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PAISAJE CON LAGO

 

  

Ernesto era un “terrible” cazador, pero solo de imágenes. Era un buen fotógrafo aficionado, que buscaba siempre bellos paisajes, momentos especiales y situaciones límite, para plasmarlas en sus películas sensibles y en sus vídeos. Todo estaba destinado a engrosar su ya nutrida colección, para alimentar su propio ego, y para sacar algún dinero vendiendo algunos de sus trabajos. A donde fuera siempre llevaba su equipo dispuesto para actuar rápidamente.

 

Para aquel verano preparaba unas estupendas vacaciones con destino a las agrestes montañas del norte. Quería sumergirse en la soledad de la naturaleza y practicar su pasión favorita: la fotografía. Pero como era un buen amante de la naturaleza, incapaz de causarle daño alguno, odiaba estar en lugares donde la civilización ya hubiera llegado. Para conseguir esto recogía relatos y leyendas rurales, buscando siempre lugares apartados de las rutas turísticas, donde pocos humanos hubieran estado.

 

Esta vez se había propuesto una nueva y audaz aventura. Había llegado a sus oídos la posible existencia de un paraje inhóspito en la gran cordillera, con un lago de negras aguas al que llamaban “De la muerte”. De existir sería un lugar de difícil acceso, raramente visitado por gente comodona de ciudad. Según se contaba en la leyenda que había escuchado, era un sitio lleno de soledad, de silencio, de aguas malditas, de ausencia de vida animal, de donde nadie había vuelto cuerdo, o no había vuelto. Todo aquello bastaba para que Ernesto lo escogiera como su destino vacacional, convencido de que todo aquello se contaban no eran nada más que bobadas.

 

Y llegó el día esperado. Debidamente pertrechado partió hacia su nuevo y enigmático destino a bordo de su todo terreno. Después de dos días de marcha, y recorrer muchos kilómetros por terrenos accidentados, llegó a un punto de la ruta donde el antiguo camino estaba casi cubierto por la maleza. Fiándose de la rudeza de su vehículo empezó a recorrerlo lentamente invistiendo toda aquella maraña verde. Seguiría hasta donde le fuera posible, haciendo el resto del camino a pie. Después de viajar casi todo el día llegó a la cima de aquella montaña. A sus pies se extendía un enorme lago de aguas negras, contenido en un cono natural semejante a un cráter de volcán. A lo lejos, en la orilla del lago, divisó con sus prismáticos las ruinas de un pueblo, o lo que quedaba de él, emergiendo de una espesa y verde naturaleza. El paisaje era espectacular. Todas las laderas estaban pobladas por robustas y abundantes coníferas, emergiendo de las aguas para trepar por las pronunciadas pendientes y rodeando los enormes macizos de piedra rojiza que hallaban a su paso.

 

Después de un descenso, tan accidentado como el resto del camino, Ernesto pudo llegar a su destino. Frente a él se mantenían en pie, firmes y altaneras, algunas de las paredes de piedra de las viejas casas del pueblo fantasma, asomando por encima de la maleza salvaje como gigantes vigilantes, con puertas y ventanas desvencijadas y sus supervivientes maderas corroídas por la humedad y los insectos. Aquellas ruinas eran un excelente escenario para su fotografías. Era un espectáculo triste y lamentable, pensando que en otro tiempo todo aquello estaba habitado por gentes, y hoy permanecían tristes y solitarias. Una composición extraña, producto de la mano de personas y la naturaleza en libertad, encaramándose por todo cuanto hallaba a su paso.

 

Ernesto se organizó. Lo más importante era establecer un campamento y al día siguiente, con más luz, tomaría sus cámaras para recorrer las sinuosas y empinadas callejuelas a la captura de imágenes que, sin duda, serían excelentes instantáneas y bellas películas. A pesar de sus planes de trabajo, antes de nada recorrió las ruinas.

 

En el centro del pueblo, donde había existido una plazuela, se alzaba las ruinas de la pequeña iglesia. Un recinto sagrado, donde las gentes de aquel lugar habían adorado a Dios, llenos de esperanzas e ilusiones. Un lugar donde nuevas vidas habían tomado sus nombres para la eternidad con el bautismo, donde parejas de enamorados habían certificado su unión matrimonial ante la presencia del Altísimo, y un lugar donde se despidieran a los seres queridos cuando iniciaran su viaje hacia el mas allá. Estaba construida con la misma piedra rojiza de las laderas de las montañas, oscurecida y erosionada por los elementos atmosféricos con el paso de los años. En la esquina derecha del conjunto, aún apuntando hacia el cielo, se alzaba parte de lo que un día fuera un altanero campanario. La pequeña campana que albergara en sus buenos tiempos yacía a sus pies, resquebrajada y casi cubierta por escombros. En el interior, lo que hubiera sido puertas, bancos, adornos y tallas se habían convertido en puro sustrato para la avasalladora maleza. Sobre el altar mayor de piedra aún se mantenía en pie, firme y altanera, una vieja cruz de hierro, testigo mudo del tiempo transcurrido, y que daba la bienvenida al visitante.

