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NOCHE DE TERROR

 

  

No es una noche muy apacible. Hace unos instantes que ha cesado de llover dejando sobre el follaje un manto húmedo, tejido con miles de diminutas gotas de agua, que reflejan en cada uno de sus pliegues la luz de una luna llena que asoma tímidamente entre pequeños claros de las nubes que se mueven con rapidez.  

 

Desde la vieja verja de hierro forjado, iluminados por ráfagas de luz azulada, se pueden ver los vetustos y pétreos muros del convento y su iglesia, deteriorados por los años, pero mostrando su riqueza ornamental proveniente de un románico tardío y un gótico generoso, con una buena muestra de adornos arquitectónicos. El tiempo a proporcionado al conjunto, ahora abandonado, negrura en sus piedras y una erosión, que es preocupante para su conservación, causada por la acción del sol, la lluvia y el viento.    

 

Firme en su posición, adosado a la esquina derecha del frontal de la iglesia, se levanta un esbelto cam­panario, apuntando altanero hacia el cielo, como una plega­ria silenciosa al altí­simo. Medio derruido en lo alto, soporta una corona de hiero, oxidada, repleta de motivos religiosos, con una cruz del mismo material en lo más alto. Dentro de la torre, las paredes que aún se mantienen en pie sostienen una pequeña campana de bronce enmohe­cido, que se balancea mecida por el viento, hablando con sonidos semejantes a lamentos cada vez que es golpeada por su badajo.

 

Unas gruesas y viejas puertas de madera noble, desvencijadas, y adornadas con algunos pesados herrajes, que antaño cerraban el paso al interior de los dos edificios a extraños y curiosos, hace tiempo que han perdido su funcionalidad. La fa­chada del santo recinto de la iglesia, sobre su entrada, sigue mostrando lo que queda de un ro­setón gótico, privado de buena parte de sus vitrales, quizás por manos expertas, tiradoras de piedras certeras que han acertado su blanco. En sus buenos tiempos, los rayos solares traspasaban aquella frontera de colores para teñir todo cuanto hallara a su paso.

           

Lo que había sido el acceso al convento y un cuidado jardín, ahora se ha convertido en un pequeño bosque, con árboles descuidados y matorrales que crecen anárquicamente por donde les place, y que ahora emergen de una densa, húmeda y pesada niebla, que intenta reptar tor­pemente por los gruesos troncos de los esbeltos cipreses sin lo­grarlo. En la esquina de la iglesia se pueden apreciar lo que queda de un pequeño cementerio, con algunas cruces en pie que emergen de la niebla, y un panteón a modo de capilla, que todavía puede albergar algunos restos de aquellos miembros de familias ilustres, mecenas de la orden religiosa. De ser así, y según el estado de sus tumbas, han caído en el olvido de sus descendientes, si es que los tienen.

 

La niebla se aferra y se arrastra por el suelo como siniestra y etérea criatura, tropezando con todo lo que encuentra a su paso, maleza, árboles y cruces, abrazán­dolas con delicadeza, como una fantasmagórica bailarina que ejecuta una danza macabra.

 

El cielo poco a poco se despeja, pero buena parte de él está cubierto por una delgada capa de nubes, que se desgarran lentamente, dejando pasar rayos de luz plateada, lo que produce unas sombras dantescas. Esto da al paisaje un aire miste­rioso y fantasmagórico, en el que parece verse almas en pena aferradas a las cruces de las viejas sepulturas, vigilando a los profanadores de su soledad.

 

Él está de pie, delante de la puerta de la verja, en la que se puede ver un escudo heráldico en lo alto. Para entrar al recinto usa unos rudimentarios instrumentos, que saca de una bolsa de cuero, con los que intenta forzar la vieja cerradura, que con un seco chasquido anuncia que ha sucumbido a la fuerza y pericia del intruso. Abre la puerta y sus enmohecidas bisagras gimen lastimeramente. Avanza con dificultad por entre los enmarañados arbustos, y la niebla, iluminada con su linterna, se aferra a sus botas danzando alrededor de las misma. El ambiente es propicio para que aflore el temor a lo que no se ve, pero puede estar ahí. Él intenta adivinar lo que pisan sus pies para no tropezar. Aquel ambiente le impresiona y su corazón, a medida que avanza, late con más rapidez.

 

Se detiene sobresaltado. Algo húmedo ha acariciado su pelo. Asus­tado, con un rápido ademán pasa la palma de su mano por la cabeza. Tan solo es una gota de agua, despren­dida de la rama de un árbol. Camina mirando hacia ambos lados con el rabillo del ojo, inseguro, intentando detectar cualquier anomalía y movimiento extraño que pueda acecharle. Se esta obsesionando demasiado, imaginando que entre aquel mar de hojas y niebla pueden haber extrañas criaturas, agazapadas, vigilando sus movi­mientos. Intenta convencerse a sí mismo de que todo es producto de su imaginación, del viento, de la luz y de la niebla, pero hasta le parece ver en los brazos de las cruces manos que se agitan constantemente. Está empezando a experimentar sensaciones de miedo que, si no las controla, puede degenerar en pánico. Intenta controlarse pero su corazón no le obedece.

 

De repente se abre la puerta del panteón y una luz blanca e intensa ilumina parte de su rostro. Mira hacía allí y ve la figura de una mujer desnuda, cubierta con una larga tú­nica blanca semitransparente, que avanza hacia él con un objeto de brillante en sus manos que se lo está ofreciendo. Es como si flotara sobre la niebla. Él siente un agudo e intenso dolor en el costado del corazón, que está palpitando como un potro desbocado, avanzando incontrolado hacia su destrucción. Sus ojos se sumen en la más completa oscuridad, y se desploma como una marioneta, a la que le han cortado los hilos que la mueve. Su rostro muestra una terrible mueca de dolor y terror.

 

La mujer, aterrada ante aquel inesperado espectáculo se queda paralizada. A sus pies yace el cuerpo inerte de aquel “intrépido aventurero”, sin vida. Se deshace en un inconsolable llanto, mientras se oye una potente voz que grita: ¡¡CORTEN!! ¡¡HAY QUE REPETIR LA TOMA!!

 

Nadie del equipo de rodaje adivina lo que realmente ha pasado. Tan solo saben que él se ha desplomado, cuando en el guión no decía nada de aquello.

 

En el mundo de la publicidad, un mundo brutal y salvaje, en el que se busca el mayor impacto visual para sus trabajos, también ocurren desgracias imprevistas con los humanos que trabajan en él, como aquella, porque somos un factor sorpresa con el que no siempre se puede prever todo.

           

Todos contemplan lo ocurrido en silencio, mientras que una voz femenina grita sin cesar: ¡¡Yo solo le ofrecí el frasco de perfume!!. ¡¡Lo dice el guión!!

 

Del libro "CUENTOS FANTÁSTICOS PARA ADULTOS" de V. Novellón