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LA PIEL DE LA OVEJA

 

 

        Lino, el alfarero, era un personaje muy conocido en la comarca, sobre todo porque sus jarrones, sus ánforas y sus vasijas, que eran muy apreciadas para guardar y trajinar cereales, aceites y vino, las precisaban todos los que vivían en ella. Eran pocos los que se dedicaban a este arte de trabajar el barro en un torno. Tan pocos que en toda la comarca solo contaban con él y su hijo Peleo, que también ejercía la profesión de su padre. Lino dudaba de la inteligencia del muchacho, al que consideraba un tanto simplón, en comparación a él. Hay padres que pretenden que sus hijos, con pocos años de experiencia en las cosas de la vida, sean tan listos como su padre, que ha vivido mucho más. Siempre se ha dicho que la veteranía es un grado, lo que quiere decir que siempre está ligada a un trabajo o estudio extenso, o a muchos años de vivencias que te la dan. Uno de sus deseos era que el muchacho encontrara una mujer para casarse, puesto que la madre había muerto unos años antes.   

 

        Lino quería poner a prueba la inteligencia de su hijo, pero no sabía como hacerlo. Recordó que su padre le había contado alguna vez que en lo alto de “Monte cortado”, un antiguo volcán ahora apagado, estaba la laguna de “Aguas muertas”, unas aguas que se decía provenían del mismo “Golgo” (una especie de infierno en su religión) y en las que nada vivía dentro de ellas, nada crecía en sus alrededores y nadie, humanos y animales, se atrevían a beber de ellas. Pero esta aguas, según decían los ancianos, tenían poderes mágicos si se hacía con ellas el ritual adecuado. Decían que si llegaban a ellas, varones y hembras, con el corazón lleno de bondad les eran propicias, de lo contrario les absorbían y viajaban directos al Golgo.

 

        Lino buscó en el desván, dentro de las cajas de madera que servían para guardar lo que no se usaba habitualmente, unos pergaminos en los que quería hallar el ritual mágico. Después de una minuciosa búsqueda los halló en el fondo de una de ellas. Al cabo de seis días, cuando en el cielo brillaba la luna llena, Lino estaba al pie de la laguna, descalzo y con una vasija de barro, que el mismo había hecho para este momento, en sus manos. La ascensión no había sido nada fácil, porque no debía llevar luz alguna para alumbrarse ni calzado para proteger sus pies. Ahora tenía que estar preparado porque oiría a lo lejos a una campana dar las doce. Entre el espacio que hay entre la primera campanada y la última, tenía que mojarse los pies y llenar la vasija. Era el momento temido por el riesgo que implicaba hacerlo. Si los ancianos y el pergamino tenían razón, era una decisión entre la vida y la muerte, según fueran sus intenciones. Empezó a sonar la campana a lo lejos y Lino, sin darle más vueltas, metió los pies en el agua. No estaba fría ni caliente, más bien producía placer que otra cosa. Lo más importante era que no estaba pasando nada. Cuando acabaron las doce campanadas Lino ya había llenado la vasija y emprendía el regreso.

 

        Una vez en casa, siguió el resto del ritual al pie de la letra. Siendo aún de noche, encendió un pequeño fuego en la chimenea con ramas de olivo y de laurel. Espero a que se consumieran y, con sus propias manos, mezcló las cenizas con el agua que había traído de la laguna. Se embadurnó toda la cabeza con la mezcla resultante. Salió al exterior, se sentó en el suelo y empezó a preguntarse, mentalmente, de que manera pondría a prueba la inteligencia de su hijo. Tras un tiempo de meditación profunda obtuvo la respuesta.         

 

        Cada semana Peleo cargaba un asno con piezas de cerámica y las iba a vender al mercado del pueblo. Un día mataron una oveja para abastecer la despensa de la casa. Después de despellejar al animal, puso la piel a secar con la intención de que su hijo, la próxima vez que fuera al mercado, la vendiera bajo unas condiciones.

Llegado el día y el padre le dijo a su hijo:

 

        —Puedes llevarte al mercado la piel de la oveja que matamos el otro día. La vendes pero me vuelves a traer la piel y lo que te den por ella.

