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 EL ÚLTIMO ROBO

 

 

Allí estaba,  delante de su objetivo. Era vieja pero altanera, aguantando el paso del tiempo con la dignidad de ser una sólida construcción. Era la casa de los Mazagatos. Julia la conocía muy bien, como vecina que había sido del lugar durante muchos años, Y sobre todo conocía su interior, por motivos laborales. Todos los años la casa se limpiaba a fondo dos veces: una al principio de la primavera, que era cuando se “aireaba”, y la otra antes de las fiestas de Navidad y de año nuevo. En esas dos ocasione se alquilaba a un numeroso grupo de mujeres, llamadas las “mazagateras”, que hacían las tareas de limpieza y acondicionamiento programadas para aquellas fechas extraordinarias. Era el trabajo mejor pagado en aquel lugar. Julia había sido una “mazagarera” en varias ocasiones, lo que le daba conocimiento de todas sus dependencias. Recordaba muy bien que solo en un lugar concreto de la casa, en el despacho del Viejo, existía la prohibición de que nadie tocara el interior de la librería del fondo, un mueble repleto de libros y documentos de todos los tamaños y colores, cerrados a la curiosidad de todos con unas puertas de cristal, cuya llave solo la tenía el Viejo que, colgada de su cinturón y fijada con un llavero al extremo de una larga cadena, reposaba en uno de los bolsillos de su chaleco.

 

Según se rumoreaba —quizás una leyenda urbana más— que en su interior reposaban grandes “tesoros”: documentos valiosos, joyas antiguas y dinero. Todos sabían que el Viejo era reacio en guardar cosas en el banco, lo que alimentaba mucho más el rumor. Pero Julia sabía de “muy buena tinta” que esto no era del todo cierto. Cuando el interventor del banco, donde el Viejo tenia sus cuentas, dedicaba un tiempo a la infidelidad y al relajo sexual, calentaba las sábanas de la cama de ella. Era una relación que se mantenía desde hacía bastante tiempo. Por supuesto que el caballero no sabía nada de las fechorías de la Julia. Era un amante fogoso, bien parecido y que le facilitaba información valiosa, sonsacada hábilmente con la sutileza de una profesional, recompensándolo con unos momentos de goce y éxtasis que no sabía darle su esposa.    

 

Con el último encuentro furtivo con el susodicho interventor, para hacer ejercicios sexuales de mediodía, se cerró el circulo y Julia disponía de una fantástica y privilegiada información sobre el Viejo. Hacía varios días que él iba retirando cantidades importantes de dinero de sus cuentas bancarias. Aquella mañana, nada más abrir el banco, retiró una cantidad que supuso el dejar sus cuentas casi a cero. Se especulaba con barias hipótesis pero nadie sabía nada en concreto. Para Julia se le abrió el cielo, y la posibilidad de dar el golpe de su vida, para poder abandonar aquel lugar y no tener que “trabajar” nunca más.  

 

La casa, en otros tiempos más esplendorosos, había estado rodeada por unos grandes jardines, con varias fuentes artísticas en ellos, siendo la más vistosa de todas la llamada “La abundancia”, coronada por un niño desnudo y regordete, con los ojos vendados, sosteniendo un gran cuerno retorcido manando agua por su boca, y una corte de niños de la misma guisa rodeándolo. Cuando el Viejo se quedó solo donó su jardín al municipio para que se convirtiera en un parque público, respetando la casa, cercada debidamente, con un pequeño jardín en el interior de la valla, bien cuidado por las manos expertas de Braulio, un viejo jardinero jubilado, tan viejo como el propietario de la casa, que ya estaba inmunizado a las regañinas del Viejo, cuando no se hacían las cosas como a él le gustaba que se hicieran, hasta el día en que falleció.

 

El edificio era de un estilo semblante al neoclásico, propio en los tiempos en que se construyó. A pesar de que se notaba el paso de los años, y un notable descuido en las últimas décadas, mantenía intacto el porte señorial de una gran casa, que guardaba celosamente la historia de los Mazagatos entre sus paredes. Historia que tocaba a su fin con la desaparición del viejo Mazagatos, testigo de la parte más triste de la historia de su familia. Solo habían podido tener un hijo que había muerto a temprana edad. Por si esto fuera poco, el Viejo se quedó solo al fallecer su esposa que, al igual que el resto de los familiares, padecieron grabes dolencias incurables. De este modo, cuando la muerte llamara a la puerta del Viejo, se cerraría definitivamente un capítulo de esa historia.

