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Rincón para la lectura - Principal
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EL POZO DE LAS ALMAS
Los valles de Cartizana y Comeleta, las montañas de Apeno y todas las tierras que rodeaban el río Oninosa, desde su nacimiento hasta su desembocadura en el río Sataneno, todas estas tierras eran propiedad de Don Alejandro Llanos y su esposa Doña Carlota. Eran un matrimonio acaudalado y poderoso, que tenían una hija cada uno de sus anteriores matrimonios, Laura por parte de él y Gertrudis por parte de ella. En el momento de los esponsales, él era viudo y ella estaba divorciada.
En sus posesiones, al norte y en el punto más alejado, se encontraba lo que todos conocían por el “pozo de las almas”. Era un paraje inhóspito entre montañas, y de difícil acceso, donde se hallaba un campo repleto de cardos y zarzas, y en el centro un agujero, a ras de suelo, con agua en el fondo. Según la leyenda, era una tierra maldita donde antaño se habían producido fenómenos extraños. Nadie quería ir hasta allí porque decían que el lugar estaba maldito. Ni las aves volaban por encima de aquella tierra.
Gertrudis, la hija de Doña Carlota, era una muchacha poco agraciada, y de trato antipático. Todo lo contrario que Laura, que era una muchacha hermosa y con una simpatía alabada por todos. Era por ello que su madrastra la odiaba con todas sus fuerzas. En una ausencia de Don Alejandro, esta le propuso a Laura que cogiera un caballo y le trajera agua del “pozo de las almas” en una botella, que la necesitaba para uno de sus remedios caseros para las migrañas que padecía constantemente.
—¿Pero no es un lugar maldito? —le preguntó la muchacha.
—Esos son habladurías de la gente —le contestó su madrastra— tú me traes el agua y verás como no pasa nada. Toma este mapa que te conducirá hasta allí.
La Muchacha aceptó traérsela. Cogió la botella, montó en su caballo y partió hacía aquel lugar. Cuando llegó al paraje tubo que dejar el caballo para ascender a pie hasta una abertura de la montaña por donde se accedía al pozo. Una vez arriba se encontró con un llano abarrotado de cardos y zarzas, y en medio estaba el “pozo de las almas”. Al borde exterior del campo había un pony viejo y cochambroso atado a una estaca clavada en el suelo. La primera sorpresa de la muchacha la tuvo cuando el animal le hablo:
—Desátame, hermosa doncella —le dijo— y te ayudare a cruzar este campo para que llegues al pozo. Hace años que estoy atado en esta estaca y estoy harto de ella.
La muchacha, asombrada por lo que estaba pasando, se compadeció del animal.
—Sí, lo haré, mi querido caballito —Le respondió— Te desataré y te montaré para que me ayudes a cruzar.
Y así lo hizo. Montó en el pony y juntos se internaron en el campo de cardos y zarzas. A medida que avanzaban las plantas se apartaban dejándoles el camino libre. Una vez en el pozo, la muchacha pudo comprobar que por unos centímetros no llegaba al agua para poder llenar la botella. Estaba pensando en como hacerlo, cuando emergió de las aguas del pozo un ser feo y deforme que le dijo:
—¡Sácame de aquí y sécame, bella doncella, te lo ruego!
—Sí, lo haré —le contesto la muchacha apiadándose de aquel ser—. Te ayudaré a salir y te secaré.
Con la ayuda del pony y sus riendas logró sacar del pozo a aquel ser. Con sus mismas faldas lo secó todo. Fue él quien le llenó la botella y le dijo:
—Yo te prometo, hermosa doncella, que a todos los que te contemplen a partir de hoy verán que ahora eres más bella de lo que eras antes. Cada vez que hables brotarán de tu boca palabras hermosas como lo es tu alma. Cuando salgas de este campo te despedirás de mí y del pony, y no dirás a nadie nada de todo esto.