 

        —Padre. ¿Pero esto es imposible? —Le dijo su hijo— Si alguien me compra la piel querrá llevársela. Y si les pido el dinero y me llevo la piel me tratarán de loco.

 

        —Tu dejas estar lo que te digan —le contestó Lino—. Apáñatelas como puedas pero me tienes que traer la piel y el dinero.

 

        Peleo no dijo nada más. Cogió la piel, la cargó en el asno y emprendió camino en dirección al mercado. No paraba de darle vueltas a lo que su padre le había dicho sin encontrar ninguna solución para complacerlo. Cuando llegó al mercado anunció la venta de la piel de la oveja, poniendo como condición que el comprador tenía que pagarla y dejarla. Tal como había previsto, todos lo tomaron por loco, mofándose de sus pretensiones.

Cuando llegó a su casa el padre le preguntó:

 

        —¿As vendido la piel?

 

        —No la he podido vender —le contestó su hijo—. Y no solo eso, sino que además me han tomado por loco y no han parado de mofarse de mí en toda la mañana.

 

        —No te preocupes de eso ahora —le contestó el padre—. El próximo día de mercado volverás a intentarlo.

 

        Peleo no acertaba a comprender si todo aquello era una especie de prueba para que la gente y su padre pudieran reírse de él a gusto, o era que este se había vuelto loco.

 

        —Padre, no entiendo la manía suya de vender la piel de oveja y volverla a traer con el dinero. ¡Nadie aceptara este trato! ¡Es de locos! Padre, ¿por qué quiere que haga todo esto? ¿Es acaso una especie de prueba para algo? —le preguntó el muchacho—. Usted sabe que cada vez que voy al mercado vendo casi toda la mercancía. Siempre me traigo algún cacharro a casa excepto… —Peleo acababa de comprender otro lado de la cuestión que hasta ahora no había visto—… Ahora comprendo su estratagema, era para vender toda la mercancía.

 

        —¿Qué estás diciendo? —le preguntó el padre al no comprender lo que le acababa de decir su hijo.  

 

        —Que usted me ha mandado al mercado —le aclaró el muchacho— con el truco de que todos me tomaran por loco con lo de la venta de la piel, para que todos intentaran engañarme con la otra mercancía. De esta manera he vendido todos los cacharros y solo me he quedado con la piel de la oveja.

 

        —Hijo mío, está bien que hayas vendido toda la mercancía. Está muy bien. Pero las cosa no iba por este camino —le aclaró el padre—. El tema de la oveja es para que me demuestres tu inteligencia hallando un modo de vender la piel tal como te lo pido yo. Lo de vender cacharros de cerámica a tanto la pieza no tiene misterio, lo puede hacer cualquiera. Tengo miedo que tu mente no trabaje lo suficiente con la rutina y tu inteligencia no funcione lo suficientemente bien.   

 

        —Pero padre, lo que me pedís es imposible —le contestó el muchacho.

 

        —Hijo, yo sé que no lo es, pero tu tienes que descubrir la forma de hacerlo. Lo intentarás el próximo día.

 

        Y así fue. Lo intentó, un día y otro día, pero no lograba cumplir el deseo de su padre. Pero en su última asistencia al mercado, a medio camino del pueblo, se le acercó una muchacha para saludarle.

 

        —Buenos días, alfarero.

 

        Aquellos buenos días, sin saber el por qué, le sonaron a gloria. No solo se había roto la monotonía del día, sino que al contemplar aquel rostro notó algo muy especial, algo que le llenaba de alegría y esperanza.

 

        —Buenos días tengamos, muchacha —le contestó con una amplia sonrisa en sus labios.

 

        —¿Supongo que vas al mercado a vender todo esto? —le preguntó indicando todo lo que llevaba en el asno.

 

        —Sí, voy al mercado a venderlo todo, menos esta piel de oveja.

 

        —Es una piel con una lana estupenda —le aclaró la muchacha—. Yo entiendo de lanas y esta se vende muy bien.

 

        —El problema no está en que se venda bien o no, la cosa es que mi padre quiere que venda la piel, y que luego me lleve a casa la piel y el dinero que me den por ella y la verdad es… es que no lo entiendo, y como no sé como hacerlo, cada día vuelvo a casa con la misma piel.

