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UN TIRO DE SUERTE

 

 

Cuando vemos a los niños jugando en los parques, en las calles o en los patios de las es­cuelas, nos inspiran sentimientos de inocencia e indefensión. No se nos pasa por la cabeza que, a tan temprana edad, pueden ser testigos, e incluso protagonistas, de grandes tragedias, origi­nadas por sus mayores, que dejan profundas huellas en sus mentes, y en consecuencia actúan de forma inusual en el mundo infantil. Un niño tiene una enorme capacidad para soportar castigos y vejaciones, sin demostrar sus verdaderos sentimientos hacia los demás. Es como un recipiente con un exterior típico, pero que en su interior almacena rostros, hechos y lugares, agradables o no, que nunca olvidan. Cuando intentamos hacerles comprender cualquier cosa mientras nos miran embobados, tenemos la sensación de que perdemos el tiempo, de que su mente no asimila lo que les enseñamos, y no es verdad, estamos equivocados. Los niños forjan su carácter de acuerdo con el ambiente que les rodea, obrando en consecuencia, a veces con actos im­propios de su edad. De una cosa estoy seguro, su crueldad ante la vida, es infinita­mente peor que la de los adultos, aún que se les muestre las diferencias entre lo malo y lo bueno para vivir en una sociedad en paz y con amor.

 

Ahora era un adulto respetable, que no podía impedir que afloraran los recuerdos de su pasado. Era Don Raúl Salcedo Ruiz, propietario de un próspero negocio, con cientos de trabajadores a su cargo y un volumen de ventas que lo colocaban en los primeros puestos de su mercado. A pesar del tiempo transcurrido. nunca olvidó el brutal acontecimiento que había cambiado su vida por completo. Era uno más de los muchos niños adoptivos que existen en el mundo, con un pasado lleno de violencia y privaciones. Pero gracias a lo que se le podía llamar “un tiro de suerte”, y a unos buenos segundos padres que le quisieron mucho, le enseñaron a luchar por lo que deseara en la vida y conseguirlo de forma honrada. Era querido por todos cuantos le rodeaban porque no sopor­taba la injusticia en ninguna parte y obraba en consecuencia. Vivía solo en aquella casa grande, en compañía de tres criados que cuidaban de todo. Raúl deseaba formar su propia familia pero no encontraba a la mujer deseada.

 

Aquel día, después de cenar, y como hiciera todas las noches, tomaba su café en el salón, sentado en su sillón preferido y al calor de un buen fuego que ardía en la chimenea. Mientras saboreaba un poco de brandy, re­pasaba mentalmente las cosas que pretendía hacer al día siguiente. Sin quererlo le vino a la mente imágenes de tiempos pasados, cuando era apenas un niño de diez años. Recordaba la cara de sus padres con toda claridad, sobre todo la de su madre, cariñosa y sumisa ante aquella vida que solo le ofrecía penurias y desgracias. Por las noches, en aquella humilde casa situada en las afueras, al lado del río, metido entre las sábanas de su cama, la escuchaba sollozar en la soledad de la cocina. Mientras que su padre, un hombre irascible, casi siempre borracho, llegaba a altas oras de la madrugada, irritado, gritando por cualquier cosa y maltratando a todo lo que se le pusiera por delante, fueran enseres, animales o personas. Era un alcohólico violento, que no reparaba en pisotear la dignidad de su esposa, siempre asustada y temerosa de él. Le gritaba toda clase de improperios, propinándole palizas porque, según decía él, se las merecía. Disfrutaba comportándose de aquella forma. En cuanto a su hijo, lo trataba como si fuera su perro de caza y no un niño de diez años. Debido al terrible vicio de la bebida y su carácter violento, era incapaz de mantener mucho tiempo un empleo decente. Para ganarse al­gún dinero, hacía cualquier trabajo que otros habían desechado por asqueroso que fuera. La mayor parte de sus ganancias se las gastaba jugando, divirtiéndose con cualquier mujer­zuela y, sobre todo, en la maldita bebida que le estaba destrozando. Vivían en una vieja casa de dos pi­sos, a la que le hacia falta unas manos habilidosas para reparar sus muchos achaques. Un pequeño jardín se extendía desde la acera de la calle hasta la puerta de entrada a la vivienda. Su madre había habilitado aquel espacio para cultivar un pe­queño huerto, del que recogía algunas verduras para aliviar el escaso presupuesto familiar.