 

Julia, sentada dentro de su coche, pensaba en todo esto mientras vigilaba la casa del Viejo desde un lugar discreto, donde era posible ver la fachada principal y la lateral, a pesar de los grandes pinos que había frente a ellas. En la lateral estaban las ventanas del despacho y el gran comedor, en la parte baja, y en el primer piso los balcones de los dormitorios, entre ellos el del Viejo, Por la noche, el viejo solía cenar en la cocina el menú que la señora Román había cocinado para él. Lo hacía todas las noches. Después de cenar, pasaba al despacho para fumarse una pipa y leer un rato. Una vez tocadas las once de la noche, se retiraba a su dormitorio. Julia lo tenía todo bien controlado, después de unos días de vigilancia y observación. El plan era que a las dos de la madrugada saltaría la valla por la parte menos iluminada. Se desplazaría hasta la puerta principal, abriría su cerradura y entraría en la casa, todo sin hacer ruido. Lo demás seria un paseo.

 

Miró su reloj y se dio cuenta de que algo fallaba. Faltaba muy poco para el momento de entrar y la ventana del despacho del Viejo seguía iluminada. Algo anormal estaba pasando o el Viejo se había olvidado de apagar la luz. Su cerebro empezó a barajar las dos hipótesis para poder decidirse a actuar, pero siempre se dejaba llevar por las primeras impresiones, por lo que optó por seguir adelante. Oculto su rostro con un pasamontañas negro, cogió una bolsa de lona con herramientas y abandonó el vehículo. No fue obstáculo entrar al jardín y llegar hasta la puerta principal. Comprobó que no había sido descubierta y atacó a la cerradura. Era un TH 1500, una cerradura de fácil manipulación, lo que le permitiría hacer el menor ruido posible. No se le resistió, triunfando su pericia y experiencia.

 

Todo estaba saliendo sobre lo previsto, pero la siguiente fase era la más delicada, teniendo en cuenta la luz del despacho que presentaba un nueva dificultad dentro del plan previsto. Si el Viejo estaba despierto todo se complicaría. Así que no se lo pensó más y empujo la puerta con delicadeza para abrirla. En el silencio de la noche se oyó un chasquido que resonó como un trueno. Maldijo el pésimo mantenimiento de aquel viejo pedazo de madera con bisagras, que era lo que lo había producido. Nada rompió el silencio de nuevo. De estar el Viejo despierto, o tenía la puerta del despacho cerrada, o no se había percatado de aquel ruido.

 

Abriendo la puerta con sigilo se asomó al interior. Vio el gran recibidor y el pasillo de la planta baja que partía de él. A los lados las escaleras que conducían al primer piso. En el pasillo se hallaban la puerta de la cocina, al fondo y cerrada, las puertas de cristales del comedor, también cerradas, y la del despacho del Viejo. Todo estaba en la más completa oscuridad excepto el pasillo, donde una débil luz lo iluminaba suavemente. Procedía de la puerta del despacho que no estaba cerrada del todo. Con pasos felinos Julia avanzó hasta ella. Acostada en el suelo la fue abriendo lentamente, al tiempo que observaba con sumo cuidado su interior. Dentro no había nadie ni se escuchaba ruido alguno. Se levantó y entro en la habitación.

 

Lo primero en que se fijó fue en el gran sofá que había frente a la chimenea. Quizás el viejo se había quedado dormido en él. Fue avanzando con sigilo, procurando no tropezar con nada, hasta llegar al pie del respaldo. Allí, tumbado en el sofá, estaba el cuerpo del Viejo, con la boca entreabierta, los ojos medio cerrados y la mirada perdida en el vacío. Julia, sorprendida e impresionada, era incapaz de moverse, aunque hubiera sido necesario hacerlo. A simple vista, lo que estaba contemplando no era un cuerpo de un ser dormido sino el de un difunto. Se tapo la boca con las manos para no dejar escapar un grito que la delatara. Era la primera vez que en sus “trabajos” topaba con una circunstancia como aquella, y no estaba preparada. Intento reponerse y recobrar la serenidad que la caracterizaba. Se acercó al cuerpo para comprobar si ciertamente estaba muerto. No había ninguna duda. Quizás la muerte le sobrevino debido a su avanzada edad. Quizás el corazón dejó de prestarle sus servicios.

 

Una vez recuperado el aliento se lanzó hacia la ventana para correr las gruesas cortinas, ocultando aquella luz visible desde el exterior y evitar ser descubierta. Seguidamente sintió la necesidad de poner sus ideas en orden y se sentó en una silla. Estaba dentro de la casa y, hiciera lo que hiciera, debía hacerlo con rapidez para no ser “pillada” con un cadáver en aquel escenario. Su primer objetivo fue la librería, forzando sus puertas. No estaba dispuesta a sacar del cadáver la llave que las habría. Empezó a revisar libro por libro y documento por documento sin hallar nada. En aquellas estanterías no había ni dinero ni joyas. Con su experiencia profesional de ladrona, buscó por toda la casa sin hallar nada que fuera de su interés.

