pocos segundos. Una luz brillante la cegó, al tiempo que escuchó un sonido estridente. Un fuerte golpe la lanzo por los aires estrellando su cuerpo contra el pavimento. En pocos momentos su alma abandonó definitivamente el cuerpo, que yacía sin vida al lado del automóvil que la había atropellado. En su locura por haber renacido de nuevo no reparó en que había vuelto a la vida en otros tiempos, muy diferentes a los que ella estaba acostumbrada a vivir. ¡Que ironía!. Su alocada alegría había prevalecido ante la prudencia necesaria para asimilar su nuevo entorno. Ello la había convertido en una víctima más de una de las máquinas de matar de nuestro tiempo como son los automóviles ante las imprudencias.
Recuerda que, en Carnaval, nunca coloques en tu rostro una vieja máscara, por sí acaso.
Del libro "CUENTOS FANTÁSTICOS PARA ADULTOS" de V. Novellón |