 

Nunca se le olvidaría aquel día fatídico, en el que pasaron los hechos que cambiaron su futuro. Era algo más de las siete de la tarde. Su madre estaba en la cocina preparando algo para cenar. Él, sentado a la mesa, acababa de po­ner en orden sus deberes de colegio para entregarlos al día siguiente. Eran unos momentos de paz y tranquilidad que pocas veces se disfrutaban en aquel ambiente. De pronto, unas voces en el jardín tensaron los nervios de los dos. Era su padre que irrumpió en la cocina como un torbellino, completamente borracho y gritando a pleno pulmón. Sin ningún motivo la emprendió a patadas con las sillas y otros muebles como si fuera un caballo desbocado. Acto seguido agarró a su esposa por el pelo, arrastrándola hasta la mesa para tumbarla de espaldas en ella. Mientras la besaba en el cuello le levantó las faldas y de un fuerte manotazo le arranco las bragas. Con aquella prenda rasgada en las manos, riendo como un poseído, miro a su hijo que estaba acurrucado en un ángulo de la estancia arrojándosela a la cara. La pobre mujer, como pudo se escapo de aquellas torpes manos que la retenían para guarecerse tras una silla. Esto encolerizó más aún a su padre que la emprendió a golpes con él. La madre quiso impedir el castigo y se interpuso entre los dos, recibiendo ella parte de la paliza. La mu­jer huyo hacia las escaleras que conducían al piso superior para desaparecer por ellas perseguida por el encolerizado marido. Raúl, incapaz de resistir mas aquella situación, salió corriendo a la calle, como había hecho otras veces, y no regresar hasta que su padre se hubiera calmado. Cuando estaba a punto de traspasar el hueco de la puerta vio caer desde el piso de arriba el cuerpo de su madre que, con un golpe sordo, se estrelló contra el pequeño huerto. El niño, horrorizado, corrió al lado de la desgraciada zarandeándola para despertarla y que huyera con él. El silencio y la inmovilidad del cuerpo fue la respuesta. Estaba con la espalda en contacto con la tierra, en una postura un tanto grotesca. Parte de las cañas, que ella misma colocara para sostener los tomates, las tenia clavadas en su cuerpo, atrave­sándole el pecho. De las heridas manaba abundante sangre y sus ojos, con la mirada extraviada, delataban a la muerte.

 

Cuando comprendió, dentro de sus pocos años, la magnitud de la tragedia, una voz dentro de él le decía que era el momento para poner fin a toda aquella locura. Entró en la cocina, cogió los guantes de goma que su madre em­pleaba para fregar y se los colocó. Abrió la puerta del trastero y cogió la escopeta de caza de su padre. Tal como hacia su progenitor, tomo dos cartuchos del zurrón y cargo el arma. Subió la escalera muy decidido hasta llegar al hueco de la puerta de la habitación. Desde allí vio a su padre en el balcón, apoyado en la barandilla y riéndose escandalosamente. Raúl apuntó al voluminoso cuerpo y gritó con todas sus fuerzas. El hombre se giro y Raúl apoyo los cañones de la escopeta sobre el pecho de su padre, al tiempo que sus dedos apretaron los gatillos. Se oyeron dos detonaciones y el niño rodó por los suelos empujado por el retroceso del arma. Su padre resbalo por la barandilla del balcón y se quedo sentado en el suelo, con el pecho perforado por los impactos y sangrando abundantemente. Después, como si el mundo se hubiera parado de repente, se hizo el silencio. El niño se le­vanto y depositó la escopeta a los pies del cadáver. Acto seguido bajó las escaleras, guardó los guantes y salió a la calle gritando con todas sus fuerzas pidiendo auxilio. Nadie daba muestra de preocuparse por lo que pasaba, quizás porque estaban habituados a los ruidos y peleas de aquella pareja y no habían hecho caso de nada, ni siquiera de aquellos estampidos nada habituales.

 

Durante unos días fue la noticia más importante de aquel lugar. Corrían va­rias versiones en boca de los vecinos sin que nadie pudiera imaginarse la cruda ver­dad, ni a nadie se le pasó por la cabeza que, un niño de diez años, fuera el autor de tan terrible desenlace que había puesto fin a sus penurias. El informe de la policía explicaba lo ocurrido con toda claridad: “En la pelea entre el matrimonio, el marido empujó a su mujer contra la barandilla del balcón del piso superior, cayendo la mujer sobre el huerto que hay en la entrada a la vivienda. El impacto del cuerpo contra el suelo hizo que las cañas de dicho huerto le perforaran el pecho causándole la muerte. Acto seguido el marido se suicidó con su escopeta de caza disparándose dos tiros en le pecho…”

 

Gracias a aquel “tiro de suerte” la vida de aquel niño cambiaría por com­pleto. Tubo la suerte de que un buen matrimonio, sin hijos y con una inmejorable posición económica lo adoptara de inmediato y un buen colegio hizo el resto. Dejó atrás aquella vida de privaciones y sufrimientos que tanto lo traumatizara, pero que nunca se le borraría de su mente. A pesar de que el tiempo ayuda a olvidar, siempre recordaría el rostro de su madre que dio la vida para protegerle.

 

Raúl se levantó del sillón para servirse un poco más de aquel buen brandy. Mien­tras aquel hilo de líquido marrón transparente llenaba la copa, pensó una vez mas que el destino no está escrito, lo escribe uno mismo. Pasados unos minutos, como cada noche, se quedó plácidamente dormido.

 

Del libro "CUENTOS FANTÁSTICOS PARA ADULTOS" de V. Novellón