La muchacha regreso a su casa con su caballo y cumplió la promesa de no contar nada. Fue un acontecimiento el regreso de la muchacha del “pozo de las almas”. A partir de aquel momento se cumplió lo que aquel ser feo y deforme le había prometido. Todos la veían como si fuera mucho más bella de lo que lo era antes. Cada vez que hablaba sus palabras tenían tal belleza y hermosura que nadie se resistía a escucharlas
Doña Carlota estaba furiosa ante tal prodigio. Pensó que si su hija hacía lo mismo que su hermanastra cambiaría por completo. Así que la envió a por otra botella de agua del “pozo de las almas”, con los mismos argumentos con los que había enviado a Laura.
La muchacha cogió su caballo he izo el mismo trayecto. Cuando estuvo delante del pony, este le dijo lo mismo que a su hermanastra.
—Eres un animal repugnante —le contesto la muchacha con asco— No se porque especie de milagro hablas, pero puedes estar seguro de que ni te voy a montar, y mucho menos tocarte. No sabes con quien estás hablando. Soy la hija de una familia muy rica y tengo demasiado buen gusto para acercarme a ti. Llegare al pozo yo sola, llenare la botella de agua y tú seguirás atado a esta estaca como ahora.
—Entonces —le contestó el pony— tendrás que recorrer el camino al pozo a pie, entre los cardos y las zarzas.
Y dicho esto, no tubo más remedio que dirigirse al pozo a través de aquella maleza, clavándose sus espinas en piernas y pies. Con mucha dificultad y mucho dolor llegó al pozo muy enfadada. Una vez allí comprobó que no podía llenar la botella. Una vez más, aquel ser feo y deforme emergió del agua, dándole un buen susto a la muchacha. Este le dijo:
—¡Sácame de aquí y sécame, bella doncella, te lo ruego!
—Ni lo sueñes, criatura asquerosa —Le contesto la muchacha— Eres un ser repugnante. No sabes con quién estás hablando. Soy la hija de una familia muy rica. Tendrás que salir de aquí por tu propio pie porque no pienso ni tocarte. En cuanto al agua, no pienso llenar la botella con un líquido asqueroso donde hayas estado sumergido tú. Mi madre lo entenderá. Si consigues salir, tendrás que cruzar el campo tal como he hecho yo, a través de las zarzas y de los cardos, clavándote sus espinas como me ha pasado a mí.
Aquel ser, desde el fondo del pozo, le dijo a la muchacha:
—¡Yo te prometo que a la vista de todos serás mucho más fea de lo que eres. Cada vez que hables brotarán de tus labios palabras tanto o más repugnantes que tu imagen. Y si cuentas a alguien todo esto será mucho peor.
La muchacha, con la botella vacía, y después de sufrir de nuevo el suplicio de pasar a través de las zarzas y los cardos, regresó a su casa. A partir de aquel momento, todos cuantos la veían apartaban su mirada horrorizados ante tanta fealdad. Era casi imposible oír sus palabras de lo repugnantes que sonaban en los oídos de quienes las escuchaban. Era el castigo por la falta de compasión, de bondad y de misericordia para con aquellos seres repugnantes.
Gertrudis era tan insoportable que tanto Don Alejandro como Doña Carlota no tuvieron más remedio que sacarla de casa, conducirla a un lugar lejano y facilitarle lo necesario para que viviera fuera del hogar paterno. Pasó un tiempo y Laura, la hija de Don Alejandro, se caso con un hombre afable y hermoso como ella. Mientras que la hija de Doña Carlota no tenía amigos y le era imposible encontrar pareja alguna. Nadie osaba acercarse a ella. Todo era por culpa de su apariencia repugnante y de su vocabulario sucio y obsceno. La desesperación la llevó a que un día, imposible de aguantar más aquella situación de soledad y aislamiento, y arrepentida de no haber ayudado en su momento a salir del pozo aquel ser feo y deforme, se suicidó.
Del libro "CUENTOS FANTÁSTICOS PARA ADULTOS" de V. Novellón |