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 LA PLANTA MALDITA

 

 

       A Elena siempre le había gustado escribir. Su fuente de inspiración era todo cuanto pasaba en su entorno, todo lo que caía en sus manos para leer y, sobre todo ello, su fantasía e imaginación. Cuando era una niña de apenas nueve años, empezó a llenar hojas de libretas con historias, reales o inventadas, que le sirvieron, más tarde, como aprendizaje y ayuda para escribir sus libros.

 

    Así nació aquel libro sobre antiguas leyendas rurales. Llevaba más de año y medio recopilándolas, recorriendo los pequeños pueblos de la geografía nacional, viajando por toda clase de carreteras y caminos, algunos polvorientos como el que estaba recorriendo ahora. Esta vez su búsqueda le llevaba a un pequeño pueblo montañés, situado al borde de una estrecha garganta por la que se deslizaba con cierta pereza un río poco caudaloso. Era un lugar que parecía hecho a medida para que las manos expertas de pintores y fotógrafos lo inmortalizaran para la posteridad. Era un pedazo de paisaje desgajado del tiempo, donde la vida no avanzaba al mismo ritmo que el resto del planeta.

 

        Al doblar una de las curvas el espectáculo que podía contemplar Elena era fascinante. Un grupo de casas con paredes de piedra y sus techos inclinados de pizarra, y sobresaliendo de entre todas el viejo campanario de la iglesia, vigía incansable, con una antigua campana en lo alto. Un puente de piedra, a horcajadas en la estrecha garganta, permitía cruzar el río y comunicarse con otros pueblos. El resto del paisaje era belleza sobre una alfombra verde de vegetación, de la que emergen frondosas arboledas de abetos, robles y castaños entre otros.

 

        Faltaba poco para el mediodía. Su llegada al pueblo coincidió con la temporada en que pocos turistas visitaban el lugar. Esos turistas, principalmente los que iban en verano, solía ser gentes despreocupadas por el entorno y superficiales en el trato con los habitantes. Daban la impresión de que los lugareños debían hacer lo necesario para complacerles. Pero Elena cayó bien desde el principio. Transcurridas varias oras de contacto y conversación con aquellas gentes, tubo la oportunidad de escoger entre las opciones de hospedaje que le ofrecieron varias familias del pueblo. Su carácter afable y abierto a todos, la dulzura de sus palabras y su trato cariñoso y exquisito, sobre todo con los niños, siempre conquistaban a todos.

 

        La familia escogida fueron los Romero. Un matrimonio de mediana edad con tres hijos, dos chicas y un chico. El padre se dedicaba al pastoreo de unas pocas ovejas suyas, conjuntamente con las de otras familias. La madre cultivaba una pequeña huerta que había en la parte trasera de la casa. Una casa cercana al borde de la garganta, un tanto rústica en el interior, lo habitual en aquellos lugares, que desde sus ventanas de poniente se podía ver, en el ocaso del día, un paisaje espectacular, con la silueta del puente de piedra emergiendo de entre los tonos rojizos de la puesta del sol. La habían alojado en una pequeña habitación, con paredes, techo y suelo forrados con madera de abeto un tanto falto de barniz. La cama era bastante confortable, con un colchón de lana y gruesas mantas para protegerse del frío nocturno. Un armario, una mesa, una silla y una mesita de noche era el resto del mobiliario. La ventana era el marco de un paisaje espléndido que se veía a través de ella.

 

        Elena era diferente a otros visitantes, tanto por su atuendo como por su conducta. Eran muchos kilómetros los que llevaba recorridos por el país exhibiendo su pasión por la naturaleza. Nunca se dejaba notar mas de lo necesario. Como siempre pasaba en todas partes, su estancia se alargaría durante varios días. Era por eso que necesitaba ganarse la confianza de aquellas gentes, cosa que no le era muy difícil debido a su carácter afable y su correcto comportamiento para con todos, para conseguir los relatos de las leyendas locales para escribir su libro.

 

        Aquel pueblo era pequeño pero acogedor. Sus casa mostraban el paso del tiempo en el deterioro de sus paredes, y de la madera de sus puertas, de sus ventanas y de las barandas de los balcones. Todas las estrechas y empinadas calles partían de una pequeña plaza porticada que era el centro del pueblo. El edificio más destacado de ella era una vieja y vetusta iglesia románica, con un campanario que arrancaba del centro de la fachada principal. En las cerraduras de las puertas de las casas se podían ver gruesas llaves de hierro, lo que daba a entender la confianza de sus dueños en el resto de la comunidad, algo impensable en otros centros urbanos.

 

        Elena estaba disfrutando del tercer día de su estancia en el pueblo y ya se conocía aquel lugar como si fuera su casa. Había visitado casi todas las familias, haciendo amistades, y se savia casi todos los nombres que tenían las casas desde muy antiguo. Empezaban a considerarla como una más del pueblo. Por las noches, después de cenar, era costumbre de sentarse toda la familia frente al fuego de la chimenea, en invierno, y en verano en la calle, para comentar los acontecimientos del día y otras historias antes de irse a dormir. La buena y sana comida, y el sabor del buen vino, creaban un clima agradable para que se desataran las lenguas mas reacias. Fue en una de aquellas noches cuando sus anfitriones le contaron una extraña y sorprendente historia.