 

Con las últimas luces del día buscó un lugar para acampar. En la orilla del lago, alejado de las ruinas del pueblo, encontró un pequeño llano rodeado de arbustos que lo protegían del viento. Dejo su vehículo al pie del pueblo y montó la tienda, disponiendo lo necesario para cenar algo. Unas diminutas burbujas en la superficie del agua le anunciaban la posibilidad de poder pescar algo. Hinchó la pequeña balsa de goma del equipo y cargó en ella los aparejos de pesca. Como medida preventiva para posibles incidentes absurdos, ató la embarcación a un árbol de la orilla con una larga cuerda. Una vez en el agua, se alejó remando hacia el interior del lago hasta donde le permitió la fijación. Lanzó el sedal de su larga caña de pescar para intentar capturar algún tipo de pescado.

 

Los últimos rayos del Sol se ocultaban lentamente tras el horizonte. Unos pequeños tirones del sedal anunciaban que algo había mordido el anzuelo. Ernesto recogió el sedal con cuidado para no perder la pieza. Estaba en ello cuando un colosal tirón del hilo le arrebató bruscamente la caña de las manos. Con la brusca e inesperada maniobra, perdió el equilibrio sobre la frágil balsa de goma y cayó de cabeza a las negras aguas del lago. Al salir a la superficie intentó agarrarse a la balsa para mantenerse a flote, pero se dio cuenta de que esta se estaba deshinchando rápidamente y hundiéndose a causa del peso de su contenido. Con un manotazo pudo hacerse con la cuerda que la mantenía unida a la orilla, antes de que se perdiera en el fondo. Tirando con todas sus fuerzas logro llegar hasta tierra firme. No salía de su asombro ante tal aventura. Estaba sentado en el suelo reflexionando cuando le pareció ver como el agua, en la penumbra que empezaba a reinar en el valle, estaba iluminándose con tonos rojizos, precisamente donde momentos antes estuviera él con su balsa. Empezó a agitarse la superficie del agua formando un gran remolino, al tiempo que la tierra empezó a temblar levemente. Ernesto, reaccionando al impulso de conservación, corrió hasta el campamento, cogió una manta, una linterna y se ocultó en la espesa maleza lejos del lugar de acampada. Muchas veces había pasado por momentos excepcionales y arriesgados, pero aquello rebasaba todo lo conocido. Tenia miedo, pero a pesar de ello no ceso de observar aquel extraño suceso que estaba trastocando la paz de aquel lugar.

 

La luz roja creció en intensidad, al tiempo que asomaba a la superficie una enorme cúpula transparente que era de donde manaba. Aquel enigmático artefacto, de dimensiones colosales, cesó en su ascensión y una gran rampa salió de uno de sus costados, deslizándose hasta alcanzar tierra firme. Por ella empezaron a desfilar unas extrañas figuras hasta componer un grupo de ocho. Dos se dirigieron hacia el pueblo llevando unos extraños aparatos y desapareciendo en la maleza. El resto se dedicaron a recoger todos los utensilios del visitante, introduciéndolos en el artefacto. Lo mismo hicieron con el vehículo. En pocos minutos no quedó nada del equipo. Regresaron los dos que se habían dirigido a las ruinas del pueblo entrando en el artefacto. Salieron de nuevo provistos de los extraños aparatos, se dirigieron al lugar donde estaba el campamento y lo “barrieron” con minuciosidad. Ernesto se tumbó en el suelo permaneciendo inmóvil y aguantando la respiración. Oyó pisadas cerca de donde estaba él. Permaneció inmóvil’ con los ojos cerrados, porque no se atrevía ni a pestañear. Cuando las pisadas se alejaron del lugar miro con cautela lo que aquellos seres estaban haciendo. Todos entraron en la máquina y esta desapareció lentamente bajo las aguas. En cuestiones de minutos todo volvió a la normalidad. Ernesto salió de su escondite y corrió hacia su campamento. Lo que vio allí era inexplicable. En aquel lugar no había ni el menor rastro de que nadie hubiera estado allí recientemente. No podía creer lo que acababa de suceder.

 

Las gentes que viven al otro lado de las montañas, y que saben de la existencia de aquel lago, también saben que sus aguas están contaminadas y malditas. Que es peligroso beber en ellas por que te pueden provocar alucinaciones, la locura y quizás la muerte. Ernesto contaba lo que había visto una y mil veces a todos, en aquella institución psiquiátrica, sin lograr que nadie creyera su relato. Era una víctima más de aquel extraño paisaje rebosante de paz, con las ruinas de un pueblo fantasma engullido poco a poco por la vegetación salvaje. Era un hermoso paisaje con lago.

 

Del libro "CUENTOS FANTÁSTICOS PARA ADULTOS" de V. Novellón