 

        La muchacha le extrañó aquella manía que tenía el padre del muchacho con la venta de la piel. Reflexionó unos instantes y encontró la solución al enigma.

 

        —Se lo que tienes que hacer para conseguir lo que tu padre quiere —le contesto la muchacha contenta por haber hallado la solución.

 

        —¿No me digas que se puede conseguir? —le preguntó él asombrado.

 

        —Mira, tu padre quiere que vendas la piel y se la traigas de nuevo, ¿no es así?.

 

        —Sí, eso es lo que quiere.

 

        —Pero, ¿Qué tiene la piel en una de sus caras?

 

        —Tiene lana.

 

        —Eso es, tiene lana. Tu padre te dice que le traigas la piel, pero no te dice nada de la lana. ¿No es así?

 

        —Así es.

 

        —Entonces, la solución está en cortar la lana y venderla. De esta manera tú llevas la piel de regreso a casa, y también le llevas a tu padre el dinero que te den por la lana.

 

        Los dos muchachos, contentos por haber hallado la solución al problema, marcharon juntos hacía el mercado hablando como si se conocieran de toda la vida. En un punto del camino sus manos se entrelazaron y así llegaron al pueblo. La muchacha cortó la lana con unas tijeras, puso precio a la mercancía y Peleo la vendió. Una vez vendida toda la mercancía, los dos muchachos regresaron a sus casas muy contentos.

 

        Lino estaba contento de que se hubiera resuelto aquel juego de inteligencia, pero triste porque lo había hecho la muchacha y no su hijo. Pero empezó a albergar la esperanza de que aquella muchacha inteligente fuera la mujer que le convenía al muchacho, así que quiso conocerla. Le pidió a su hijo que la trajera a casa, pero que debía resolver un enigma antes de entrar en ella.                

 

        —Dile que me diga lo que tendría que hacer una persona que venga a esta casa, y que no debe traer otra persona para que le acompañe, pero que tampoco debe venir sin compañía, y que no debe entrar en la casa, pero tampoco debe quedarse fuera.

 

        Peleo se lo dijo a Dole, que así se llamaba la muchacha. Empezó a atar cabos y a intentar hallar la solución al enigma hasta que lo logró.

 

        —Ya sé lo que hay que hacer. Vete a tu casa que esta tarde iré yo a contestarle a tu padre.

 

        Por la tarde se presento en la casa de lino montada en un asno. Se bajó del animal, subió las escaleras hasta llegar a la puerta de la entrada y llamó con el picaporte. Le abrió Lino, se saludaron, y la muchacha se situó en el espacio interior del marco de la puerta.     

 

        —Tengo la respuesta a su acertijo —le dijo a Lino—. Si una persona no puede venir a esta casa acompañada de otra, pero tiene que venir acompañada, puede hacerlo a lomos de un asno, como lo he hecho yo, porque no la acompaña otra persona, pero si que va acompañada por el animal. En cuanto a lo de que no debe entrar en la casa, pero tampoco debe quedarse fuera, Que se quede en el hueco del marco de la entrada, de la misma manera como me he quedado yo. No he entrado en la casa, pero tampoco estoy fuera.

 

        Una vez dentro, y en una amena charla, a estas respuestas le siguieron otras que resolvían otros tantos acertijos que el padre del muchacho no paro de plantearle a Dole. El padre quedó muy satisfecho por la compañera que había encontrado su hijo, una muchacha inteligente, alegre, que sabía vender la mercancía como nadie y que estaba profundamente enamorada de Peleo. Pasado un tiempo, no muy largo, la pareja se casó. Al cabo de unos años, con la muerte de Lino, el matrimonio se hizo cargo del negocio familiar con muy buenos resultados. Las cosas le salieron a las mil maravillas.

Dole siempre decía:

 

        —Una persona inteligente no es la que más sabe, es la que aplica lo que sabe en cualquier orden de la vida, y lo hace de forma satisfactoria.

 

Del libro "CUENTOS FANTÁSTICOS PARA ADULTOS" de V. Novellón