 

        Era una historia cuyo origen se remontaba a muchos años atrás. Por aquel tiempo, el único hijo de los Anduela, viendo que la economía de la familia no estaba demasiado bien, decidió viajar a ultramar en busca de fortuna. Eran tiempos difíciles para el campo y los agricultores, los pastores y los ganaderos luchaban para sobrevivir. Pasaron bastantes años antes de que el heredero regresara al hogar de sus padres. Cuando lo hizo disfrutaba de una posición económica inmejorable. Por aquellos años, si la suerte te acompañaba en el Nuevo Continente, había muchas oportunidades para ganar bastante dinero, y el había encontrado una de ellas. Pero además de dinero también trajo consigo a una esposa, que era una nativa del país donde había amasado su fortuna. Era una mujer de una belleza extraordinaria, exótica y un tanto misteriosa. Gracias a su patrimonio se pudo reformar la casa de sus padres, que estaba un tanto abandonada desde la muerte de ellos.

 

        Pero su esposa, que estaba viviendo lejos de su entorno natural, seguía aferrada a las tradiciones y ritos ancestrales de su pueblo. Esto no estaba bien visto por sus vecinos. Su marido intentaba justificar el comportamiento de la extranjera, alegando la nostalgia de su lejano país y de sus seres queridos. Pero lo que él no sabía es que las cosas iban por otro camino. Durante las ausencias de su esposo, por cuestiones de negocios, ella calentaba el lecho conyugal con hombres que visitaban el pueblo. Gracias a sus exóticos conjuros estos hombres acudían a su casa cuando ella quería, como las moscas acuden a la miel, gozaba con ellos todo cuanto quería y después, gracias a sus extrañas pociones conseguía que olvidaran lo ocurrido.

 

        Pero la historia nos enseña que siempre hay que tener en cuenta lo inesperado dentro de la rutina. Este descuido ha sido la ruina de muchas personas. Un día aciago, en que su esposa estaba en pleno goce carnal con uno de sus seducidos amantes ocasionales, el marido regresó antes de lo previsto. De esta forma descubrió como su ella llenaba sus ausencias. Por más que la mujer lo intentara, no logró convencer a su marido de nada diferente que no fuera lo que él había visto. En un lugar tan pequeño como aquel no se tardó nada en saberse que el rico Anduela estaba enterado de todo lo que el pueblo ya sabía. El marido ultrajado no pudo superar todo cuanto había descubierto. No pudo controlar su cólera y decidió poner fin a toda aquella locura castigando a la adúltera. Condujo a su esposa hasta un punto elevado de sus tierras, llamado “Cerro de la luz” y allí, con sus propias manos, cavó una profunda fosa y enterró viva en ella la que hasta aquel momento había sido la depositaria de su confianza. Con los años todo se fue olvidando.

 

        Al poco tiempo, de entre la tierra de la sepultura de la adúltera nació una extraña planta. Era una gran flor, de apariencia hermosa, con unas largas y delgadas ramas sin hojas que nacían de su tallo. Pronto se descubrió que aquella planta era carnívora, devorando todo lo que se pusiera al alcance de sus ramas, que no eran otra cosa que sus tentáculos. Nada ni nadie pudo matar aquel engendro. Tras su eliminación la planta volvía a salir con renovada fuerza. En vista de ello se construyó una pared alta a su alrededor, sin ninguna puerta para acceder al interior para evitar que cualquier animal o persona se vieran engañados y atrapados por aquella maléfica planta.

 

        Aquella noche Elena no pudo dormir. Tomaba apuntes y pensaba en todo cuanto le habían contado. Era una historia diferente a todas cuantas había oído. Necesitaba saber si existía algún indicio o alguna prueba de que todo había pasado tal como se lo habían contado. Por la mañana, sin decir nada a nadie sobre sus intenciones, emprendió camino hacía el lugar donde debía estar el final de aquella historia. Después de una larga ascensión por empinadas cuestas, llegó a un pequeño llano donde se levantaba una extraña edificación. Era un muro alto sin puerta alguna para acceder al interior, rodeada de árboles y maleza, tal como se lo habían descrito la noche anterior. De momento la historia empezaba a tomar forma como tal, y no como leyenda. Solo había que comprobar si en su interior seguía viva aquella maldita planta para cerrar el trabajo.

 

        Elena buscó por los alrededores y entre los arbustos encontró una vieja escalera de madera. Quizás alguien, en otro momento, la usara para lo mismo que ella quería hacer. Después de comprobar que era lo suficiente sólida para soportar su peso, la apoyó en el muro y trepó por ella. Cuando llego al final se sentó en el borde para descargar de peso la escalera. Se quedó sorprendida ante lo que estaba viendo dentro de aquel recinto. En el centro, surgiendo de entre un montón de huesos, trapos viejos y otros enseres había una enorme y extraña planta, de color parduzco, medio mustia, con una gran flor central en forma de trompeta y una especie de largas y delgadas ramas que habían brotado del tronco extendiéndose por todas partes. Aquello era necesario inmortalizarlo como prueba de su existencia. Así que enfocó su cámara de fotografías y empezó a disparar. Apenas había empezado y la flor empezó a moverse. Al tiempo que se fue enderezando, poco a poco, se fue girando hasta encararse con la intrusa. La sorpresa fue mayúscula para Elena que no se esperaba esto, pero lo peor estaba por llegar. Estaba absorta ante tal maniobra de aquel híbrido que no se dio cuenta de que, varios de aquella especie de tentáculos empezaron a moverse lentamente dirigiéndose hacia donde ella estaba. No se dio cuenta de la maniobra. Varias de aquellas ramas apresaron su brazos tirando con fuerza. Elena cayó al interior desde lo alto del muro, quedando inconsciente a causa del golpe que se había dado en la cabeza. Esto fue una suerte para la muchacha porque no sería testigo de lo que le estaba esperando. Su cuerpo era arrastrado hacia la flor y solo era cuestión de tiempo para que todo acabara.

 

Del libro "CUENTOS FANTÁSTICOS PARA ADULTOS" de V. Novellón