 

Volvió al despacho nuevamente, analizando su vigilancia sobre la casa durante el día. El Viejo, una vez había llegado a su casa del banco, no salió para nada de ella. A la señora Román solo la había visto salir a la hora de la comida y de la cena, y las dos veces con las manos vacías. Claro que solo había abandonado la vigilancia para satisfacer sexualmente al interventor del banco: su amante ocasional. Por otra parte, las cantidades que había sacado del banco, contando la de aquella mañana, eran lo suficientemente importantes para no poder camuflarlas en un paquete o en un maletín. Se necesitaría una maleta grande, pero las que había registrado estaban vacías. Una maleta grande... ¿Dónde había visto una maleta grande, fuera de las habitaciones o del desván? Una maleta grande... ¡Claro, en el despacho! ¿La había visto en el despacho.

 

Empezó a observar con la mirada la habitación, empezando en un punto, analizando todo lo que veía. En la zona de la chimenea no había nada, excepto el cadáver, una botella de vino y una copa de cristal primorosamente tallado encima de la mesita sobre un papel escrito. En la zona de la estantería solo se veían estantes y cajones vacíos y un montón de libros y papeles en el suelo. Se acercó a la mesa de despacho y descubrió algo en un rincón que aceleró los latidos de su corazón: ¡era una maleta grande!. Una maleta grande y pesada. Con esfuerzo consiguió depositarla sobre la mesa. Activó las cerraduras, que no se resistieron, y abrió lentamente la tapa. Estuvo apunto de acompañar al Viejo en su último viaje al ver el espectáculo que se ofrecía a sus ojos. Cientos y cientos de billetes de banco, bien apilados, hasta llenar aquella enorme maleta. Una fortuna incalculable, a simple vista, pero que haría realidad los sueños de Julia la ladrona. Un torbellino de ideas daba vueltas en su cabeza, desconectándola por unos instantes de la cruda realidad.

 

Recuperada de aquella agradable pero intensa impresión se sentó en una de las butacas, que hacían juego con el gran sofá donde reposaba el difunto. Estaba tan alucinada con su descubrimiento que apenas reparo en el cadáver, como si fuera un mueble más de la habitación. Lo que le estaba pasando merecía una celebración. Así que cogió la botella de vino que había sobre la mesa, sin reparar en su calidad o procedencia, y sin pensárselo bebió de su contenido. Fue un trago largo que le supo a gloria, a pesar de que tenía un gusto un tanto especial. Pero como ella no era una experta en vinos, dejó el tema de lado y bebió unos tragos generosos, los suficientes para no perder la cordura y poder salir de allí. Repartiría el dinero entre la maleta y su bolsa de lona para llevarlo mejor. Una vez fuera de la casa, y en lugar seguro, quemaría toda la ropa que llevaba, el calzado y los guantes para no ser descubierta. Esperaría unos días paras viajar fuera del país, y mientras tanto haría desaparecer el dinero de la manera que tenía ya prevista. Aquel sería el robo perfecto que le retiraría del “negocio” para siempre, y que le facilitaría una nueva vida, alejada de lo que hasta ahora había vivido.

 

Estaba viviendo unos momentos tan intensos en emociones que era necesario que su cuerpo no acusara el esfuerzo con relativa facilidad. Se puso cómoda en la butaca y reclino la cabeza en el respaldo buscando unos instantes de relajo. Pasados unos segundos se dispuso a concluir el “trabajo”. La señora Román no volvería hasta la hora del desayuno, y ella sería la persona que descubriría al difunto cuando Julia estuviera a salvo en su casa. Reparando más que nunca en aquel papel escrito que había debajo de la copa de cristal, pudo más la curiosidad femenina que la prudencia y lo cogió para leerlo. Decía así:

 

“A quien me encuentre.

Hace demasiados años que vivo solo y, sin mi esposa, la vida ya no tiene sentido para mí. Se me ha detectado una enfermedad incurable pero muy dolorosa que en poco tiempo me causará la muerte. No quiero pasar por eso y he decidido acabar con mí vida. Como soy incapaz de quitármela de otro modo, he vertido veneno en la botella de vino para morir plácidamente. La maleta grande que hay en mi despacho es propiedad de la señora Román, que me ha cuidado muy bien en estos últimos años.

R. Mazagatos”

 

Del libro "CUENTOS FANTÁSTICOS PARA ADULTOS" de V. Novellón